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El Impaciente

Edouard

Poeta adicto al portal
De los sarmientos carentes de uvas frescas, un fresco olor a invierno penetra por mi nariz aguileña. Mientras el ocaso del sol anuncia la venida gloriosa de la archiduquesa luna completa, camino por el paraje de blasfemos robles. Cuyos nudosos troncos sangran savia maldita de anocheceres apagados y sin estrellas. Es entonces cuando me envuelvo en la esfera irreflexiva del hastío. A la espera de que penetre por mis oídos el agudo tañido de una campana lejana. Remota y díscola. Tal vez de una iglesia en ruinas y con aura de fuerza oscurantista y medieval. Pero no llega. Entonces, furioso y entristecido a la vez, me gobierna el alma mía el espíritu de un difunto. Y sin más remedio, enciendo una hoguera para, una vez desnudo y tiritando de gélido frío, achicharrar el cuerpo de mi amor impuro.
 
homo-adictus, tal ser impaciente estaba harto de compaginar su mirar contemplativo de una nihilista naturaleza, acabada en su ocaso de defunción nocturna entre parajes de extraña mezcolanza de esperanza sin remisión, con su propio fuero interno. Finiquitado en el círculo de la náusea existencial por un vacío que sólo podría llenar un lúgubre timbre de campana que anunciase el fin de un martirio indefinido que lo había llevado al amor desgarrador de una substancia ajena a su esencia de simple mortal. Él se dio cuenta de tal trampa imperiosa del destino. Y por eso decidió terminar con tal deseo vehemente pero falso quemando la dermis de su receptáculo material con una lumbre justiciera y santa. Atentamente Edouard.
 
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