Sensible al rumor diurno de un río acaudalado, aquel sujeto de difuminado rostro se apresta a arrojarse desnudo al peligroso líquido acuoso. Cuya iracundia sobrepasa los márgenes verdes de unas riberas atiborradas de toda clase de flores aromáticas. Cuando ya está a punto, una mano fría pero firme se posa sobre su blanco hombro. Amedrentando a aquel que se tenía por héroe prestidigitador de una mañana de solaz ardiente. Entonces, se da la vuelta y contempla la falta de una presencia que lo tranquilizase. Como si de un rayo fogoso se tratase, cae destronado al suelo entre convulsiones de endiablado renombre. Mientras ya el atardecer acaricia el río ahora tranquilo y diáfano.