EL LADRON QUE CAMBIO MI VIDA
Antes yo era muy pobre. Sólo mis ojos eran brillantes. Y los vendí a buen precio en el mercado de Amsterdam. Claro, me quedé ciego. Pero una noche –sabía que era de noche por el ruido característico de los pasos al marchar bajo la lluvia- una noche, decía…
-Perdone, caballero, soy un ladrón, tengo hambre y he de robarle.
Un individuo de aspecto lamentable, demacrado, con barba descuidada y,sobre todo, con los zapatos en completo estado de perdición, me hablaba desde el interior de un impermeable astroso. Detalles todos estos que mi perspicacia de ciego habituado a enfrentarse con individuos así me permitieron reconstruir en el interior de mis cuencas vacías. Y si el retrato que me hice no se correspondía a la realidad, tampoco nadie me lo iba a reprochar. No pude por menos que reírme estentóreamente, que es la manera que más impresiona a este tipo de individuos.
Mi carcajada le dejó confuso. El objeto cilíndrico y duro que sentí clavarse en mi riñón izquierdo –sabía que era el izquierdo, pues me extirparon el derecho hace años- se retiró de inmediato y yo respiré aliviado. (Mis pulmones, afortunadamente, aún no habían sido cedidos en trasplante.)
Con voz de trueno grité al desconocido y, para mí, invisible ladrón:
-¿Pero qué especie de espantapájaros eres, mi pequeño ladrón? Estas no son maneras de robar, hombre de Dios. ¿No ves que cualquiera te podría vapulear? A ver, enséñame tu pistola.
-Perdone otra vez, caballero, la torpeza de mi gesto. He tratado de asustarle con un grifo de mi casa. Los tiempos no dan para más.
La luna proyectaba su sombra agridulce sobre los quicios de las puertas . Lo sabía porque hacía vibrar los delgados barrotes de las jaulas de los canarios con las que estos pajarillos afinan sus tonos. Era una luna con mucho carácter aquella.
Mi ladrón aún no se había percatado de mi ceguera. Yo tampoco, pues con mis gafas de sol no podía apreciar el vacío de mis cuencas. Así que decidí aprovechar esos momentos de incertidumbre.
- Bueno, querido amigo. Me decías que tienes hambre, ¿verdad?. Yo también. Invítame a cenar y hablaremos de negocios. Yo siempre he sido un hombre de negocios y he dado mucho dinero a ganar a mis colaboradores.
-Pero si estoy sin un euro; llevo tres días en los que apenas tomo bocado. Algún resto en las casas de comida de confianza…
-Bien. Esos son los mejores comienzos. Vamos aquí al lado, a “La alegría del caracol”. Allí te podrán fiar si vienes conmigo.
Yo sabía, a pesar de mi ceguera, que era muy arriesgada la ligereza de mi oferta, pero sentía a mi ladroncito temblar como un ombligo de mujer anhelante ante un extracto de cuenta corriente con seis ceros a la ¿derecha? ¿izquierda? (dudas razonables como consecuencia de ser ciego.) ¿Qué otra cosa podía hacer?.
Llegamos a “El Camello Boloñés”, una especie de cueva de ladrones, pero con una excelente oferta gastronómica, y nos dispusimos a compartir mesa y mantel. Hablamos. Hablamos mucho; tanto que caí varias veces en una especie de éxtasis, entre plato y plato, cuando el ladrón que me iba a cambiar la vida me hacía reconocer el gran egoísmo que suponía ser ciego, circunstancia que él todavía ignoraba, refiriéndose tal vez, en un sentido metafórico, a la ceguera espiritual, a la ignorancia de los supremos valores espirituales que debieran regir la vida de los hombres y de algunas mujeres.
Ese parlamento, dicho con una emoción indescriptible y entreverado con el magnífico carré d'agneau regado con un Chateau Margot del 68 (cosecha que fue verdaderamente revolucionaria) hubiese hecho saltar las lágrimas de mis cuencas vacías.
Pero cuando mi pequeño ladrón (“mon p’tit voleur” me pidió que le llamase, aunque en realidad su nombre es Aurelio) se percató de mi ceguera rompió a llorar en mi lugar. Lo supe por el sonido a vidrios rotos de sus lágrimas al caer sobre el plato.
Fue tal su conmiseración por mi estado que me ofreció, sin posibilidad de negativa, que participase en los beneficios de su profesión de ladrón. Yo tuve que insistir que no, que para dos no daba la cosa.
- Bueno, pues tú te quedas con todo y me ayudas cuando puedas.
Estaba a punto de partírseme el corazón por tanta generosidad cuando recordé que tampoco tenía corazón: lo había donado a un tío mío muy, muy rico, cuando enfermó de diabetes.
Y entonces se me hizo la luz. Recordé, sin necesidad de ninguna mnemotecnia, que mi tío, antes de morir, me hizo heredero universal de todos sus bienes, incluso de su cabaña zulú. Luego yo era rico, inmensamente rico por parte de tío. Abracé al ladronzuelo que había sido la causa de que recordase mi venturoso cambio de suerte y, saliendo los dos eufóricos de “El rinoceronte feliz”, iniciamos una grotesca danza, como de grullas borrachas, y una unión fraterno-profesional que dura hasta hoy. Porque con un ejemplo tan sublime como el de mi ladroncito ¿quién no se anima a ser ladrón?
Antes yo era muy pobre. Sólo mis ojos eran brillantes. Y los vendí a buen precio en el mercado de Amsterdam. Claro, me quedé ciego. Pero una noche –sabía que era de noche por el ruido característico de los pasos al marchar bajo la lluvia- una noche, decía…
-Perdone, caballero, soy un ladrón, tengo hambre y he de robarle.
Un individuo de aspecto lamentable, demacrado, con barba descuidada y,sobre todo, con los zapatos en completo estado de perdición, me hablaba desde el interior de un impermeable astroso. Detalles todos estos que mi perspicacia de ciego habituado a enfrentarse con individuos así me permitieron reconstruir en el interior de mis cuencas vacías. Y si el retrato que me hice no se correspondía a la realidad, tampoco nadie me lo iba a reprochar. No pude por menos que reírme estentóreamente, que es la manera que más impresiona a este tipo de individuos.
Mi carcajada le dejó confuso. El objeto cilíndrico y duro que sentí clavarse en mi riñón izquierdo –sabía que era el izquierdo, pues me extirparon el derecho hace años- se retiró de inmediato y yo respiré aliviado. (Mis pulmones, afortunadamente, aún no habían sido cedidos en trasplante.)
Con voz de trueno grité al desconocido y, para mí, invisible ladrón:
-¿Pero qué especie de espantapájaros eres, mi pequeño ladrón? Estas no son maneras de robar, hombre de Dios. ¿No ves que cualquiera te podría vapulear? A ver, enséñame tu pistola.
-Perdone otra vez, caballero, la torpeza de mi gesto. He tratado de asustarle con un grifo de mi casa. Los tiempos no dan para más.
La luna proyectaba su sombra agridulce sobre los quicios de las puertas . Lo sabía porque hacía vibrar los delgados barrotes de las jaulas de los canarios con las que estos pajarillos afinan sus tonos. Era una luna con mucho carácter aquella.
Mi ladrón aún no se había percatado de mi ceguera. Yo tampoco, pues con mis gafas de sol no podía apreciar el vacío de mis cuencas. Así que decidí aprovechar esos momentos de incertidumbre.
- Bueno, querido amigo. Me decías que tienes hambre, ¿verdad?. Yo también. Invítame a cenar y hablaremos de negocios. Yo siempre he sido un hombre de negocios y he dado mucho dinero a ganar a mis colaboradores.
-Pero si estoy sin un euro; llevo tres días en los que apenas tomo bocado. Algún resto en las casas de comida de confianza…
-Bien. Esos son los mejores comienzos. Vamos aquí al lado, a “La alegría del caracol”. Allí te podrán fiar si vienes conmigo.
Yo sabía, a pesar de mi ceguera, que era muy arriesgada la ligereza de mi oferta, pero sentía a mi ladroncito temblar como un ombligo de mujer anhelante ante un extracto de cuenta corriente con seis ceros a la ¿derecha? ¿izquierda? (dudas razonables como consecuencia de ser ciego.) ¿Qué otra cosa podía hacer?.
Llegamos a “El Camello Boloñés”, una especie de cueva de ladrones, pero con una excelente oferta gastronómica, y nos dispusimos a compartir mesa y mantel. Hablamos. Hablamos mucho; tanto que caí varias veces en una especie de éxtasis, entre plato y plato, cuando el ladrón que me iba a cambiar la vida me hacía reconocer el gran egoísmo que suponía ser ciego, circunstancia que él todavía ignoraba, refiriéndose tal vez, en un sentido metafórico, a la ceguera espiritual, a la ignorancia de los supremos valores espirituales que debieran regir la vida de los hombres y de algunas mujeres.
Ese parlamento, dicho con una emoción indescriptible y entreverado con el magnífico carré d'agneau regado con un Chateau Margot del 68 (cosecha que fue verdaderamente revolucionaria) hubiese hecho saltar las lágrimas de mis cuencas vacías.
Pero cuando mi pequeño ladrón (“mon p’tit voleur” me pidió que le llamase, aunque en realidad su nombre es Aurelio) se percató de mi ceguera rompió a llorar en mi lugar. Lo supe por el sonido a vidrios rotos de sus lágrimas al caer sobre el plato.
Fue tal su conmiseración por mi estado que me ofreció, sin posibilidad de negativa, que participase en los beneficios de su profesión de ladrón. Yo tuve que insistir que no, que para dos no daba la cosa.
- Bueno, pues tú te quedas con todo y me ayudas cuando puedas.
Estaba a punto de partírseme el corazón por tanta generosidad cuando recordé que tampoco tenía corazón: lo había donado a un tío mío muy, muy rico, cuando enfermó de diabetes.
Y entonces se me hizo la luz. Recordé, sin necesidad de ninguna mnemotecnia, que mi tío, antes de morir, me hizo heredero universal de todos sus bienes, incluso de su cabaña zulú. Luego yo era rico, inmensamente rico por parte de tío. Abracé al ladronzuelo que había sido la causa de que recordase mi venturoso cambio de suerte y, saliendo los dos eufóricos de “El rinoceronte feliz”, iniciamos una grotesca danza, como de grullas borrachas, y una unión fraterno-profesional que dura hasta hoy. Porque con un ejemplo tan sublime como el de mi ladroncito ¿quién no se anima a ser ladrón?