viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
La calle llena de gris,
desierto de Domingo en la madrugada,
la luz se desmenuza en la piel de la acera,
el llanero no entiende de leyes recíprocas.
La soledad se desmiga
en la edad de sus ojos,
porque mirar envejece,
hasta que rebosan y se clausuran
los párpados cansados de desnudarse.
La rabia que concede
el escozor de la sangre
se manifiesta zumbando en la sien.
¡Hambre, tanta hambre!
Azotes que trituran el alma
vendida hace siglos a una dosis.
Hermano muerto, sé de ti
lo que tú quisiste olvidar.
Y me consta tu médula combatiente,
descifrada sólo en el azafrán de las hojas
de todos los libros
que con las décadas contraen la tisis.
Tu condición desembocó solemne
en la opulencia de la noche.
Pero se rompe la costura
que sostenía a la madrugada,
y te disuelves, por todas partes,
sacudiendo tu delirio ausente,
deshecho en la intemperie,
dejándote morir entre tus gritos
aunque te queden años por respirar.
desierto de Domingo en la madrugada,
la luz se desmenuza en la piel de la acera,
el llanero no entiende de leyes recíprocas.
La soledad se desmiga
en la edad de sus ojos,
porque mirar envejece,
hasta que rebosan y se clausuran
los párpados cansados de desnudarse.
La rabia que concede
el escozor de la sangre
se manifiesta zumbando en la sien.
¡Hambre, tanta hambre!
Azotes que trituran el alma
vendida hace siglos a una dosis.
Hermano muerto, sé de ti
lo que tú quisiste olvidar.
Y me consta tu médula combatiente,
descifrada sólo en el azafrán de las hojas
de todos los libros
que con las décadas contraen la tisis.
Tu condición desembocó solemne
en la opulencia de la noche.
Pero se rompe la costura
que sostenía a la madrugada,
y te disuelves, por todas partes,
sacudiendo tu delirio ausente,
deshecho en la intemperie,
dejándote morir entre tus gritos
aunque te queden años por respirar.