Carrlos Yescas
Poeta recién llegado
Los latidos que hierven en tu pecho que me abriga,
Es la casa discreta de mis visiones,
El sueño partido por las infames manos
De estos gigantes de millones de ojos, que me miran día a día,
Desde antes de mí, desde ese lugar que eres
Y que yo dejé de ser al momento de mirar,
Al momento de respirar el aire que fui,
Y que a través de ti vuelvo a ser.
El agua que resbala desde el aguacero que llueves,
Las manos de viento que soplan en mí,
Buscando la redondez universal de tu cuello,
Tu voz en su cajita de silencio,
Los fantasmas que te habitan,
Los que eres, tus hijos, mis sueños,
El hambre que escupe fuego
Y que algunos imploran por su regreso.
La voz que aún no tengo,
Que existe aún aferrada a ti, a mis pies,
A las raíces aéreas que me unen a tu río de sal,
De sed eterna, que buscan los que aún sueñan contigo.
La voz que escucho a través de ti,
En tus marcas exactas e infinitas,
El susurro de grises colores que eres,
El vagabundo sin luz que he sido.
Yo he nacido de ti, tantas veces,
Tú no tienes principio, ni fin, a menos
Que uses mis dientes para pronunciarte;
Yo te grito, en mi mente, con miedo, cuando no estás.
Tú eres la invisible presencia eterna,
La mano que guía mis ojos,
El oculto lado izquierdo, oscuro, terrible,
Pero totalmente verdadero.
Te invito a visitar un país que es tuyo,
Te llevo a lomos de mis cansadas letras,
Será tuyo el rastro de mis pasos por el mundo,
El barco que solo queda en este hombre a tierra;
Somos el atardecer, uno y otro, somos camino,
El vergel del vino del amante, la flauta del destino.
Sigues siendo, dama de neblina, mi muerte,
Y yo, pobre diablo, sigo soñando con ser tu asesino.
Escrito por Carlos Yescas Alvarado, durante la noche del inicio del fin.