Malphast
Poeta recién llegado
Segiré más adelante con la historia en este mismo post por no tener que interrumpir mi otra historia, GRACIAS POR LEERME.
El cielo estaba grisáceo cuando se adentró en el bosque de olmos que estaba cerca de su casa. Belén llevaba su gran mochila de acampada a su espalda y su traje de exploradora, con unos pantalones hasta la mitad de los muslos y una camiseta de manga corta, había recogido su pelo en la nuca para que no se le enredara en las ramas y sus botas de senderismo estaban bien atadas.
Tenía brújula, una gran botella de agua, utensilios para encender el fuego, un chubasquero por si llovía y su tienda de campaña por si tenía que acampar.
Belén tenía un gran propósito, su hermano había desaparecido en ese mismo bosque hacía dos días y lo encontraría como que su nombre era Belén López y como que había sido la mejor en sus clases de supervivencia en el bosque desde siempre.
Las hojas caídas en el suelo crepitaban cuando eran pisadas por sus pies y una suave llovizna se cernió sobre ella, no lo suficiente fuerte como para sacar el chubasquero. Las horas fueron pasando y pronto se dio cuenta de que estaba perdida, agarró su brújula y vio horrorizada que esta se había vuelto loca, lo mejor sería que se quedara en el sitio y no adentrarse más en el territorio.
Cuando la tienda estuvo montada se dispuso a dormir en ella, ya que el crepúsculo se avecinaba, pero las fuerzas de la naturaleza no estaban de su lado pues el viento arrancó su tienda y la hizo volar como si fuera una cometa sobre su cabeza.
-Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando…- se repetía Belén mientras buscaba a toda prisa un refugio para la dura lluvia que había comenzado junto con el viento.
A su derecha vio un gran árbol que tenía el tronco partido y podría darle cobijo, se arrecucó entre la madrea del antiguo árbol y se dejó llevar por el cansancio que le comía por dentro.
A la mañana siguiente los pájaros cantaban, eso era una buena señal, el temporal tenía que haber pasado. Se acercó a donde debería estar su mochila pero no la encontró “Genial- pensó-, mojada, hambrienta y totalmente perdida”, estaba claro que las clases de supervivencia no servían para nada.
De repente se dio cuenta de algo… esos no eran los mismos árboles en los que ella se había adentrado, estos eran mucho más frondosos y parecían mucho más descuidados que los otros… además le parecía oír el mar.
Pensando que se había vuelto loca Belén siguió el sonido del agua, estaba tan cansada y dolorida por la noche en el tronco del árbol que tropezó varias veces e incluso se calló al suelo una vez, tuvo que levantarse y limpiarse el barro de sus rodillas heridas. Pronto vio una luz al frente y pensó que era su salvación.
Cuando llegó a la linde del bosque se quedó con la boca abierta, ya no estaba su casa de campo, ni su Land Robert aparcado delante, tampoco estaba su pequeño jardincito ni el establo al lado de la casa… ahora solo había un gran prado verde, tan extenso como alcanzaba la vista hacia delante, con unos profundos acantilados a la derecha y una gran loma a la izquierda… bien… definitivamente estaba loca. Miró el cielo, por lo menos seguía siendo plomizo.
Estaba tan absorta que no se dio cuenta de que, aunque amortiguado por el colchón de hierba, sonaban pisadas de caballo acercándose. Fuertes, seguras, contundentes… Sobre la loma de terreno de la izquierda apareció un caballo de proporciones descomunales con un hombre no menos impresionante a su lomo. Belén no se dio cuenta de su presencia hasta tenerlo prácticamente encima.
El caballo paró ante ella con un resoplido y tuvo que mirar muy arriba para poder mirar a la cara al hombre que lo montaba, debía medir cerca de los dos metros, sus hombros eran anchos y se veía la fuerza que poseía en cada movimiento que ejecutaba con su formidable y musculado cuerpo. Llevaba una camisa de hilo blanca y… ¡Un tartán! Dios santo, no podía ser cierto.
-¿Quién eres?- preguntó con voz profunda y contundente el hombre.
-Be… Belén- respondió ella asustada-, ¿Dónde estoy?
-Estas en la tierra de los McCird muchacha y te advierto que si eres una espía de los McLeor no voy a ser indulgente contigo ni aunque seas hermosa.
-Yo no…- ¿había dicho hermosa? Si ella no había tenido novio desde el instituto… y se lo decía el hombre que parecía sacado de la portada de una novela romántica-, no me refería a eso… ¿en qué país estoy? ¿Qué año es?
-¿Estás bien muchacha?... esto son las Higlanders y estamos en el año 1253 de nuestro señor.
Ella se tapó la cara con las manos, eso tenía que ser un sueño, no podía haber viajado cerca de 800 años atrás en el tiempo y además haber aparecido en las higlanders con un hombre que parecía sus sueños encarnados en persona mirándola desde arriba de un corcel negro como el que solo se veían en las películas de Hollywood.
Sintió una mano en su hombro, subió la cabeza de golpe y vio que el McCird había bajado de su caballo y estaba agarrándola por el hombro. Se quedó sin aliento… ese hombre era la perfección en persona, tenía los pómulos altos, los cabellos negros y lisos recogidos en la nuca, nariz recta y aristocrática, ojos profundos de un azul imposible y la boca más apetecible de encima del planeta.
-Dime que no eres una espía de los McLeord- Belén no sabía qué hacer… no podía decirle que si pero que le diría a cambio.
-No… el barco de mis padres se estrelló en el mar y desperté en una playa- se le ocurrió decir-, no sabía dónde estaba.
-Eso explica tus extrañas ropas- dijo el hombre mientras alargaba su mano y soltaba su pelo-, eres deliciosa muchacha ¿Tenían tus padres un marido para ti?
-Emmm…- dijo ella todavía embobada por el inesperado piropo-, no, íbamos a unas nuevas tierras y mis padres pensaban prometerme allí.
-Pero ya no tienes padre chiquilla- una sonrisa predadora se dibujó en sus labios-, y no puedo más que asegurarte un marido ya que has acabado en mis tierras, además debo asegurarme de que decís la verdad.
-Pero yo…- Las palabras se atascaron en su garganta cuando el hombre la cogió por la cintura y la levantó como si no pesara más que un kilo para sentarla en el caballo y después montarse él detrás.
-Agárrate muchacha- No dijo nada más.
El caballo salió cabalgando del lugar y Belén no pudo más que agarrarse con fuerza al pecho del Higlander que acababa de secuestrarla para no caerse del caballo.
El cielo estaba grisáceo cuando se adentró en el bosque de olmos que estaba cerca de su casa. Belén llevaba su gran mochila de acampada a su espalda y su traje de exploradora, con unos pantalones hasta la mitad de los muslos y una camiseta de manga corta, había recogido su pelo en la nuca para que no se le enredara en las ramas y sus botas de senderismo estaban bien atadas.
Tenía brújula, una gran botella de agua, utensilios para encender el fuego, un chubasquero por si llovía y su tienda de campaña por si tenía que acampar.
Belén tenía un gran propósito, su hermano había desaparecido en ese mismo bosque hacía dos días y lo encontraría como que su nombre era Belén López y como que había sido la mejor en sus clases de supervivencia en el bosque desde siempre.
Las hojas caídas en el suelo crepitaban cuando eran pisadas por sus pies y una suave llovizna se cernió sobre ella, no lo suficiente fuerte como para sacar el chubasquero. Las horas fueron pasando y pronto se dio cuenta de que estaba perdida, agarró su brújula y vio horrorizada que esta se había vuelto loca, lo mejor sería que se quedara en el sitio y no adentrarse más en el territorio.
Cuando la tienda estuvo montada se dispuso a dormir en ella, ya que el crepúsculo se avecinaba, pero las fuerzas de la naturaleza no estaban de su lado pues el viento arrancó su tienda y la hizo volar como si fuera una cometa sobre su cabeza.
-Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando…- se repetía Belén mientras buscaba a toda prisa un refugio para la dura lluvia que había comenzado junto con el viento.
A su derecha vio un gran árbol que tenía el tronco partido y podría darle cobijo, se arrecucó entre la madrea del antiguo árbol y se dejó llevar por el cansancio que le comía por dentro.
A la mañana siguiente los pájaros cantaban, eso era una buena señal, el temporal tenía que haber pasado. Se acercó a donde debería estar su mochila pero no la encontró “Genial- pensó-, mojada, hambrienta y totalmente perdida”, estaba claro que las clases de supervivencia no servían para nada.
De repente se dio cuenta de algo… esos no eran los mismos árboles en los que ella se había adentrado, estos eran mucho más frondosos y parecían mucho más descuidados que los otros… además le parecía oír el mar.
Pensando que se había vuelto loca Belén siguió el sonido del agua, estaba tan cansada y dolorida por la noche en el tronco del árbol que tropezó varias veces e incluso se calló al suelo una vez, tuvo que levantarse y limpiarse el barro de sus rodillas heridas. Pronto vio una luz al frente y pensó que era su salvación.
Cuando llegó a la linde del bosque se quedó con la boca abierta, ya no estaba su casa de campo, ni su Land Robert aparcado delante, tampoco estaba su pequeño jardincito ni el establo al lado de la casa… ahora solo había un gran prado verde, tan extenso como alcanzaba la vista hacia delante, con unos profundos acantilados a la derecha y una gran loma a la izquierda… bien… definitivamente estaba loca. Miró el cielo, por lo menos seguía siendo plomizo.
Estaba tan absorta que no se dio cuenta de que, aunque amortiguado por el colchón de hierba, sonaban pisadas de caballo acercándose. Fuertes, seguras, contundentes… Sobre la loma de terreno de la izquierda apareció un caballo de proporciones descomunales con un hombre no menos impresionante a su lomo. Belén no se dio cuenta de su presencia hasta tenerlo prácticamente encima.
El caballo paró ante ella con un resoplido y tuvo que mirar muy arriba para poder mirar a la cara al hombre que lo montaba, debía medir cerca de los dos metros, sus hombros eran anchos y se veía la fuerza que poseía en cada movimiento que ejecutaba con su formidable y musculado cuerpo. Llevaba una camisa de hilo blanca y… ¡Un tartán! Dios santo, no podía ser cierto.
-¿Quién eres?- preguntó con voz profunda y contundente el hombre.
-Be… Belén- respondió ella asustada-, ¿Dónde estoy?
-Estas en la tierra de los McCird muchacha y te advierto que si eres una espía de los McLeor no voy a ser indulgente contigo ni aunque seas hermosa.
-Yo no…- ¿había dicho hermosa? Si ella no había tenido novio desde el instituto… y se lo decía el hombre que parecía sacado de la portada de una novela romántica-, no me refería a eso… ¿en qué país estoy? ¿Qué año es?
-¿Estás bien muchacha?... esto son las Higlanders y estamos en el año 1253 de nuestro señor.
Ella se tapó la cara con las manos, eso tenía que ser un sueño, no podía haber viajado cerca de 800 años atrás en el tiempo y además haber aparecido en las higlanders con un hombre que parecía sus sueños encarnados en persona mirándola desde arriba de un corcel negro como el que solo se veían en las películas de Hollywood.
Sintió una mano en su hombro, subió la cabeza de golpe y vio que el McCird había bajado de su caballo y estaba agarrándola por el hombro. Se quedó sin aliento… ese hombre era la perfección en persona, tenía los pómulos altos, los cabellos negros y lisos recogidos en la nuca, nariz recta y aristocrática, ojos profundos de un azul imposible y la boca más apetecible de encima del planeta.
-Dime que no eres una espía de los McLeord- Belén no sabía qué hacer… no podía decirle que si pero que le diría a cambio.
-No… el barco de mis padres se estrelló en el mar y desperté en una playa- se le ocurrió decir-, no sabía dónde estaba.
-Eso explica tus extrañas ropas- dijo el hombre mientras alargaba su mano y soltaba su pelo-, eres deliciosa muchacha ¿Tenían tus padres un marido para ti?
-Emmm…- dijo ella todavía embobada por el inesperado piropo-, no, íbamos a unas nuevas tierras y mis padres pensaban prometerme allí.
-Pero ya no tienes padre chiquilla- una sonrisa predadora se dibujó en sus labios-, y no puedo más que asegurarte un marido ya que has acabado en mis tierras, además debo asegurarme de que decís la verdad.
-Pero yo…- Las palabras se atascaron en su garganta cuando el hombre la cogió por la cintura y la levantó como si no pesara más que un kilo para sentarla en el caballo y después montarse él detrás.
-Agárrate muchacha- No dijo nada más.
El caballo salió cabalgando del lugar y Belén no pudo más que agarrarse con fuerza al pecho del Higlander que acababa de secuestrarla para no caerse del caballo.
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