emiled
Poeta adicto al portal
El jardín de fuego
canto I (introducción)
I-
Bajo torreones de oro y marfil navegando, en el navío-,
cruzé todo aquél mar (lánguido, límpido) de cristales;
las Fiebres corrían a lo ancho del globo encauzando en el río.
El sol era como un señor pálido y lujurioso, gritón y malvado.
La luna a veces reía, pero semejaba una lágrima caída en el crepúsculo;
y todo el arrabal de las estrellas jugaban en el cielo arqueado.
¡Oh, devoción de la vista! Cruzando a alta mar van los arrecifes,
la última brisa dorada de la mañana ya partió;
sosegados los vientos, ya no precipitan del mar las mansedumbres.
Prepárense a partir, imágenes de plomo hace tiempo quietas,
es la mente la que ordena ahora el comienzo del viaje.
¡La mente enciende las antorchas del tiempo, abre las veletas!
Negros abismos de ópalo, ahora deben ensanchar sus puertas.
¡Arpas y laúdes antiguos! Acordes, actuar: comienza el canto.
Ya vuela el ave intrépida, ya las etéreas alas están abiertas.
Bajo torreones de oro y marfil navegando, en el navío-,
cruzé todo aquél mar (lánguido, límpido) de cristales;
las Fiebres corrían a lo ancho del globo encauzando en el río.
El sol era como un señor pálido y lujurioso, gritón y malvado.
La luna a veces reía, pero semejaba una lágrima caída en el crepúsculo;
y todo el arrabal de las estrellas jugaban en el cielo arqueado.
¡Oh, devoción de la vista! Cruzando a alta mar van los arrecifes,
la última brisa dorada de la mañana ya partió;
sosegados los vientos, ya no precipitan del mar las mansedumbres.
Prepárense a partir, imágenes de plomo hace tiempo quietas,
es la mente la que ordena ahora el comienzo del viaje.
¡La mente enciende las antorchas del tiempo, abre las veletas!
Negros abismos de ópalo, ahora deben ensanchar sus puertas.
¡Arpas y laúdes antiguos! Acordes, actuar: comienza el canto.
Ya vuela el ave intrépida, ya las etéreas alas están abiertas.
II-
Claveles, lirios; derramen hoy todo su perfume en mi frente,
de aquéllos retazos de cielos vivos, azules imponentes.
Cielos y brumas que los pueblos, sombras del abismo latente.
¡Oh, nocturnos desvelos! ¡Vigilias que semejan visiones!
Faros refulgentes de la mar, del cielo hechas majestades.
La bóveda verte sobre el mundo licor de estrellas y neones.
Y así sabe quien la visión pone en el monte más elevado,
en el frío inmolador del más hondo abismo su pesar,
y conoce de las ondulaciones del tiempo que antaño ha callado.
De esos hombres (o demonios, quizá ángeles) con ojos de cuervos
que a los vientos sus cabellos diamantinos mecen,
cuyo Genio se esconde entre hierbas que los hacen más acervos.
¡Oh, el paisaje! El dorado resplandor que recubre los montes,
Los lúgubres verdores de las sierras, encima de inquietos ríos.
Grandísimos acantilados, de tardes de lluvias inquietantes.
III-
¡El Edén! Fantasía de un paraíso de eternos besos y canciones,
donde el arpa es luna y el sol canción, y en donde vientos
como ovejas balan, sobre la hierba perfumada en sal y oraciones.
Y a un costado de todo el jardín, como fuegos inquietos,
Los ríos cruzando los campos del silencio y el desvelo nocturnos.
Abajo las ruinas del abismo, colgando como grandes parapetos.
¡Tenemos la llave, el suplicio! Oh, al mundo las aves entonan,
y luego caen brillantes cristales en el pavimento y los rojos tejados,
y se oyen las indolentes campanadas de las nubes que tronan.
¡Poseemos en las alas el Misterio! ¡En los ojos el tibio Amor!
Así las águilas murmullan, descendiendo las frías y altísimas montañas;
Y pasan ateridos los ramajes en silencio sopla los matorrales el temor -.
El viento contempla riendo, el aire en el campo, Dios juega con Satán-.
Y están los senderos del destino que gritan entre burlas y risas,
Sobre los que camina la inocencia que los odios desatan.
¡El Edén! Fantasía de un paraíso de eternos besos y canciones,
donde el arpa es luna y el sol canción, y en donde vientos
como ovejas balan, sobre la hierba perfumada en sal y oraciones.
Y a un costado de todo el jardín, como fuegos inquietos,
Los ríos cruzando los campos del silencio y el desvelo nocturnos.
Abajo las ruinas del abismo, colgando como grandes parapetos.
¡Tenemos la llave, el suplicio! Oh, al mundo las aves entonan,
y luego caen brillantes cristales en el pavimento y los rojos tejados,
y se oyen las indolentes campanadas de las nubes que tronan.
¡Poseemos en las alas el Misterio! ¡En los ojos el tibio Amor!
Así las águilas murmullan, descendiendo las frías y altísimas montañas;
Y pasan ateridos los ramajes en silencio sopla los matorrales el temor -.
El viento contempla riendo, el aire en el campo, Dios juega con Satán-.
Y están los senderos del destino que gritan entre burlas y risas,
Sobre los que camina la inocencia que los odios desatan.
IV-
¡Ah, ya dormí demasiado! Espero ahora las vigilias eternas;
aguardo las manos del ensueño y las sombras nocturnas.
Espero también las más alta luz (la del este); lumbres purificadoras y tiernas.
¡Oh, sol malicioso! ¡Esconde ya tu fulgor hasta que aparezca el día!
Ya comienza mi canto, y necesita notas y acordes de la noche.
Ya en lo alto se instala la luna, ávida de la canción mía.
Lumbres y estrellas: solo poca luz que arrebuje el festín de la pradera.
Solas vienen las imágenes se anclan en el oro de la mar-,
y preguntan las olas del misterio a esos lejanos faros de cera:
-¿Y que has de cantar, oh sueño? ¿Qué fuegos has de exhalar?
-Paisajes, ríos de oro y de sangre; abismos, montes.
De aquéllos límpidos, oscuros mundos; inmensos y bellos como el mar.
Me levanto de mi lecho, aletargado El sol cae, en llamas, por el oeste-
¡Comienza el canto! ¡Oh, cielos y abismos! La noche se apresura su manto;
¡Arpas y laúdes antiguos! Acordes, actuar: comienza el canto.
¡Ah, ya dormí demasiado! Espero ahora las vigilias eternas;
aguardo las manos del ensueño y las sombras nocturnas.
Espero también las más alta luz (la del este); lumbres purificadoras y tiernas.
¡Oh, sol malicioso! ¡Esconde ya tu fulgor hasta que aparezca el día!
Ya comienza mi canto, y necesita notas y acordes de la noche.
Ya en lo alto se instala la luna, ávida de la canción mía.
Lumbres y estrellas: solo poca luz que arrebuje el festín de la pradera.
Solas vienen las imágenes se anclan en el oro de la mar-,
y preguntan las olas del misterio a esos lejanos faros de cera:
-¿Y que has de cantar, oh sueño? ¿Qué fuegos has de exhalar?
-Paisajes, ríos de oro y de sangre; abismos, montes.
De aquéllos límpidos, oscuros mundos; inmensos y bellos como el mar.
Me levanto de mi lecho, aletargado El sol cae, en llamas, por el oeste-
¡Comienza el canto! ¡Oh, cielos y abismos! La noche se apresura su manto;
¡Arpas y laúdes antiguos! Acordes, actuar: comienza el canto.
Emiliano Ruiz Diaz, abril, 2007, argentina, bla bla, y todos los putos derechos reservados
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