adolfo vilatte l.
Poeta recién llegado
Sin pedirle permiso al guarda bosque
Cantan los ruiseñores en la selva;
Sólo saben que Dios los hizo libres,
Que para ellos no existen las gabelas.
Mientras que el hombre, el gran señor del mundo,
Siempre ebrio de soberbia y de grandezas,
Desde su altura olímpica es tan sòlo
Un esclavo que arrastra una cadena.
El todo lo reforma y lo esclaviza
Para alcanzar la gloria o la riqueza,
Sin sospechar que es él también esclavo
Al imponer su voluntad estrecha.
Esclavo de sus propias libertades,
De su propio valor y de sus bregas,
Marcha agobiado por eternas luchas
Bajo el peso fatal de sus quimeras.
Si alguna vez quiere tender el vuelo,
Rompiendo el molde que encierra sus miserias,
Los que se arrastran tiran de sus alas
Anulando la accion de sus empresas.
Atado a los prejuicios de los nulos,
Como el marisco a la pesada piedra,
El que quiere volar sólo se arrastra
Vencido por la fuerza de la inercia.
Así siguen los hombres siempre esclavos
De sus mediocridades o grandezas,
Cegados por pueriles vanidades,
O navegando en pos de sus quimeras.
Los que consiguen libertar sus alas
Rompiendo estrechos moldes y cadenas
Los que saben reir de los prejuicios,
Los que buscan la luz y no tinieblas,
Los que atacan de frente lo invencible,
Los que muestran valor en la contienda,
Esos son astros raros que rutilan
De siglo en siglo, con radiante esfera.
Como meteoros al pasar alumbran
Un momento los valles y mesetas;
Pero dejan, a veces, más asombro
Que enseñanza, en su fugaz carrera.
Y al fin esos también fueron esclavos,
Esclavos, si, de su grandeza a medias,
Porque sólo encontraron en la altura,
Un mendrugo bañado de miserias.
ADOLFO VILATTE LAVIGNE (PUBLIC. POR A. O. MIRANDE)
Cantan los ruiseñores en la selva;
Sólo saben que Dios los hizo libres,
Que para ellos no existen las gabelas.
Mientras que el hombre, el gran señor del mundo,
Siempre ebrio de soberbia y de grandezas,
Desde su altura olímpica es tan sòlo
Un esclavo que arrastra una cadena.
El todo lo reforma y lo esclaviza
Para alcanzar la gloria o la riqueza,
Sin sospechar que es él también esclavo
Al imponer su voluntad estrecha.
Esclavo de sus propias libertades,
De su propio valor y de sus bregas,
Marcha agobiado por eternas luchas
Bajo el peso fatal de sus quimeras.
Si alguna vez quiere tender el vuelo,
Rompiendo el molde que encierra sus miserias,
Los que se arrastran tiran de sus alas
Anulando la accion de sus empresas.
Atado a los prejuicios de los nulos,
Como el marisco a la pesada piedra,
El que quiere volar sólo se arrastra
Vencido por la fuerza de la inercia.
Así siguen los hombres siempre esclavos
De sus mediocridades o grandezas,
Cegados por pueriles vanidades,
O navegando en pos de sus quimeras.
Los que consiguen libertar sus alas
Rompiendo estrechos moldes y cadenas
Los que saben reir de los prejuicios,
Los que buscan la luz y no tinieblas,
Los que atacan de frente lo invencible,
Los que muestran valor en la contienda,
Esos son astros raros que rutilan
De siglo en siglo, con radiante esfera.
Como meteoros al pasar alumbran
Un momento los valles y mesetas;
Pero dejan, a veces, más asombro
Que enseñanza, en su fugaz carrera.
Y al fin esos también fueron esclavos,
Esclavos, si, de su grandeza a medias,
Porque sólo encontraron en la altura,
Un mendrugo bañado de miserias.
ADOLFO VILATTE LAVIGNE (PUBLIC. POR A. O. MIRANDE)