Évano
Libre, sin dioses.
El Infierno blanco
Hace no sé cuánto, en algún lugar de esta Tierra...
—¿Lo tienes todo preparado, Job?
—Sí, creo que sí.
—Mejor, porque ya baja.
—Sí, me he dado cuenta.
Job entró en su caserón de piedra y revisó la leña, la paja, centeno, trigo y hojas de roble: la comida de los animales, y a estos. Se dio cuenta de la tranquilidad que se aposentaba en vacas, ovejas y bueyes. El mastín y el gato no, en estos el nerviosismo acrecentaba. No les gustaba la llegada de esta época. Salió a la puerta del establo y observó al valle, a los esqueletos de chopos, fresnos; a los enormes helechos, a la hierba marchita y a un río que ya ralentizaba las aguas. A la mañana siguiente el Infierno Blanco se habría apoderado de todo ello.
Se acostó apesadumbrado. Cada vez le afligía más enfrentarse a él, soportarlo.
Se levantó al alba y abrió la ventana. El Infierno Blanco ya estaba ahí.
Empuñó un trozo de él, hizo una bola y lo masticó, volviendo a sentir el frío dentro de la boca, cómo bajaba sin sabor alguno por su esófago y desaparecía poco a poco por el calor del estómago. Al rato, como cada vez, lo vomitó. Era un ritual que realizaba cuando comenzaba el Infierno Blanco. Un ritual que llevaba a cabo desde que murió su madre, en un día como este.
Cogió una tabla de madera y abrió la puerta de la calle. La niebla compacta y dura le cerraba el paso. Cerró los ojos, apesadumbrado por volver a ver la luz blanquecina, casi de color óseo, de esa niebla maldita; una luz como una cortina que no dejaba ver nada más allá de las narices. Fue cavando a un lado y a otro, y al frente, lograba así un túnel por donde a penas pasaba su robusto cuerpo. Excavó en dirección a la calle que daba al puente. Allí se encontraría con el túnel de Paco. Este era más madrugador, eso si dormía, se decía cuando lo vio llegar, sudoroso por el esfuerzo
—Parece que este año viene más duro el Infierno; ¿o acaso yo estoy más cansado y viejo?
—No, tienes razón, Paco, viene más duro, y más frío. ¿Han empezado los otros a perforar sus túneles?
—No. Me dijeron que esta vez lo pasarán en sus casas, que no vale la pena tanto esfuerzo. Se han hecho ermitaños. Se han sometido.
—Y si necesitan algo, ¿que harán?
—Resignarse y morir, supongo.
—Yo sigo, hasta el camino del río, ya sabes que me gusta verlo.
—Yo por hoy lo dejo, Job. Mi mujer está a punto de caer.
—No sabes cómo lo siento, Paco. Mañana iré a verla. ¿O quieres que vallamos ahora mismo?
—¡No!, mejor ven mañana.
—De acuerdo, mañana iré sin falta.
Job continuó excavando durante todo el día, hasta llegar a la orilla del río. Se metió dentro del agua y esta ondeó al verse libre de la presión de la dura masa de niebla blancuzca. Poco a poco logró llegar hasta la otra orilla. Había creado un amplio hueco donde los peces acudirían atraídos por la mayor libertad y luz que ello suponía. El Mastín se abalanzaba una y otra vez sobre la espesa niebla infinita, abriendo sus caminitos propios, los que le llevarían adonde enterró la comida en el buen tiempo. Todos los restos escondidos los repartía cerca, para no perderse.
Empezaba a oscurecer y se volvieron a casa. Por la noche el Infierno ya no era blanco, sino del color de la oscuridad y el frío era inmenso. Dio de comer a los animales y acarició al gato, un gato que no saldría hasta la siguiente estación. Bebió un cuenco de leche y comió un gran trozo de queso de oveja a la luz de una vela mientras pensaba en el recorrido seguido por su vida, en el tiempo que le avenía y en la soledad que volvería a asolarle en esa dichosa temporada malévola. Se introdujo en el lecho y se tapó con varias mantas de pieles. Con su perro al lado, se durmió pensando en la soledad.
Amanecía. Se calzó las botas de piel de oso revestidas con cuero de ciervo, y se vistió con ropas de abrigo, de mamuts, según le gustaba decir a todo el que le preguntaba. Era de los pocos del poblado que poseía tan valorada vestimenta. Desayunó lo mismo que cenó la noche anterior, además de unas gachas tomadas en un plato de barro que se le cayó, rompiéndose. Mala suerte, se dijo. Fue al establo y recogió los excrementos de animales y los arrinconó en una esquina del establo, para que secaran y sirvieran más tarde como abono y leña. Esparció paja a vacas y bueyes, y hojas de roble a las ovejas. Los animales permanecían casi acostados, en grupo; de esa manera afrontaban la crueldad de la gélida noche. Luego, a lo largo del día, daban cortos paseos por el establo, como ensimismados, pero pronto tornaban a juntarse, como con miedo, o resignación. Pensó que empezaba el segundo día del Infierno Blanco, por lo que la tierra y el valle habrían sido enfriados, sino congelados, al no llegarles más que esa difusa luz del sol que correteaba entre el laberíntico espesor de esa inmensa masa de Infierno que lo cubría todo, hasta el punto de que no dejaba ver ni alcanzar los límites de ella, ni en alto, o largo, o ancho. Los rayos de sol, cuando arribaban al suelo, lo hacían sin calor alguno.
En el umbral de la puerta se calzó las madreñas con clavos y se dispuso a visitar a Paco y a la mujer moribunda de este. La distancia, si estuviera el valle despejado, no era mucha, pero en esas condiciones se hacía larga y dura. Mientras excavaba el pasadizo se decía que, aunque siempre se levantaba al alba, estos amaneceres eran diferentes, que le satisfacían por los espectaculares arcoíris que se formaban en esa niebla rara; casi lo único agradable de la época. Avanzaba con la idea de la desgracia en la cabeza, le echaba la culpa al cuenco de barro roto. Luego, pensando en la mujer de Paco, se dijo que bien podría haber sido la suya de no mediar la amistad entre ellos, que ahora no viviría en la otra parte del poblado, sino con él. Se inclinaba por el túnel, para excavar con más fuerza, dejando en el suelo una jarra azulada que contenía miel de cerezo: un regalo para Eva, la mujer de Paco. Después se retrasaba, la volvía a coger y continuaba clavando en la niebla la tabla de madera, apretándola hacia los lados. Daba algún trago para retomar energía mientras se preguntaba si le sería útil la miel a la mujer de Paco para el nuevo camino que emprendía. Estos pensamientos le oprimían pecho y garganta, y algo de dentro quería salir por sus ojos. El mastín le acompañaba resbalando a cada paso por una tierra helada que no descongelaría hasta que la nueva estación derrotara al Infierno Blanco. Nada más caer, se congelaban las gotas de agua que exudaban las paredes y los techos del túnel. Job se preguntaba ahora, para quitarse de la cabeza a la mujer de Paco, si era la misma niebla la que producía el goteo, o era el rocío, que se habría paso entre ella.
Aún a riesgo de deslomarse, el mastín inseparable de Job, le seguía sin echar la mirada atrás. Job avanzaba con menos penurias, gracias a una flecha de piedra atada a la punta de un bastón de dura madera de enebro que apoyaba en sus espaldas para no resbalar mientras abría el túnel. El vaho exhalado por las bocas pululaba durante unos segundos dentro del pasadizo, permaneciendo visible en el aire un rato antes de desaparecer poco a poco.
El camino hasta la casa de la moribunda era prácticamente llano, exceptuando el tramo final, que ascendía por la ladera de la alta montaña del poblado. En esa parte ayudaría a su querido perro.
La distancia se le hacía más larga que otras veces, quizás por que ya era un año más viejo y la lentitud del andar de los pasos se acrecentaba, o la fuerza disminuía. El miedo a romperse algún hueso en esas fechas también lo atemorizaba, al tener la certeza, de que si ocurría, lo llevaría a la tumba, a él y a sus animales.
El techo y paredes dejaron de gotear cuando llegaron al pasadizo que había abierto Paco, lo que agradecieron en silencio tanto Job como el perro. Job alzó la vista al techo del túnel y comprobó la forma lisa de este. Paco siempre tan meticuloso en el trabajo, dijo a un Fidelio, un perro que se diría que comprendía el sonido emitido por ese animal tan alto de dos patas que le daba de comer sin pedir a cambio nada más que compañía.
Con gran esfuerzo ascendió el tramo final. Con cuidado de no romper la jarra, la dejó apoyada en la puerta y volvió a bajar para ayudar al mastín, que pataleaba en vano en el intento de subir tan pronunciada cuesta. A penas ascendía un poco cuando la pendiente lo devolvía al comienzo. Se colocó detrás de él y lo fue empujando. De tal manera consiguieron alcanzar el umbral de la casa de Paco y Eva. Después de un rato, Job se extrañó que Paco no saliera a recibirle. Gritó y oyó como respuesta un Adelante seco, como de piedra pesada. Fidelio se quedó apostado en la puerta con sus grandes capas de pelo denso y marrón que le resguardaban del frío.
Job entró y vio a Eva entre el humo. Tosió. Fue entonces cuando salió de sus ojos aquello que hacía un rato retuvo. Lloró aprovechando que podría echarle la culpa al aire irrespirable de la cocina-comedor. ¡Pero qué diablos estoy pensando!, se exclamó. Eva estaba tumbada en la banca de madera que hacía de sillas de la mesa y la cubrían varias pieles. Paco, sentado a su lado, se veía difuso por el humo acorralado del fuego de la cocina. Job, tosiendo y lagrimeando bruscamente, dijo:
—Paco, si no apagas el fuego moriremos.
—Lo sé, pero Eva tiene mucho frío. Ya se va. Aguanta un poco más.
Job quiso decirle que no le importaba aguantar, que si quería se tumbaban junto a Eva y morían con ella. Jamás había tenido tales pensamientos ni tan raro el pecho. Se lo palpó, pero no le dolía. No tenía nada roto.
—Le traigo miel de cerezas para el viaje. Espero que no sea tarde —dijo casi mareado por la falta de oxígeno.
—No, dámela, quizás sea lo último que haga; y deja que entre tu perro, ya sabes que para ella era como de la familia.
El mastín entró y lamió los pies de Eva, la cual tragaba, a duras penas, un poco de miel de cerezo que le daba Paco. Lanzó una mirada moribunda al perro, después una larga a un Job que se quedó paralizado. Jamás Eva lo había mirado de tal manera; luego observó con grandes ojos abiertos a su marido mientras daba un último suspiro, marchándose para siempre.
Paco apagó el fuego. Se hizo un largo silencio en el que los presentes recordaron algunos momentos vividos.
Job recordó cuando intentaron un año escapar del Infierno Blanco, el año donde Paco se emparejó con Eva.
Mucho tiempo atrás, en la adolescencia, Paco y él decidieron excavar hasta la cima de la montaña. Una vez allí, subidos en el más alto árbol, con larguísimas varas pincharon la niebla todo lo arriba posible, pero no vieron el final del Infierno Blanco, por lo que decidieron librar a media docena de robles del agobio de la niebla que los apretaba y el espacio lo utilizaron para correr, jugar y subirse a los árboles. Al final a Job se le ocurrió que bien valía para recinto donde poder bailar y retozar con las mozas del pueblo, más concretamente con Eva, moza a la que Job ya le había echado el ojo; pero fue Paco, al confesarle que quería a Eva para mujer, el que se emparejó con ella, a pesar de que albergaba la seguridad de que Eva lo deseaba a él. El fuerte lazo de amistad que le unía a Paco le impidió luchar por Eva.
—Seré incapaz de soportar su cuerpo cerca hasta la próxima estación —dijo Paco, sacando del ensimismamiento a Job.
—¿Cuál es tu idea, entonces?
—Enterrarla ya en el cementerio.
—Nunca se ha hecho tal cosa, siempre se ha dejado el cuerpo entre la niebla y se ha enterrado con el buen tiempo, en presencia de todo el poblado.
—Lo sé, pero no me veo capaz de pasar esta época junto a su cadáver.
—Puedes dejarla por donde mi casa.
—No, no quiero que pase tantos días y noches metida entre esta maldita niebla. ¿Me ayudarás? No respondas. Hoy la velaré. Mañana, si quieres, ven al alba y me ayudas a cavar hasta el cementerio.
—Vendré, Paco. Aquí estaré.
Al día siguiente, Job se sorprendió camino de casa de Paco al ver la multitud de túneles que se unían al excavado los días anteriores. Se encontró con algunos aldeanos que ampliaban el pasadizo y con otros que marchaban hasta la casa de la difunta. Preguntó cómo se habían enterado de la muerte de Eva; todos le dijeron lo mismo: Fidelio se había presentado a las puertas de cada uno, por lo que pensaron que algo malo había ocurrido; pero el buen perro los dirigía a la casa de Paco. Este perro posee un instinto fantástico, se dijo Job, bien podría haberse perdido y congelado para siempre entre la niebla de araña esta que no deja ver ni un paso más allá.
Job meditaba mientras se dirigía a casa de la muerta. Ahora el túnel era más ancho y cómodo, por las pequeñas prolongaciones realizadas por los vecinos. Cuando arribó discutían Paco y algunos del poblado: estos argumentaban que jamás se enterró cuerpo alguno en tiempo del Infierno Blanco, que era algo sabido desde tiempos inmemoriales; Paco contestaba que se marcharan si no pensaban ayudarle, que no abandonaría a su mujer dentro del Infierno Blanco y la enterraría ya en el cementerio sí o sí. Todos le dieron el pésame y velaron un rato a Eva, para marcharse después a sus viviendas, aduciendo que no contrariarían las leyes de los ancestros.
Paco y Job empezaron a excavar hacia un camposanto situado en una planicie, a mitad de la montaña, por lo que el pasadizo era en pendiente continua. Alguna que otra vez se desviaban del sendero, pero las malezas, o algún tronco de árbol, los devolvía al camino correcto. Job empujaba al cuerpo sin vida de Eva desde detrás de una camilla de madera curvada para el hielo mientras Paco tiraba desde delante, de una cuerda deshilachada que acabó por romperse, pillando descuidado a Job. La camilla arrastró a Job toda la pendiente ganada, acabando al principio de la rampa, con las mantas que cubría a Eva desperdigadas a lo largo del trayecto. La muerta Eva rodó hasta los pies de Job. Estaba totalmente desnuda. Job la miró y entonces sí que aquel algo extraño que insistía en salir de su pecho y de sus ojos explotó con una ira y una rabia inmensa. El cuerpo de Eva estaba plagado de grandes moratones, magulladuras, cortes y una hendidura abría su estómago, a todas luces realizada por un cuchillo de grandes dimensiones. La besó y se dio cuenta que tenía la lengua cortada. Se arrodilló ante ella y la abrazó. Paco bajaba corriendo, patinando por el helado suelo. Al ver la escena, sacó de su espalda un gran cuchillo. Job levantó la cabeza, enseñando sus ojos encendidos a Paco.
—¿Por qué, Paco, por qué? —gritó, sin levantarse y sin dejar de abrazar a Eva.
—Porque te quería a ti... porque hablaba de ti hasta en sueños y me quería abandonar —gritó Paco, con una cólera que jamás había visto Job.
—¡No es razón, Paco, no es razón! ¡Yo me sacrifiqué por ti! ¡Bien habrías podido hacer lo mismo tú!
Una rabia inmensa tensó unos músculos a los que afluían energías inenarrables que se abrían paso por cada célula de un Job que saltó encima de Paco, cayendo este de espaldas al suelo y soltando el cuchillo porque Job le estrujó la muñeca de tal manera que se la rompió. Job empuñó como un rayo el cuchillo y apuñaló tantas veces el pecho de Paco que la sangre cubrió en un instante todo la tierra helada del alrededor.
Continúa abajo...
Hace no sé cuánto, en algún lugar de esta Tierra...
—¿Lo tienes todo preparado, Job?
—Sí, creo que sí.
—Mejor, porque ya baja.
—Sí, me he dado cuenta.
Job entró en su caserón de piedra y revisó la leña, la paja, centeno, trigo y hojas de roble: la comida de los animales, y a estos. Se dio cuenta de la tranquilidad que se aposentaba en vacas, ovejas y bueyes. El mastín y el gato no, en estos el nerviosismo acrecentaba. No les gustaba la llegada de esta época. Salió a la puerta del establo y observó al valle, a los esqueletos de chopos, fresnos; a los enormes helechos, a la hierba marchita y a un río que ya ralentizaba las aguas. A la mañana siguiente el Infierno Blanco se habría apoderado de todo ello.
Se acostó apesadumbrado. Cada vez le afligía más enfrentarse a él, soportarlo.
Se levantó al alba y abrió la ventana. El Infierno Blanco ya estaba ahí.
Empuñó un trozo de él, hizo una bola y lo masticó, volviendo a sentir el frío dentro de la boca, cómo bajaba sin sabor alguno por su esófago y desaparecía poco a poco por el calor del estómago. Al rato, como cada vez, lo vomitó. Era un ritual que realizaba cuando comenzaba el Infierno Blanco. Un ritual que llevaba a cabo desde que murió su madre, en un día como este.
Cogió una tabla de madera y abrió la puerta de la calle. La niebla compacta y dura le cerraba el paso. Cerró los ojos, apesadumbrado por volver a ver la luz blanquecina, casi de color óseo, de esa niebla maldita; una luz como una cortina que no dejaba ver nada más allá de las narices. Fue cavando a un lado y a otro, y al frente, lograba así un túnel por donde a penas pasaba su robusto cuerpo. Excavó en dirección a la calle que daba al puente. Allí se encontraría con el túnel de Paco. Este era más madrugador, eso si dormía, se decía cuando lo vio llegar, sudoroso por el esfuerzo
—Parece que este año viene más duro el Infierno; ¿o acaso yo estoy más cansado y viejo?
—No, tienes razón, Paco, viene más duro, y más frío. ¿Han empezado los otros a perforar sus túneles?
—No. Me dijeron que esta vez lo pasarán en sus casas, que no vale la pena tanto esfuerzo. Se han hecho ermitaños. Se han sometido.
—Y si necesitan algo, ¿que harán?
—Resignarse y morir, supongo.
—Yo sigo, hasta el camino del río, ya sabes que me gusta verlo.
—Yo por hoy lo dejo, Job. Mi mujer está a punto de caer.
—No sabes cómo lo siento, Paco. Mañana iré a verla. ¿O quieres que vallamos ahora mismo?
—¡No!, mejor ven mañana.
—De acuerdo, mañana iré sin falta.
Job continuó excavando durante todo el día, hasta llegar a la orilla del río. Se metió dentro del agua y esta ondeó al verse libre de la presión de la dura masa de niebla blancuzca. Poco a poco logró llegar hasta la otra orilla. Había creado un amplio hueco donde los peces acudirían atraídos por la mayor libertad y luz que ello suponía. El Mastín se abalanzaba una y otra vez sobre la espesa niebla infinita, abriendo sus caminitos propios, los que le llevarían adonde enterró la comida en el buen tiempo. Todos los restos escondidos los repartía cerca, para no perderse.
Empezaba a oscurecer y se volvieron a casa. Por la noche el Infierno ya no era blanco, sino del color de la oscuridad y el frío era inmenso. Dio de comer a los animales y acarició al gato, un gato que no saldría hasta la siguiente estación. Bebió un cuenco de leche y comió un gran trozo de queso de oveja a la luz de una vela mientras pensaba en el recorrido seguido por su vida, en el tiempo que le avenía y en la soledad que volvería a asolarle en esa dichosa temporada malévola. Se introdujo en el lecho y se tapó con varias mantas de pieles. Con su perro al lado, se durmió pensando en la soledad.
Amanecía. Se calzó las botas de piel de oso revestidas con cuero de ciervo, y se vistió con ropas de abrigo, de mamuts, según le gustaba decir a todo el que le preguntaba. Era de los pocos del poblado que poseía tan valorada vestimenta. Desayunó lo mismo que cenó la noche anterior, además de unas gachas tomadas en un plato de barro que se le cayó, rompiéndose. Mala suerte, se dijo. Fue al establo y recogió los excrementos de animales y los arrinconó en una esquina del establo, para que secaran y sirvieran más tarde como abono y leña. Esparció paja a vacas y bueyes, y hojas de roble a las ovejas. Los animales permanecían casi acostados, en grupo; de esa manera afrontaban la crueldad de la gélida noche. Luego, a lo largo del día, daban cortos paseos por el establo, como ensimismados, pero pronto tornaban a juntarse, como con miedo, o resignación. Pensó que empezaba el segundo día del Infierno Blanco, por lo que la tierra y el valle habrían sido enfriados, sino congelados, al no llegarles más que esa difusa luz del sol que correteaba entre el laberíntico espesor de esa inmensa masa de Infierno que lo cubría todo, hasta el punto de que no dejaba ver ni alcanzar los límites de ella, ni en alto, o largo, o ancho. Los rayos de sol, cuando arribaban al suelo, lo hacían sin calor alguno.
En el umbral de la puerta se calzó las madreñas con clavos y se dispuso a visitar a Paco y a la mujer moribunda de este. La distancia, si estuviera el valle despejado, no era mucha, pero en esas condiciones se hacía larga y dura. Mientras excavaba el pasadizo se decía que, aunque siempre se levantaba al alba, estos amaneceres eran diferentes, que le satisfacían por los espectaculares arcoíris que se formaban en esa niebla rara; casi lo único agradable de la época. Avanzaba con la idea de la desgracia en la cabeza, le echaba la culpa al cuenco de barro roto. Luego, pensando en la mujer de Paco, se dijo que bien podría haber sido la suya de no mediar la amistad entre ellos, que ahora no viviría en la otra parte del poblado, sino con él. Se inclinaba por el túnel, para excavar con más fuerza, dejando en el suelo una jarra azulada que contenía miel de cerezo: un regalo para Eva, la mujer de Paco. Después se retrasaba, la volvía a coger y continuaba clavando en la niebla la tabla de madera, apretándola hacia los lados. Daba algún trago para retomar energía mientras se preguntaba si le sería útil la miel a la mujer de Paco para el nuevo camino que emprendía. Estos pensamientos le oprimían pecho y garganta, y algo de dentro quería salir por sus ojos. El mastín le acompañaba resbalando a cada paso por una tierra helada que no descongelaría hasta que la nueva estación derrotara al Infierno Blanco. Nada más caer, se congelaban las gotas de agua que exudaban las paredes y los techos del túnel. Job se preguntaba ahora, para quitarse de la cabeza a la mujer de Paco, si era la misma niebla la que producía el goteo, o era el rocío, que se habría paso entre ella.
Aún a riesgo de deslomarse, el mastín inseparable de Job, le seguía sin echar la mirada atrás. Job avanzaba con menos penurias, gracias a una flecha de piedra atada a la punta de un bastón de dura madera de enebro que apoyaba en sus espaldas para no resbalar mientras abría el túnel. El vaho exhalado por las bocas pululaba durante unos segundos dentro del pasadizo, permaneciendo visible en el aire un rato antes de desaparecer poco a poco.
El camino hasta la casa de la moribunda era prácticamente llano, exceptuando el tramo final, que ascendía por la ladera de la alta montaña del poblado. En esa parte ayudaría a su querido perro.
La distancia se le hacía más larga que otras veces, quizás por que ya era un año más viejo y la lentitud del andar de los pasos se acrecentaba, o la fuerza disminuía. El miedo a romperse algún hueso en esas fechas también lo atemorizaba, al tener la certeza, de que si ocurría, lo llevaría a la tumba, a él y a sus animales.
El techo y paredes dejaron de gotear cuando llegaron al pasadizo que había abierto Paco, lo que agradecieron en silencio tanto Job como el perro. Job alzó la vista al techo del túnel y comprobó la forma lisa de este. Paco siempre tan meticuloso en el trabajo, dijo a un Fidelio, un perro que se diría que comprendía el sonido emitido por ese animal tan alto de dos patas que le daba de comer sin pedir a cambio nada más que compañía.
Con gran esfuerzo ascendió el tramo final. Con cuidado de no romper la jarra, la dejó apoyada en la puerta y volvió a bajar para ayudar al mastín, que pataleaba en vano en el intento de subir tan pronunciada cuesta. A penas ascendía un poco cuando la pendiente lo devolvía al comienzo. Se colocó detrás de él y lo fue empujando. De tal manera consiguieron alcanzar el umbral de la casa de Paco y Eva. Después de un rato, Job se extrañó que Paco no saliera a recibirle. Gritó y oyó como respuesta un Adelante seco, como de piedra pesada. Fidelio se quedó apostado en la puerta con sus grandes capas de pelo denso y marrón que le resguardaban del frío.
Job entró y vio a Eva entre el humo. Tosió. Fue entonces cuando salió de sus ojos aquello que hacía un rato retuvo. Lloró aprovechando que podría echarle la culpa al aire irrespirable de la cocina-comedor. ¡Pero qué diablos estoy pensando!, se exclamó. Eva estaba tumbada en la banca de madera que hacía de sillas de la mesa y la cubrían varias pieles. Paco, sentado a su lado, se veía difuso por el humo acorralado del fuego de la cocina. Job, tosiendo y lagrimeando bruscamente, dijo:
—Paco, si no apagas el fuego moriremos.
—Lo sé, pero Eva tiene mucho frío. Ya se va. Aguanta un poco más.
Job quiso decirle que no le importaba aguantar, que si quería se tumbaban junto a Eva y morían con ella. Jamás había tenido tales pensamientos ni tan raro el pecho. Se lo palpó, pero no le dolía. No tenía nada roto.
—Le traigo miel de cerezas para el viaje. Espero que no sea tarde —dijo casi mareado por la falta de oxígeno.
—No, dámela, quizás sea lo último que haga; y deja que entre tu perro, ya sabes que para ella era como de la familia.
El mastín entró y lamió los pies de Eva, la cual tragaba, a duras penas, un poco de miel de cerezo que le daba Paco. Lanzó una mirada moribunda al perro, después una larga a un Job que se quedó paralizado. Jamás Eva lo había mirado de tal manera; luego observó con grandes ojos abiertos a su marido mientras daba un último suspiro, marchándose para siempre.
Paco apagó el fuego. Se hizo un largo silencio en el que los presentes recordaron algunos momentos vividos.
Job recordó cuando intentaron un año escapar del Infierno Blanco, el año donde Paco se emparejó con Eva.
Mucho tiempo atrás, en la adolescencia, Paco y él decidieron excavar hasta la cima de la montaña. Una vez allí, subidos en el más alto árbol, con larguísimas varas pincharon la niebla todo lo arriba posible, pero no vieron el final del Infierno Blanco, por lo que decidieron librar a media docena de robles del agobio de la niebla que los apretaba y el espacio lo utilizaron para correr, jugar y subirse a los árboles. Al final a Job se le ocurrió que bien valía para recinto donde poder bailar y retozar con las mozas del pueblo, más concretamente con Eva, moza a la que Job ya le había echado el ojo; pero fue Paco, al confesarle que quería a Eva para mujer, el que se emparejó con ella, a pesar de que albergaba la seguridad de que Eva lo deseaba a él. El fuerte lazo de amistad que le unía a Paco le impidió luchar por Eva.
—Seré incapaz de soportar su cuerpo cerca hasta la próxima estación —dijo Paco, sacando del ensimismamiento a Job.
—¿Cuál es tu idea, entonces?
—Enterrarla ya en el cementerio.
—Nunca se ha hecho tal cosa, siempre se ha dejado el cuerpo entre la niebla y se ha enterrado con el buen tiempo, en presencia de todo el poblado.
—Lo sé, pero no me veo capaz de pasar esta época junto a su cadáver.
—Puedes dejarla por donde mi casa.
—No, no quiero que pase tantos días y noches metida entre esta maldita niebla. ¿Me ayudarás? No respondas. Hoy la velaré. Mañana, si quieres, ven al alba y me ayudas a cavar hasta el cementerio.
—Vendré, Paco. Aquí estaré.
Al día siguiente, Job se sorprendió camino de casa de Paco al ver la multitud de túneles que se unían al excavado los días anteriores. Se encontró con algunos aldeanos que ampliaban el pasadizo y con otros que marchaban hasta la casa de la difunta. Preguntó cómo se habían enterado de la muerte de Eva; todos le dijeron lo mismo: Fidelio se había presentado a las puertas de cada uno, por lo que pensaron que algo malo había ocurrido; pero el buen perro los dirigía a la casa de Paco. Este perro posee un instinto fantástico, se dijo Job, bien podría haberse perdido y congelado para siempre entre la niebla de araña esta que no deja ver ni un paso más allá.
Job meditaba mientras se dirigía a casa de la muerta. Ahora el túnel era más ancho y cómodo, por las pequeñas prolongaciones realizadas por los vecinos. Cuando arribó discutían Paco y algunos del poblado: estos argumentaban que jamás se enterró cuerpo alguno en tiempo del Infierno Blanco, que era algo sabido desde tiempos inmemoriales; Paco contestaba que se marcharan si no pensaban ayudarle, que no abandonaría a su mujer dentro del Infierno Blanco y la enterraría ya en el cementerio sí o sí. Todos le dieron el pésame y velaron un rato a Eva, para marcharse después a sus viviendas, aduciendo que no contrariarían las leyes de los ancestros.
Paco y Job empezaron a excavar hacia un camposanto situado en una planicie, a mitad de la montaña, por lo que el pasadizo era en pendiente continua. Alguna que otra vez se desviaban del sendero, pero las malezas, o algún tronco de árbol, los devolvía al camino correcto. Job empujaba al cuerpo sin vida de Eva desde detrás de una camilla de madera curvada para el hielo mientras Paco tiraba desde delante, de una cuerda deshilachada que acabó por romperse, pillando descuidado a Job. La camilla arrastró a Job toda la pendiente ganada, acabando al principio de la rampa, con las mantas que cubría a Eva desperdigadas a lo largo del trayecto. La muerta Eva rodó hasta los pies de Job. Estaba totalmente desnuda. Job la miró y entonces sí que aquel algo extraño que insistía en salir de su pecho y de sus ojos explotó con una ira y una rabia inmensa. El cuerpo de Eva estaba plagado de grandes moratones, magulladuras, cortes y una hendidura abría su estómago, a todas luces realizada por un cuchillo de grandes dimensiones. La besó y se dio cuenta que tenía la lengua cortada. Se arrodilló ante ella y la abrazó. Paco bajaba corriendo, patinando por el helado suelo. Al ver la escena, sacó de su espalda un gran cuchillo. Job levantó la cabeza, enseñando sus ojos encendidos a Paco.
—¿Por qué, Paco, por qué? —gritó, sin levantarse y sin dejar de abrazar a Eva.
—Porque te quería a ti... porque hablaba de ti hasta en sueños y me quería abandonar —gritó Paco, con una cólera que jamás había visto Job.
—¡No es razón, Paco, no es razón! ¡Yo me sacrifiqué por ti! ¡Bien habrías podido hacer lo mismo tú!
Una rabia inmensa tensó unos músculos a los que afluían energías inenarrables que se abrían paso por cada célula de un Job que saltó encima de Paco, cayendo este de espaldas al suelo y soltando el cuchillo porque Job le estrujó la muñeca de tal manera que se la rompió. Job empuñó como un rayo el cuchillo y apuñaló tantas veces el pecho de Paco que la sangre cubrió en un instante todo la tierra helada del alrededor.
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