Fecundada en la calurosa matriz de aquella lozana moza por el esperma vaporoso del demonio vestido de luto, nació al cabo de nueve meses un recién nacido con la frente abombada, ojos grises pero con párpados sin pestañas. La madre, toda ella devota de un amor sin contemplaciones hacia la criatura de una piel semejante en el tacto al del marfil veteado, lo arrullaba y le daba besos graciosos de polaridad insomne. Su padre, aquel ser infernal que había cumplido en una noche de regadío luminoso con la macabra propagación de su especie, comenzó a cantar en loor y gloria de un hijo híbrido que haría portentos manifiestos entre sus coetáneos. Para que así su generación, ya adolescente como él, le temiesen y le respetasen como un bravío muchacho de mirada de fuego, nariz aguileña, labios finos de paciente crueldad, orejas puntiagudas, cuerpo del talle de una amapola y cabello negro. Todo éste perfumado con las especies que su progenitor le entregaba furtivo cuando su madre se ausentaba. Pero una noche de tormenta, el hijo de los amores, llevado por un arrebato místico que más se acercaba a lo celestial que a lo infernal, fue consumido por una flecha de oro, que se clavó en su corazón de húmeda esponja. Yendo a parar su espíritu al limbo de los congratulados despertares.