Los caballeros de frente marchita sorben del agua pulcra del manantial onírico. Mientras el gélido vaho nocturno envuelve sus cuerpos débiles de afeminados. Cuando ya están saciados se levantan y van en pos del cáliz esplendoroso que da la soberbia inmortalidad. Allí, en el bosque presuroso donde nacen los duendes que guardan en edad adusta tal joya sólo apta para ingeniosos y valientes hombres de diadema áurea en su efervescente testa. Mas uno se ha perdido de los caballeros en el laberinto de nogales, donde el demonio de la traición lo ha cohibido con su susurro mentiroso de un vacío venenoso y funesto para el claro alma. Entonces, tal mortal, engreído, se apresura a buscar a sus coetáneos para propagar la vil noticia del fin del mundo. Pero lo que no sabe es que sus compañeros ya cuelgan del árbol nefasto de los ahorcados.