El horror

Fingal

Poeta adicto al portal
El horror

Tiene escrito mi nombre
en una piel de ángel.


Me mira como un cielo de granito,
como una cruz de sombras,
como el hambre del polvo,
como el odio del hielo.


Me mira sin pupilas
que conozcan mi súplica.
No tiene voz, ni aliento,
ni una boca, unos dientes
que limiten la herida;
un filo que termine de caer.


Me mira y solo puedo sujetar
el peso con el alma.


Me quita la armadura,
la espada y el escudo,
el brillo de mis joyas, el poder,
el látigo que enseño a mis criados,
los muros que defienden mi castillo.
Me quita los recuerdos
que intento construir,
la fuerza de mis manos y mis huesos.
Me quita la palabra.


Y me vuelve a mirar
desde lo más profundo,
desde los cuatro postes de mi cama,
desde los sueños negros que no duermo,
el humo que respiro,
el agua que recuerda mis pecados.


Como la presa herida,
como la sangre vieja y el castigo,
me escarbo por refugio los cimientos,
la piedra que estrechó mi desnudez,
las tumbas de los besos de mis padres,
la caverna común de noche y barro,
donde aprendo a llorar,
donde me hacino, piel con piel, –y todos–
y comprendo los nombres de los muertos.



Abril, 2020
 
Entonces, no te gusta el Horror.
Pero ¿ Ni siquiera te gusta la II Guerra Mundial ?
Que conste que hay gente aficionada a escalar montañas muy escarpadas, a punto de resbalarse.
Sea como fuere, no hemos venido al mundo, para estar de vacaciones.




La meta es la búsqueda.
O sea, no pasa un día, sin que hayamos aprendido algo nuevo.
A veces, lo que aprendemos es tan fuerte que nos deja atónitos, durante varios años.
Como le sucedió a Clara, en la novela de Isabel Allende: La Casa de los Espíritus.


Clara decidió no volver a hablar, después de contemplar el cadáver exánime, de su propia madre.
 
Última edición:
El horror

Tiene escrito mi nombre
en una piel de ángel.


Me mira como un cielo de granito,
como una cruz de sombras,
como el hambre del polvo,
como el odio del hielo.


Me mira sin pupilas
que conozcan mi súplica.
No tiene voz, ni aliento,
ni una boca, unos dientes
que limiten la herida;
un filo que termine de caer.


Me mira y solo puedo sujetar
el peso con el alma.


Me quita la armadura,
la espada y el escudo,
el brillo de mis joyas, el poder,
el látigo que enseño a mis criados,
los muros que defienden mi castillo.
Me quita los recuerdos
que intento construir,
la fuerza de mis manos y mis huesos.
Me quita la palabra.


Y me vuelve a mirar
desde lo más profundo,
desde los cuatro postes de mi cama,
desde los sueños negros que no duermo,
el humo que respiro,
el agua que recuerda mis pecados.


Como la presa herida,
como la sangre vieja y el castigo,
me escarbo por refugio los cimientos,
la piedra que estrechó mi desnudez,
las tumbas de los besos de mis padres,
la caverna común de noche y barro,
donde aprendo a llorar,
donde me hacino, piel con piel, –y todos–
y comprendo los nombres de los muertos.



Abril, 2020


Verdaderamente conseguido este poema.

Un placer.

Carlos
 
El horror

Tiene escrito mi nombre
en una piel de ángel.


Me mira como un cielo de granito,
como una cruz de sombras,
como el hambre del polvo,
como el odio del hielo.


Me mira sin pupilas
que conozcan mi súplica.
No tiene voz, ni aliento,
ni una boca, unos dientes
que limiten la herida;
un filo que termine de caer.


Me mira y solo puedo sujetar
el peso con el alma.


Me quita la armadura,
la espada y el escudo,
el brillo de mis joyas, el poder,
el látigo que enseño a mis criados,
los muros que defienden mi castillo.
Me quita los recuerdos
que intento construir,
la fuerza de mis manos y mis huesos.
Me quita la palabra.


Y me vuelve a mirar
desde lo más profundo,
desde los cuatro postes de mi cama,
desde los sueños negros que no duermo,
el humo que respiro,
el agua que recuerda mis pecados.


Como la presa herida,
como la sangre vieja y el castigo,
me escarbo por refugio los cimientos,
la piedra que estrechó mi desnudez,
las tumbas de los besos de mis padres,
la caverna común de noche y barro,
donde aprendo a llorar,
donde me hacino, piel con piel, –y todos–
y comprendo los nombres de los muertos.



Abril, 2020


El horror en su estado más puro y bien definido. Una retahíla de palabras que dibujan ese sentimiento tan poderoso...
Felicidades por el poema Fingal, un lujo perderse en cada estrofa.

Abrazos,

Palmira
 
Entonces, no te gusta el Horror.
Pero ¿ Ni siquiera te gusta la II Guerra Mundial ?

Gustar no es la palabra... Me ha parecido interesante hablar de él; si no, no habría escrito el poema, y eso ya es algo.
A mí me parece interesante ser consciente de la vulnerabilidad de uno mismo, porque eso me sirve para valorar más la vida en sociedad y el apoyo mutuo que implica e intentar mostrar la amabilidad que me gustaría recibir desde esa vulnerabilidad...

¡Gracias por el comentario!
 
El horror en su estado más puro y bien definido. Una retahíla de palabras que dibujan ese sentimiento tan poderoso...
Felicidades por el poema Fingal, un lujo perderse en cada estrofa.

Muy sensible y estremecedor querido amigo..

Muchas gracias por los comentarios (aunque con bastante retraso).
 
El horror

Tiene escrito mi nombre
en una piel de ángel.


Me mira como un cielo de granito,
como una cruz de sombras,
como el hambre del polvo,
como el odio del hielo.


Me mira sin pupilas
que conozcan mi súplica.
No tiene voz, ni aliento,
ni una boca, unos dientes
que limiten la herida;
un filo que termine de caer.


Me mira y solo puedo sujetar
el peso con el alma.


Me quita la armadura,
la espada y el escudo,
el brillo de mis joyas, el poder,
el látigo que enseño a mis criados,
los muros que defienden mi castillo.
Me quita los recuerdos
que intento construir,
la fuerza de mis manos y mis huesos.
Me quita la palabra.


Y me vuelve a mirar
desde lo más profundo,
desde los cuatro postes de mi cama,
desde los sueños negros que no duermo,
el humo que respiro,
el agua que recuerda mis pecados.


Como la presa herida,
como la sangre vieja y el castigo,
me escarbo por refugio los cimientos,
la piedra que estrechó mi desnudez,
las tumbas de los besos de mis padres,
la caverna común de noche y barro,
donde aprendo a llorar,
donde me hacino, piel con piel, –y todos–
y comprendo los nombres de los muertos.



Abril, 2020

No lo leí en su momento, me gusta el inicio mucho, ese modo de ponernos en el lugar de la voz.

Saludos.
 

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