Ataviado de luto y con una tea de chiporroteante llama lucífuga,el paupérrimo cazador de almas se adentra por el intrincado laberinto de catacumbas malditas que descansa bajo un cementerio añejo con olor nauseabundo a carroña podrida.Va en busca de la gloriosa vasija a rebosar de linfa mágica,capaz de transmutar el ensimismamiento filosófico en entusiasmado éxtasis religioso que desgarra,en una furtiva sacudida,el velo que lo separa de las fuerzas monstruosas de Aquel Ser Innominado que rige con blasón y cetro áureo los destinos malhadados de los efímeros mortales...prestos a escuchar en la aberrante obscuridad de la muerte el cuchichear enloquecedor de los genios tutelares;que se sacian homicidas con la sangre pestífera de cadáveres sesgados en pedazos.Mas he aquí que el enlutado hombre se encuentra con su doble fantasmal,hendida su sombra en el reflejo que un maldito espejo mágico ostenta,y el nigromante,enloquecido ante la funesta visión cae al suelo muerto,expirando el último adiós de su exhalado aliento marchito.
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