Ibrahim Sadhid
Poeta recién nacido
Soy el espíritu que grita con vehemencia,
suspirando en tu océano infinito,
soy el espíritu que vive en el tiempo,
en la tormenta de tus sueños malditos
como brisa fantasmal golpeando puertas.
Veo con tristeza el crepúsculo perdido,
en tierra los talismanes destruidos,
el cosmos ha quedado para mí reducido,
al desdén de saber que he caído.
Existo desde siempre y tú lo sabes,
en el bosque oscuro de tu frente,
en el valle verde de tu vientre,
en lo más oscuro de tus aves.
Comprende que eres mía, ya no finjas,
la insulsa manifiesta inocencia,
confiesa que en esas noches de tinieblas,
es mi nombre que evocas con cadencia.
Soy el ángel tenebroso de tus sueños,
el ingenio brillante que posees,
el delirio, el deseo que reprimes,
el beso, dulce amargo que entretejes.
Te acecho en la sombra tentadora,
y perfumo con venenos de amapolas,
las almohadas violetas que sostienen,
el altar de tu frente encantadora.
Ebrio estoy del deseo delirante,
en el rincón negro coagulado de tu alma,
asombrado del derroche de espejismos,
del reproche que le gritas a tus ganas.
Tu maldad me seduce como a Dante,
lo seducen los ojos de Virgilio,
hoy no sueñas que te violan en las calles,
hoy no llores, no temas, no te espantes.
Niña huérfana humedecida por la lluvia,
que tiemblas de frío en la colina,
mírame nuevamente con tus ojos tristes,
cicatrizados por la sombra de la ouija.
Niña hermana consentida,
moja tus dedos con saliva,
apaga la vela, cubre tus desnudos pechos,
descalza y en silencio
camina hacia tu cuarto,
relájate, no vaciles,
que por esta noche,
la sesión termina.
suspirando en tu océano infinito,
soy el espíritu que vive en el tiempo,
en la tormenta de tus sueños malditos
como brisa fantasmal golpeando puertas.
Veo con tristeza el crepúsculo perdido,
en tierra los talismanes destruidos,
el cosmos ha quedado para mí reducido,
al desdén de saber que he caído.
Existo desde siempre y tú lo sabes,
en el bosque oscuro de tu frente,
en el valle verde de tu vientre,
en lo más oscuro de tus aves.
Comprende que eres mía, ya no finjas,
la insulsa manifiesta inocencia,
confiesa que en esas noches de tinieblas,
es mi nombre que evocas con cadencia.
Soy el ángel tenebroso de tus sueños,
el ingenio brillante que posees,
el delirio, el deseo que reprimes,
el beso, dulce amargo que entretejes.
Te acecho en la sombra tentadora,
y perfumo con venenos de amapolas,
las almohadas violetas que sostienen,
el altar de tu frente encantadora.
Ebrio estoy del deseo delirante,
en el rincón negro coagulado de tu alma,
asombrado del derroche de espejismos,
del reproche que le gritas a tus ganas.
Tu maldad me seduce como a Dante,
lo seducen los ojos de Virgilio,
hoy no sueñas que te violan en las calles,
hoy no llores, no temas, no te espantes.
Niña huérfana humedecida por la lluvia,
que tiemblas de frío en la colina,
mírame nuevamente con tus ojos tristes,
cicatrizados por la sombra de la ouija.
Niña hermana consentida,
moja tus dedos con saliva,
apaga la vela, cubre tus desnudos pechos,
descalza y en silencio
camina hacia tu cuarto,
relájate, no vaciles,
que por esta noche,
la sesión termina.