Revelada la siniestra verdad acerca de aquel funesto sujeto, sus familiares más acérrimos decidieron traicionarlo en una noche de despampanante frío invernal. Su padre, hombre bajo y cejijunto, fue camino hacia la iglesia donde se congregaban en velatorio negro los miembros de la Santa Inquisición. Cuando ya estaba a punto de abrir la puerta de la santa casa del Señor para traicionar a su ahora odioso hijo, escuchó como un movimiento fugaz entre la maleza anexa al cementerio de caoba. Quedó por un momento paralizado. Mas su orgullo sacudió tal cobardía y fue presuroso hacia el camposanto. La luna irradiaba sobre el paraje de los muertos. Y he aquí que se encontró con su hijo chupando de una tibia carcomida de gusanos, mientras reía como un pendenciero demonio de rostro desfigurado por la encarnada muerte de vibrante música avernal.