Fingal
Poeta adicto al portal
El horror
Tiene escrito mi nombre
en una piel de ángel.
Me mira como un cielo de granito,
como una cruz de sombras,
como el hambre del polvo,
como el odio del hielo.
Me mira sin pupilas
que conozcan mi súplica.
No tiene voz, ni aliento,
ni una boca, unos dientes
que limiten la herida;
un filo que termine de caer.
Me mira y solo puedo sujetar
el peso con el alma.
Me quita la armadura,
la espada y el escudo,
el brillo de mis joyas, el poder,
el látigo que enseño a mis criados,
los muros que defienden mi castillo.
Me quita los recuerdos
que intento construir,
la fuerza de mis manos y mis huesos.
Me quita la palabra.
Y me vuelve a mirar
desde lo más profundo,
desde los cuatro postes de mi cama,
desde los sueños negros que no duermo,
el humo que respiro,
el agua que recuerda mis pecados.
Como la presa herida,
como la sangre vieja y el castigo,
me escarbo por refugio los cimientos,
la piedra que estrechó mi desnudez,
las tumbas de los besos de mis padres,
la caverna común de noche y barro,
donde aprendo a llorar,
donde me hacino, piel con piel, –y todos–
y comprendo los nombres de los muertos.
Abril, 2020
Tiene escrito mi nombre
en una piel de ángel.
Me mira como un cielo de granito,
como una cruz de sombras,
como el hambre del polvo,
como el odio del hielo.
Me mira sin pupilas
que conozcan mi súplica.
No tiene voz, ni aliento,
ni una boca, unos dientes
que limiten la herida;
un filo que termine de caer.
Me mira y solo puedo sujetar
el peso con el alma.
Me quita la armadura,
la espada y el escudo,
el brillo de mis joyas, el poder,
el látigo que enseño a mis criados,
los muros que defienden mi castillo.
Me quita los recuerdos
que intento construir,
la fuerza de mis manos y mis huesos.
Me quita la palabra.
Y me vuelve a mirar
desde lo más profundo,
desde los cuatro postes de mi cama,
desde los sueños negros que no duermo,
el humo que respiro,
el agua que recuerda mis pecados.
Como la presa herida,
como la sangre vieja y el castigo,
me escarbo por refugio los cimientos,
la piedra que estrechó mi desnudez,
las tumbas de los besos de mis padres,
la caverna común de noche y barro,
donde aprendo a llorar,
donde me hacino, piel con piel, –y todos–
y comprendo los nombres de los muertos.
Abril, 2020