El lagarto verde,de alta enjundia,toma el sol sobre la tapia de un vetusto cementerio.Espera a que el fragoroso sol del estío lo achicharre como a una buena morcilla castellana.Ante la atenta mirada de niños traviesos,ese hijo predilecto de los reptiles ni se inmuta.Permanece en su sagrada perseverancia quieto,sin inmutarse por los rayos salvajes que sobre él posa el dominador astro rey.Entonces,como por un milagro natural,nuestro viejo dragón en miniatura se comienza a mover,y los chiquillos comienzan primero a acariciarlo para después darle golpes con ramas de cedro.Un pastor protestante que pasa por ahí,al ver la bellaquería de los aún así inocentes infantes les reprende;diciendo que no maltraten a una criatura del Señor.Ellos,con los ojos abiertos como platos,le responden que es hijo del diablo y que no pararán hasta matarlo.A lo que el sacerdote,indignado,les responde que tendrán el castigo que se merecen.