En la encrucijada de los estertores divinos, la presencia leal y apaciguadora de un muchacho envuelto en capa negra de funesto luto marca la dirección de una brisa mansa y tenue. En la noche, donde las lágrimas perversas de la luna caen a cuentagotas sobre la testa de tal personaje, calado hasta la frente con una chistera rodeada de pequeñas calaveras en miniatura. Escucha desde su inmuto terrible los sonidos enredados de las alimañas que vitorean sobre la violada naturaleza sus hazañas de podredumbre y carroña malsana con la que alimentan sus cuerpos. Entonces, sin previo aviso, tal sujeto toma una dirección, la de la siniestra, mientras su consciencia le susurra a la hondura boscosa de su subconsciente que es el camino de la desdicha eterna. Pero él hace caso omiso. Va pisando lento y acompasado, mientras el polvo fino se levanta en manto de magnolias moribundas. Presto a hacer frente al manco destino de una sorpresa que espera hacerlo enmudecer para siempre.