EL INTERIOR DE MIS BOLSILLOS.
Oigo con frecuencia la expresión tópica de “lo conoces mejor que el interior de tus bolsillos.” Expresión que me sorprende porque, al menos yo, nunca se que hay en el interior de mis bolsillos, sean del pantalón o de las prendas superiores. Nunca sabría responder si alguien me lo preguntase. Así que para tratar de enmendar esta actitud casi delincuente por mi parte (¿cómo se puede ir por la vida y sus peligros sin saber qué hay en el interior de algo tan íntimo y personal como son los propios bolsillos?) pues como digo, hoy, al recluirme en mi pequeño tabuco donde vegeto, me he dispuesto a reconocer todos y cada uno de los recovecos de mis bolsillos. Y ha sido verdaderamente sorprendente la cantidad y variedad de objetos, entes, ideas, criaturas, elementos… que he encontrado allí.
Un bocadillo de mortadela grasienta envuelto en una partitura autógrafa de Johann Sebastian Bach.
Un viejo rosario hecho utilizando dientes humanos como cuentas.
El último poema que escribió Paul Celan antes de arrojarse al Sena (El trágico puente Mirabeau...).
Un pañuelo manchado con lágrimas de sangre.
Un ramito de violetas milagrosamente lozanas del que no recuerdo su origen. (Esto me permite fantasear sobre algún improbable amor de juventud.)
Un ejemplar en muy malas condiciones del libelo “Camino”, de Mns. Escrivá de Balaguer, pintarrejeado, con anotaciones satíricas y burdas ironías escritas en los márgenes, seguramente por mí.
Un esbozo dibujado con lápiz rojo sobre un papel de envolver, de un busto de mujer con sombrero. Otro motivo de ensoñación…
La receta manuscrita (posible recuerdo de mi madre) para guisar bien las judías pintas.
Una pequeña foto de un niño casi bebé. Posiblemente sea yo, aunque el niño es demasiado hermoso y guapo.
Un billete de tren antiguo. No consigo leer los puntos de origen y destino.
Monedas fuera de curso.
Unas bolitas de vidrio coloreadas.
Diversos trozos pequeños de piedras: un gneis, otro de roca volcánica, un pequeño adoquín de caliza blanca de los empleados en los pavimentos de Lisboa. Un trozo de mica y otro no identificable por mi.
Alguna pluma de ala de pájaro de pequeñas dimensiones.
Un recordatorio del fallecimiento de algún familiar del que no tengo recuerdo.
Unas hojas de papel de periódico antiguo cuidadosamente dobladas que reproduce el último discurso de D. Manuel Azaña en las Cortes de Madrid. Tiene subrayados con lápiz azul, seguramente hechos por mí.
Trozos de cuerda, algún tornillo torcido, la navaja multiusos que alguien, no recuerdo quien, me regaló en algún tiempo impreciso.
Una pequeña lupa con la lente rayada.
Un trozo de lápiz con la punta roma.
Otro recordatorio de un óbito, sin nombre ni lugar, en el que está escrita una fecha del futuro. Intuyo que será la de mi fallecimiento.
El cadáver de un escarabajo pelotero en buen estado.
Algunas fotografías desvaídas en color sepia. Personajes diversos que no logro reconocer.
Una pequeña caja de cerillas, antiguas; tiene los colores de la bandera republicana. La abro y se escapan unos a modo de suspiros o débiles aleteos, como de espíritus que vuelan.
Trozos irregulares de páginas arrancadas de libros antiguos. En algunos están escritos versos incomprensibles. Ignoro si serán de mi autoría.
Otras páginas y trozos de papel donde también están escritos versos inconexos, absurdos, con escritura crispada e irregular. Evidentemente deben de ser míos.
Una cuerda de guitarra sin estrenar. Pero… yo nunca he tenido guitarra ni ningún otro instrumento de cuerda. Recuerdo haber leído en algún sitio que estas cuerdas son muy eficaces para estrangulamientos rápidos.
Un billete del metro de París.
Un pase caducado para el acceso a la Biblioteca Nacional de España.
Fotografías recientes de nubes blancas sobre un cielo azul radiante.
Algunas evidencias de relaciones con mujeres que ya no puedo recordar. Un pequeño collar, un pañuelo perfumado, un dije con cabellos rubios…
Recibos de tintorerías con indicación de prendas femeninas.
Gotas de lluvia.
Nubes de otoño.
Hojas secas de castaños, de París sin duda; alguna tiene todavía restos de escritura ¿versos?
Y un gran vacío. Un vacío resplandeciente y puro. Un vacío que me permitirá llenar vidas y más vidas desde las oscuras noches de esta vida que no he vivido.
Ilust.: “El carnaval del Arlequín”. Joan Miró. 1925
Oigo con frecuencia la expresión tópica de “lo conoces mejor que el interior de tus bolsillos.” Expresión que me sorprende porque, al menos yo, nunca se que hay en el interior de mis bolsillos, sean del pantalón o de las prendas superiores. Nunca sabría responder si alguien me lo preguntase. Así que para tratar de enmendar esta actitud casi delincuente por mi parte (¿cómo se puede ir por la vida y sus peligros sin saber qué hay en el interior de algo tan íntimo y personal como son los propios bolsillos?) pues como digo, hoy, al recluirme en mi pequeño tabuco donde vegeto, me he dispuesto a reconocer todos y cada uno de los recovecos de mis bolsillos. Y ha sido verdaderamente sorprendente la cantidad y variedad de objetos, entes, ideas, criaturas, elementos… que he encontrado allí.
Un bocadillo de mortadela grasienta envuelto en una partitura autógrafa de Johann Sebastian Bach.
Un viejo rosario hecho utilizando dientes humanos como cuentas.
El último poema que escribió Paul Celan antes de arrojarse al Sena (El trágico puente Mirabeau...).
Un pañuelo manchado con lágrimas de sangre.
Un ramito de violetas milagrosamente lozanas del que no recuerdo su origen. (Esto me permite fantasear sobre algún improbable amor de juventud.)
Un ejemplar en muy malas condiciones del libelo “Camino”, de Mns. Escrivá de Balaguer, pintarrejeado, con anotaciones satíricas y burdas ironías escritas en los márgenes, seguramente por mí.
Un esbozo dibujado con lápiz rojo sobre un papel de envolver, de un busto de mujer con sombrero. Otro motivo de ensoñación…
La receta manuscrita (posible recuerdo de mi madre) para guisar bien las judías pintas.
Una pequeña foto de un niño casi bebé. Posiblemente sea yo, aunque el niño es demasiado hermoso y guapo.
Un billete de tren antiguo. No consigo leer los puntos de origen y destino.
Monedas fuera de curso.
Unas bolitas de vidrio coloreadas.
Diversos trozos pequeños de piedras: un gneis, otro de roca volcánica, un pequeño adoquín de caliza blanca de los empleados en los pavimentos de Lisboa. Un trozo de mica y otro no identificable por mi.
Alguna pluma de ala de pájaro de pequeñas dimensiones.
Un recordatorio del fallecimiento de algún familiar del que no tengo recuerdo.
Unas hojas de papel de periódico antiguo cuidadosamente dobladas que reproduce el último discurso de D. Manuel Azaña en las Cortes de Madrid. Tiene subrayados con lápiz azul, seguramente hechos por mí.
Trozos de cuerda, algún tornillo torcido, la navaja multiusos que alguien, no recuerdo quien, me regaló en algún tiempo impreciso.
Una pequeña lupa con la lente rayada.
Un trozo de lápiz con la punta roma.
Otro recordatorio de un óbito, sin nombre ni lugar, en el que está escrita una fecha del futuro. Intuyo que será la de mi fallecimiento.
El cadáver de un escarabajo pelotero en buen estado.
Algunas fotografías desvaídas en color sepia. Personajes diversos que no logro reconocer.
Una pequeña caja de cerillas, antiguas; tiene los colores de la bandera republicana. La abro y se escapan unos a modo de suspiros o débiles aleteos, como de espíritus que vuelan.
Trozos irregulares de páginas arrancadas de libros antiguos. En algunos están escritos versos incomprensibles. Ignoro si serán de mi autoría.
Otras páginas y trozos de papel donde también están escritos versos inconexos, absurdos, con escritura crispada e irregular. Evidentemente deben de ser míos.
Una cuerda de guitarra sin estrenar. Pero… yo nunca he tenido guitarra ni ningún otro instrumento de cuerda. Recuerdo haber leído en algún sitio que estas cuerdas son muy eficaces para estrangulamientos rápidos.
Un billete del metro de París.
Un pase caducado para el acceso a la Biblioteca Nacional de España.
Fotografías recientes de nubes blancas sobre un cielo azul radiante.
Algunas evidencias de relaciones con mujeres que ya no puedo recordar. Un pequeño collar, un pañuelo perfumado, un dije con cabellos rubios…
Recibos de tintorerías con indicación de prendas femeninas.
Gotas de lluvia.
Nubes de otoño.
Hojas secas de castaños, de París sin duda; alguna tiene todavía restos de escritura ¿versos?
Y un gran vacío. Un vacío resplandeciente y puro. Un vacío que me permitirá llenar vidas y más vidas desde las oscuras noches de esta vida que no he vivido.
Ilust.: “El carnaval del Arlequín”. Joan Miró. 1925
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