El jardín donde naufragan las brújulas

Rosa Reeder

Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
Anoche
el silencio cambió de esqueleto.


Lo vi desprenderse de la noche
como una fruta que olvidó la gravedad,
mientras un ejército de relojes ciegos
pastoreaba luciérnagas de mármol
sobre la espalda de un océano sin memoria.


Una escalera bebía del relámpago.


Cada peldaño ascendía
hacia un sótano de constelaciones,
donde los peces sembraban ventanas
para que los árboles
aprendieran el oficio de la lluvia.


Allí descubrí
que las brújulas envejecen
cuando el horizonte deja de creer
en la geometría del alba.


Vi pájaros
con alas de biblioteca,
arrancando páginas al viento
para fabricar un idioma
que solo entienden
las semillas dormidas.


La luna,
vestida con un vestido de ceniza transparente,
ordeñaba la leche azul
de una vaca construida con campanas,
y cada gota caía
sobre el corazón de las montañas,
que despertaban cubiertas
de peces invisibles.


Entonces apareció el espejo.


No reflejaba mi rostro.


Reflejaba
la sombra de quien todavía no he sido.


Su respiración olía
a pan recién nacido
y a ciudades
que aún no han encontrado
el nombre de sus ruinas.


Quise huir.


Pero mis pasos
ya caminaban dentro de otra persona.


Mis manos eran nidos
donde dormían martillos de cristal;
mis ojos,
dos barcos ardiendo
en la nieve del mediodía.


Comprendí entonces
que toda puerta
es apenas un recuerdo
de aquello que nunca estuvo cerrado.


Y que la muerte
es un pájaro distraído
que confunde los jardines
con el revés del cielo.


Al amanecer,
las brújulas comenzaron a florecer.


Ninguna señalaba el norte.


Todas apuntaban
hacia una rosa invisible
que latía
detrás del pecho del universo,


allí donde Dios
esconde el primer sueño
con el que todavía sostiene
el peso imposible
de todas las estrellas.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
 
Anoche
el silencio cambió de esqueleto.


Lo vi desprenderse de la noche
como una fruta que olvidó la gravedad,
mientras un ejército de relojes ciegos
pastoreaba luciérnagas de mármol
sobre la espalda de un océano sin memoria.


Una escalera bebía del relámpago.


Cada peldaño ascendía
hacia un sótano de constelaciones,
donde los peces sembraban ventanas
para que los árboles
aprendieran el oficio de la lluvia.


Allí descubrí
que las brújulas envejecen
cuando el horizonte deja de creer
en la geometría del alba.


Vi pájaros
con alas de biblioteca,
arrancando páginas al viento
para fabricar un idioma
que solo entienden
las semillas dormidas.


La luna,
vestida con un vestido de ceniza transparente,
ordeñaba la leche azul
de una vaca construida con campanas,
y cada gota caía
sobre el corazón de las montañas,
que despertaban cubiertas
de peces invisibles.


Entonces apareció el espejo.


No reflejaba mi rostro.


Reflejaba
la sombra de quien todavía no he sido.


Su respiración olía
a pan recién nacido
y a ciudades
que aún no han encontrado
el nombre de sus ruinas.


Quise huir.


Pero mis pasos
ya caminaban dentro de otra persona.


Mis manos eran nidos
donde dormían martillos de cristal;
mis ojos,
dos barcos ardiendo
en la nieve del mediodía.


Comprendí entonces
que toda puerta
es apenas un recuerdo
de aquello que nunca estuvo cerrado.


Y que la muerte
es un pájaro distraído
que confunde los jardines
con el revés del cielo.


Al amanecer,
las brújulas comenzaron a florecer.


Ninguna señalaba el norte.


Todas apuntaban
hacia una rosa invisible
que latía
detrás del pecho del universo,


allí donde Dios
esconde el primer sueño
con el que todavía sostiene
el peso imposible
de todas las estrellas.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Me ha gustado y resultado interesante su viaje a través de la noche, donde el silencio se desintegra, las leyes físicas se distorsionan y el yo se confronta con su futuro.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 

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