Iluminando apenas la vela de un viejo candil aquella habitación, un hombre corpulento roncaba en mitad de la obscura noche, en una cama a rebosar de ortigas. Éstas habían perdido la virtud urticante. Dieron las dos de la madrugada en el reloj de pared. Y el tañido seco de las campanadas despertó de muy mal humor al holgazán. Entreabrió los párpados y, entornando sus ojos verdes, se volvió hacia la mesilla. La abrió y cogió un crucifijo y una estaca. En su fuero interno una voz débil le decía a su conciencia que ya estaba preparado. Se levantó y comenzó a caminar nervioso por la lúgubre alcoba. Dieron las tres y no pasaba absolutamente nada. Entonces, volvió a guardar el crucifijo y la estaca en el mohoso cajón y, de un soplo, apagó el viejo candil. Se acostó y, cuando ya iba a conciliar el sueño un golpe duro y seco derrumbó de horror la puerta de entrada. Estaba allí su hermano muerto, en el umbral, con ropas harapientas pero con un aura violácea que hizo iluminar de sutil pánico la faz del holgazán. Éste se apresuró a levantarse. Pero ya era demasiado tarde. El revivido lo mató. Estrangulándolo con sus dos fuertes manos de hierro, mientras el viejo torreón del pueblo y el reloj de pared repicaban las cuatro de la madrugada.