dilia.calderas
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL MENDIGO
Enfermo de muerte llegó aquel mendigo,
ningún ser humano le prestaba abrigo,
su cuerpo cansado por el caminar,
cayó desplomado en aquel solar.
En su rostro había tristeza y dolor,
culpable de ello era el desamor,
el pobre que un día, tanto había luchado,
por toda su gente, con fe y desvelado,
ahora en su vejez le habían olvidado.
Pero así es la vida de muchas personas,
aunque algunas veces nos parezcan bromas,
viven sin consuelo, viven sin cariño,
anhelando siempre "cual si fueran niños",
y solo consiguen por zapato el suelo,
y por techo tienen el inmenso cielo.
Aquella mañana del triste suceso,
una niña vio desde su ventana,
al pobre mendigo que se desplomaba.
!Corrió de repente! a prestarle ayuda,
y extendió sus manos, con suma ternura,
pero el pobre anciano, que ya no podía,
sólo alzó su mano, tan delgada y fría,
y con voz muy ténue, gracias, le decía.
¿Qué tiene señor? yo le ayudaré,
si usted me permite, lo levantaré,
mi madre se encuentra ahorita en la casa,
y si yo la llamo, ella viene y lo alza.
!Deténte mi niña!, no hay nada que hacer,
ya hiciste bastante, pues he vuelto a ver,
otra hija delante.
Tiende tu manita, pónla en mi cabeza,
para que yo pueda dormir sin tristeza,
y cuando me duerma, dile a tú mamá,
que aquí está un anciano, que encontró piedad,
en un ser humano.
La pequeña niña se puso a su lado,
con su mano tierna hizo lo indicado,
y en pocos momentos, sin ella saberlo,
de sus sufrimientos ya le había curado.
Regresó a su casa, llamó a su mamá,
le dijo que fuera "pronto" para allá,
y al llegar la madre junto al pobre anciano,
se dio cuenta entonces que todo era en vano,
y al contar la niña lo que sucedió,
conmovida y triste por él rezó.
Enfermo de muerte llegó aquel mendigo,
ningún ser humano le prestaba abrigo,
su cuerpo cansado por el caminar,
cayó desplomado en aquel solar.
En su rostro había tristeza y dolor,
culpable de ello era el desamor,
el pobre que un día, tanto había luchado,
por toda su gente, con fe y desvelado,
ahora en su vejez le habían olvidado.
Pero así es la vida de muchas personas,
aunque algunas veces nos parezcan bromas,
viven sin consuelo, viven sin cariño,
anhelando siempre "cual si fueran niños",
y solo consiguen por zapato el suelo,
y por techo tienen el inmenso cielo.
Aquella mañana del triste suceso,
una niña vio desde su ventana,
al pobre mendigo que se desplomaba.
!Corrió de repente! a prestarle ayuda,
y extendió sus manos, con suma ternura,
pero el pobre anciano, que ya no podía,
sólo alzó su mano, tan delgada y fría,
y con voz muy ténue, gracias, le decía.
¿Qué tiene señor? yo le ayudaré,
si usted me permite, lo levantaré,
mi madre se encuentra ahorita en la casa,
y si yo la llamo, ella viene y lo alza.
!Deténte mi niña!, no hay nada que hacer,
ya hiciste bastante, pues he vuelto a ver,
otra hija delante.
Tiende tu manita, pónla en mi cabeza,
para que yo pueda dormir sin tristeza,
y cuando me duerma, dile a tú mamá,
que aquí está un anciano, que encontró piedad,
en un ser humano.
La pequeña niña se puso a su lado,
con su mano tierna hizo lo indicado,
y en pocos momentos, sin ella saberlo,
de sus sufrimientos ya le había curado.
Regresó a su casa, llamó a su mamá,
le dijo que fuera "pronto" para allá,
y al llegar la madre junto al pobre anciano,
se dio cuenta entonces que todo era en vano,
y al contar la niña lo que sucedió,
conmovida y triste por él rezó.