He vuelto al mediodía ineludible
después de atravesar
los puntos suspensivos de un etcétera
que no tiene final,
después de remontar la tarde en el poniente
entre la espada y la pared de un eco
que vaga por los mares su mensaje,
después de penetrar en la penumbra
sin brújulas ni huellas de tus pasos,
después de aniquilar
el repertorio bronce
de la voz y el camino,
mutuamente.
Pero he sido fugaz como los pájaros
en la misma porción escuálida de cielo
de todo el territorio de las horas,
delgado, para traspasar las fechas
y azul, para mezclarme con el aire.
Estrangulado por el viento, callo
la peregrinación a los olvidos.
Desde allí, los paisajes aritméticos
se ahogan o se salvan
según el sotavento de la incógnita,
se nutren, fugitivos
del punto original de la memoria
con noches de retornos y desvelos
o sufren sin comer de un nuevo encuentro.
Me muevo entre el color de los insomnios
y el rojo horizontal de los crepúsculos,
errático en las sumas posteriores,
vencido poco a poco por la noche.
Voy de camino. Emigro cada día
lo que puedo. Me escapo del instante
y de mi edad, aunque regresan, transparentes,
a la arena nocturna
donde la luna desembarca, cíclica,
todos los malestares del silencio.
Y vuelvo a caminar, desorientado,
con el paso rendido del origen
y las huellas sentadas en nuestro desenlace,
esperando, tal vez, que finalice
la travesía de la piel y del aliento
sin agua en las orquillas que aguantan el viaje.
Y sucede de nuevo el mediodía,
el gesto vertical del firmamento
al modo de un rocío inagotable,
mientras escapo, matutino oscuro,
con todos los atrasos cargados en mi espalda,
imantando las sombras
de las mañanas ópticas, de las noches acústicas.
Sigue rolando el péndulo hasta alcanzar lo estático
que supone la muerte o la nostalgia
en los alrededores de los párpados.
después de atravesar
los puntos suspensivos de un etcétera
que no tiene final,
después de remontar la tarde en el poniente
entre la espada y la pared de un eco
que vaga por los mares su mensaje,
después de penetrar en la penumbra
sin brújulas ni huellas de tus pasos,
después de aniquilar
el repertorio bronce
de la voz y el camino,
mutuamente.
Pero he sido fugaz como los pájaros
en la misma porción escuálida de cielo
de todo el territorio de las horas,
delgado, para traspasar las fechas
y azul, para mezclarme con el aire.
Estrangulado por el viento, callo
la peregrinación a los olvidos.
Desde allí, los paisajes aritméticos
se ahogan o se salvan
según el sotavento de la incógnita,
se nutren, fugitivos
del punto original de la memoria
con noches de retornos y desvelos
o sufren sin comer de un nuevo encuentro.
Me muevo entre el color de los insomnios
y el rojo horizontal de los crepúsculos,
errático en las sumas posteriores,
vencido poco a poco por la noche.
Voy de camino. Emigro cada día
lo que puedo. Me escapo del instante
y de mi edad, aunque regresan, transparentes,
a la arena nocturna
donde la luna desembarca, cíclica,
todos los malestares del silencio.
Y vuelvo a caminar, desorientado,
con el paso rendido del origen
y las huellas sentadas en nuestro desenlace,
esperando, tal vez, que finalice
la travesía de la piel y del aliento
sin agua en las orquillas que aguantan el viaje.
Y sucede de nuevo el mediodía,
el gesto vertical del firmamento
al modo de un rocío inagotable,
mientras escapo, matutino oscuro,
con todos los atrasos cargados en mi espalda,
imantando las sombras
de las mañanas ópticas, de las noches acústicas.
Sigue rolando el péndulo hasta alcanzar lo estático
que supone la muerte o la nostalgia
en los alrededores de los párpados.