Enrique Romero
Poeta recién llegado
1ra.
Voz del hombre:
De los silentes y oscuros ocasos míos,
no, no tengo el recuerdo de haberte soñado.
Su piel tersa y rosada, sus dedos fríos,
su risa engalanada, yo las había olvidado.
Voz de la mujer:
Antes de soñarnos, amor mío, nos hicimos.
Entre alcohol derramado y amargos cigarrillos,
bajo la luna convexa, los cuerpos humedecimos
y fuimos dueños de nuestro mundo de papelillo.
Voz del hombre:
Entiendo sus insidiosas falacias, poetiza mía,
pero del mundo se extinguió mi amor umbrío
y con él feneció la única razón que me hería,
pero mi corazón se hizo viejo y sombrío.
Voz de la mujer:
Fui ingenua, noté como de mí desparecías
y conocías el mundo que yo había olvidado,
aquél de engaños y mentiras, en el cual sufría
y del cual tu amor hermético me había sanado.
Voz del hombre:
Me fui olvidando de lo que era mi todo,
de mi infinidad, mi eternidad soñada.
Esclavo de mis lamentos, de los recodos
en los que hallaba la tristeza agolpada.
Tus palabras no sólo mi corazón incinera
sino mi mundo que se reducía a tu cariño.
Quién sino tú, la razón de mis quimeras,
para sanar este pobre corazón de niño...
Voz del hombre:
De los silentes y oscuros ocasos míos,
no, no tengo el recuerdo de haberte soñado.
Su piel tersa y rosada, sus dedos fríos,
su risa engalanada, yo las había olvidado.
Voz de la mujer:
Antes de soñarnos, amor mío, nos hicimos.
Entre alcohol derramado y amargos cigarrillos,
bajo la luna convexa, los cuerpos humedecimos
y fuimos dueños de nuestro mundo de papelillo.
Voz del hombre:
Entiendo sus insidiosas falacias, poetiza mía,
pero del mundo se extinguió mi amor umbrío
y con él feneció la única razón que me hería,
pero mi corazón se hizo viejo y sombrío.
Voz de la mujer:
Fui ingenua, noté como de mí desparecías
y conocías el mundo que yo había olvidado,
aquél de engaños y mentiras, en el cual sufría
y del cual tu amor hermético me había sanado.
Voz del hombre:
Me fui olvidando de lo que era mi todo,
de mi infinidad, mi eternidad soñada.
Esclavo de mis lamentos, de los recodos
en los que hallaba la tristeza agolpada.
Tus palabras no sólo mi corazón incinera
sino mi mundo que se reducía a tu cariño.
Quién sino tú, la razón de mis quimeras,
para sanar este pobre corazón de niño...