Évano
Libre, sin dioses.
Al final del relato la vida de Carlos habrá desaparecido.
Los cristales recogían la respiración de Carlos mientras sus ojos enfocaban, desde las alturas, a la cafetería de enfrente. A ella se dirigía la panadera de su calle, entre la fina lluvia y la niebla exterior, como un muñeco de piernas de goma que resbalara en la acera mojada. Cinco minutos, con la exactitud de un reloj suizo, y estaría de vuelta en su tienda.
Si un minuto más pasara explotaría la realidad, pensó Carlos.
La vecina de arriba de la cafetería, con su bata rosada de siempre, abría las cortinas justo en el momento de salir la panadera, echándole un mal de ojo esquinado. Otros cinco minutos más y el somnoliento caminar de los pocos niños del barrio hacia el colegio se haría presencia. Lo cotidiano de cada día. Como un reloj de piedra suiza que avanzara con pesar.
Las diez, la hora en la que su madre le traía el desayuno, y él todavía arrojando vaho a esos cristales de la ventana de enero, de principios de un día cualquiera, de un día más.
Se sentaría a la mesa y comería su bocadillo de atún, su naranja y su vaso de leche con cacao, con su madre al lado, mirándolo con ojos de oveja y gata. Aprovecharía el silencio de su masticar para repetirle los consejos matutinos de siempre:
Hijo, tienes que salir a buscar trabajo. Sabes que no me importa mantenerte. Te lo digo porque tienes que rehacer tu vida. Ya tienes una edad... -el resto ya no entraría por los oídos de un hombre al que el mundo hizo sordo.
Sí mamá, me lo dices cada día, y cada día te respondo lo mismo: que estoy harto de ir a los polígonos industriales, a las fábricas, a los talleres, a los restaurantes, a los supermercados y a las tiendas y a todo lo que tiene pinta de trabajo. Y sabes que te he dicho lo de sus caras preocupadas, su miedo y la rabia que les da ver a alguien acechando su puesto, la mala cara que ponen cuando ven peligrar su sueldo. Yo los entiendo. Veo las puertas abiertas y a ellos dentro, fregando y barriendo, limpiando el polvo porque no tienen nada que hacer. Sabes que es inútil ir a buscar trabajo.
Una caricia en el cabello y un sollozo inaudible y le dejaría otra vez cara a cara con el cristal y el vaho, viendo pasar las luces cambiantes de su calle pétrea, donde los personajes parecían representar una obra que olvidaban durmiendo y recordaban de golpe al despertar, representándola año tras año.
Las doce del mediodía es la hora en la que su madre sale al supermercado, con su carrito de las compras, y le dice mientras cierra la puerta:
¿Por qué no lees un libro o pones la televisión? Sabes que me pone nerviosa verte todo el día mirar por la ventana a la calle. Me preocupas, hijo.
Luego se iba, sin esperar respuesta y sin saber si Carlos se acostaba, sentaba o silbaba La muerte tenía un precio. Pero Carlos a esa hora acudía al váter para hacer sus necesidades, para evacuar sus heces descompuestas. Porque el no tener trabajo le descomponía el cuerpo y lo deshacía poco a poco, por lo que tenía la sensación de ir cayendo a trozos por las cañerías del desagüe. Dudaba de cuánto tardaría en caer enfermo si la situación no le cambiaba.
Después de cagar volvía a su ventana y a su cristal, a seguir los pasos cotidianos de la gente de su calle por las aceras, de la gente entrando y saliendo de la cafetería y de la frutería de al lado. Otra vez el cartero pasando por las huellas que dejó el día anterior; a los niños volviendo del colegio, al repartidor y a los actores de la escena cotidiana; y él ahí, enfrentándose a un rostro que mira al suelo con la frente resbalando y los brazos flojos y las lágrimas retenidas. Así, como estatua a punto de estallar, hasta que llegara su padre y la pregunta de qué había hecho hoy, con las mismas respuesta y los mismos gestos, pero ninguna idea, nada de vamos a tomar una cerveza, a jugar un billar, a pasear, a pescar, a nadar a la playa aunque fuese enero; a la montaña a buscar setas, a la porra, aunque sea.
No.
Ni un te quiero ni un qué necesitas, un qué te ocurre, un qué problemas tienes, hijo.
Ni abrazos.
Ni besos.
Carlos reflexionaba interminablemente sobre su vida. Se decía que es difícil describir al tiempo que duerme en sus brazos mientras lo acurruca por miedo a despertarlo. Y duerme tanto que cuando se ha dado cuenta han pasado años y sigue sin despertarse. Ya perdió el contacto con el mundo, con el espacio, con los amigos, con las amigas, con la realidad; se ha cansado de la televisión, de la radio, del ordenador, de los libros, de la pintura.No es buen escritor, ni pintor ni actor. Es aprendiz de todo y oficial de nada, como diría su padre. No tiene dinero ni casa ni coche. No posee, por lo tanto no vale para los demás, o esa es la idea que se le ha metido dentro de la puta cabeza. Pero no, sabe que no es él, porque ve cómo los espacios entre él y los demás se han agrandando, y siente el frío de esos espacios, y la oscuridad, que se acrecienta en ellos. Las bocas que se dirigen a él cada vez son menos, y las voces más bajas y las palabras más escasas. No, no es por él, sino por la gente que le rodea y que se aleja del perdedor, del débil, del desahuciado, del que no es capaz de enfrentarse a la vida y a su propio rostro, al que hasta los espejos le envuelven en vahos para no verlo.
Continuaba el cristal de la ventana recolectando un aliento cansino. Pero ya no lo haría más. La vida de Carlos, a partir de ahora cambiaría, porque siempre hay una gota que colma el vaso, y no ha de ser algo especial, como que le peguen un tiro, o le atropelle un coche, o le echen de casa los padres. Puede ser algo tan sencillo como entender que el tiempo que duerme en sus brazos no despertará jamás.
Metió en la mochila su ropa, y en una bolsa de viaje, los zapatos, artículos de higiene, calcetines, calzoncillos y camisetas. Fue al cajón de la mesita de noche de su madre y le robó el dinero que guardaba. Vio que eran trescientos euros y se dijo que no daba para mucho, pero no desistiría.
En una bolsa de plástico metió cuatro botellas de litro y medio de agua natural, pensando la tontería de señalar lo de natural. Añadió fruta, pastas, embutidos, latas de atún, sardinas, cocidos preparados en lata y pan Bimbo. Cogió las llaves del Seat Ibiza de su padre y salió de su habitación, de su casa y de su edificio; y de su calle, a paso ligero y sin mirar atrás, sudando y temblándole los músculos del cuerpo.
Abrió el maletero y arrojó en él a la mochila y la bolsa y el agua y la comida. Se sentó a los mandos del vehículo, y se abrochó el cinturón de seguridad, y arrancó y aceleró, parando en la gasolinera de las afueras, para llenar el depósito y volver al Seat Ibiza, para olvidar a su barrio y a su ciudad, entrando en la autopista que le sacaría de su comunidad, con rumbo a los Pirineos aragoneses.
Continúa abajo...
Los cristales recogían la respiración de Carlos mientras sus ojos enfocaban, desde las alturas, a la cafetería de enfrente. A ella se dirigía la panadera de su calle, entre la fina lluvia y la niebla exterior, como un muñeco de piernas de goma que resbalara en la acera mojada. Cinco minutos, con la exactitud de un reloj suizo, y estaría de vuelta en su tienda.
Si un minuto más pasara explotaría la realidad, pensó Carlos.
La vecina de arriba de la cafetería, con su bata rosada de siempre, abría las cortinas justo en el momento de salir la panadera, echándole un mal de ojo esquinado. Otros cinco minutos más y el somnoliento caminar de los pocos niños del barrio hacia el colegio se haría presencia. Lo cotidiano de cada día. Como un reloj de piedra suiza que avanzara con pesar.
Las diez, la hora en la que su madre le traía el desayuno, y él todavía arrojando vaho a esos cristales de la ventana de enero, de principios de un día cualquiera, de un día más.
Se sentaría a la mesa y comería su bocadillo de atún, su naranja y su vaso de leche con cacao, con su madre al lado, mirándolo con ojos de oveja y gata. Aprovecharía el silencio de su masticar para repetirle los consejos matutinos de siempre:
Hijo, tienes que salir a buscar trabajo. Sabes que no me importa mantenerte. Te lo digo porque tienes que rehacer tu vida. Ya tienes una edad... -el resto ya no entraría por los oídos de un hombre al que el mundo hizo sordo.
Sí mamá, me lo dices cada día, y cada día te respondo lo mismo: que estoy harto de ir a los polígonos industriales, a las fábricas, a los talleres, a los restaurantes, a los supermercados y a las tiendas y a todo lo que tiene pinta de trabajo. Y sabes que te he dicho lo de sus caras preocupadas, su miedo y la rabia que les da ver a alguien acechando su puesto, la mala cara que ponen cuando ven peligrar su sueldo. Yo los entiendo. Veo las puertas abiertas y a ellos dentro, fregando y barriendo, limpiando el polvo porque no tienen nada que hacer. Sabes que es inútil ir a buscar trabajo.
Una caricia en el cabello y un sollozo inaudible y le dejaría otra vez cara a cara con el cristal y el vaho, viendo pasar las luces cambiantes de su calle pétrea, donde los personajes parecían representar una obra que olvidaban durmiendo y recordaban de golpe al despertar, representándola año tras año.
Las doce del mediodía es la hora en la que su madre sale al supermercado, con su carrito de las compras, y le dice mientras cierra la puerta:
¿Por qué no lees un libro o pones la televisión? Sabes que me pone nerviosa verte todo el día mirar por la ventana a la calle. Me preocupas, hijo.
Luego se iba, sin esperar respuesta y sin saber si Carlos se acostaba, sentaba o silbaba La muerte tenía un precio. Pero Carlos a esa hora acudía al váter para hacer sus necesidades, para evacuar sus heces descompuestas. Porque el no tener trabajo le descomponía el cuerpo y lo deshacía poco a poco, por lo que tenía la sensación de ir cayendo a trozos por las cañerías del desagüe. Dudaba de cuánto tardaría en caer enfermo si la situación no le cambiaba.
Después de cagar volvía a su ventana y a su cristal, a seguir los pasos cotidianos de la gente de su calle por las aceras, de la gente entrando y saliendo de la cafetería y de la frutería de al lado. Otra vez el cartero pasando por las huellas que dejó el día anterior; a los niños volviendo del colegio, al repartidor y a los actores de la escena cotidiana; y él ahí, enfrentándose a un rostro que mira al suelo con la frente resbalando y los brazos flojos y las lágrimas retenidas. Así, como estatua a punto de estallar, hasta que llegara su padre y la pregunta de qué había hecho hoy, con las mismas respuesta y los mismos gestos, pero ninguna idea, nada de vamos a tomar una cerveza, a jugar un billar, a pasear, a pescar, a nadar a la playa aunque fuese enero; a la montaña a buscar setas, a la porra, aunque sea.
No.
Ni un te quiero ni un qué necesitas, un qué te ocurre, un qué problemas tienes, hijo.
Ni abrazos.
Ni besos.
Carlos reflexionaba interminablemente sobre su vida. Se decía que es difícil describir al tiempo que duerme en sus brazos mientras lo acurruca por miedo a despertarlo. Y duerme tanto que cuando se ha dado cuenta han pasado años y sigue sin despertarse. Ya perdió el contacto con el mundo, con el espacio, con los amigos, con las amigas, con la realidad; se ha cansado de la televisión, de la radio, del ordenador, de los libros, de la pintura.No es buen escritor, ni pintor ni actor. Es aprendiz de todo y oficial de nada, como diría su padre. No tiene dinero ni casa ni coche. No posee, por lo tanto no vale para los demás, o esa es la idea que se le ha metido dentro de la puta cabeza. Pero no, sabe que no es él, porque ve cómo los espacios entre él y los demás se han agrandando, y siente el frío de esos espacios, y la oscuridad, que se acrecienta en ellos. Las bocas que se dirigen a él cada vez son menos, y las voces más bajas y las palabras más escasas. No, no es por él, sino por la gente que le rodea y que se aleja del perdedor, del débil, del desahuciado, del que no es capaz de enfrentarse a la vida y a su propio rostro, al que hasta los espejos le envuelven en vahos para no verlo.
Continuaba el cristal de la ventana recolectando un aliento cansino. Pero ya no lo haría más. La vida de Carlos, a partir de ahora cambiaría, porque siempre hay una gota que colma el vaso, y no ha de ser algo especial, como que le peguen un tiro, o le atropelle un coche, o le echen de casa los padres. Puede ser algo tan sencillo como entender que el tiempo que duerme en sus brazos no despertará jamás.
Metió en la mochila su ropa, y en una bolsa de viaje, los zapatos, artículos de higiene, calcetines, calzoncillos y camisetas. Fue al cajón de la mesita de noche de su madre y le robó el dinero que guardaba. Vio que eran trescientos euros y se dijo que no daba para mucho, pero no desistiría.
En una bolsa de plástico metió cuatro botellas de litro y medio de agua natural, pensando la tontería de señalar lo de natural. Añadió fruta, pastas, embutidos, latas de atún, sardinas, cocidos preparados en lata y pan Bimbo. Cogió las llaves del Seat Ibiza de su padre y salió de su habitación, de su casa y de su edificio; y de su calle, a paso ligero y sin mirar atrás, sudando y temblándole los músculos del cuerpo.
Abrió el maletero y arrojó en él a la mochila y la bolsa y el agua y la comida. Se sentó a los mandos del vehículo, y se abrochó el cinturón de seguridad, y arrancó y aceleró, parando en la gasolinera de las afueras, para llenar el depósito y volver al Seat Ibiza, para olvidar a su barrio y a su ciudad, entrando en la autopista que le sacaría de su comunidad, con rumbo a los Pirineos aragoneses.
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