Kimura_Hanshakaiteki
Poeta recién llegado
Me he puesto en los zapatos de quien sea, dejé todas las huellas que pude en todos los tropiezos que llamé caminos, busqué el sentido de cada enigma que encontraba, pese a encontrar solo me perdí en distintos términos.
Porque siempre estuve hipnotizado por las siluetas fantásticas, aún lo estoy, pero soñar quema demasiado, por eso ahora busco en los confines de mi equipaje, todos los nombres que inventé, para así ser otros tipos más deslumbrantes que yo, en otros sitios más coloridos que este.
Y así se pasó el tiempo, tantas mañanas que fueron en mi espalda cruces, tantos amores para los que fui un lastre, tantos golpes que alejaron de mi corazón todas las luces, tantos versos con los que decir que soy un desastre.
Con este, van ya, tres inviernos en los que me abandonan…
Las arenas del tiempo devoraron los escombros de mi corazón, así quedaron desiertas estas ruinas, aunque vinieron exploradores altruistas, atraídos por la tempestad y la incertidumbre, todos ellos tuvieron que irse, por miedo de formar parte de mi, o por mi miedo de formar parte de ellos.
Así me encerré, me escondí en las catacumbas del olvido, a un lado del pozo de la tentación y la muerte, porque pese a ser viajero de ligero equipaje, muchas veces tuve que detener mi andar, porque aunque vació esté mi bolsillo, el ataúd y las cruces pesan demasiado.
Que pesado castigo me encomendó el yo pasado,
que pesado castigo se ganó el yo más ilusionado.
Porque me arrastré inarmónico bajo la multitud de vidas que volaban sobre mi grisáceo cielo, encontrándome a veces con aquellos que maltrataron sus alas.
Conociendo el mundo a través de ángeles encadenados, creando llaves con pedazos de mi corazón…
Para que al final, tan bellas figuras de enigmática hermosura, emprendieran el vuelo hacia un cielo al que no merezco pertenecer.
Quizá porque soy intermitente, nunca estoy lo suficiente como para salvar a nadie, pero siempre estoy demasiado tiempo como para aburrirlos a todos.
Y ese desvanecimiento, hizo de mi un androide intangible, una máquina imperfecta a la que le faltan engranajes que echen a andar su corazón.
Pues al estar frente a aquello que tanto busqué y sin embargo, no creerme merecedor de poseerlo, me doy cuenta de cuan roto estoy en realidad.
No sirven de nada las búsquedas de un viajero que no cree merecer el paisaje que contempla, los caminos que recorre, el sol que lo recubre o la neblina que lo envuelve.
Y solo continua la cuenta atrás aquí en mi celda, aquí en la penumbra donde habita alguien, tan lejos de todo, tan cerca de nada, o quizá algo, aquello que nunca tuvo significado ni propósito, quizá aquí no haya nada, solo oscuridad que devora, que acostumbra, que duele.
Y luego despierto otra mañana nauseabunda, bajo el mismo techo, frente a la misma cortina, bajo el mismo cielo que empapa mi ciudad de lagrimas.
Doy el primer suspiro del día, el aliento muerto que es quizá la neblina de mi alma.
Peino mi cabello de mala gana, quizá porque está tan anudado y retorcido como mi consciencia.
Lavo mis dientes sin motivo, quizá porque nunca nadie ve mi sonrisa.
Y entre mis disertaciones y quizaces, suena la alarma que me devuelve al mundo real.
Me pongo el abrigo que es del color de mis lamentos y la corbata que a veces desearía que fuese una soga, salgo a la calle como si no tuviera el infierno en la garganta ni agujas en los pies y vuelvo a la rutina que me distrae de lo tan obvio a estas alturas.
Luego de días que son placebos, vuelvo de noche a las ruinas que llamo hogar, a escuchar los mismos gritos que el día anterior, a llorar las mismas lagrimas que la noche anterior, a sangrar los mismos pecados que la noche anterior, y a escribir las letras de esta noche.
Y es por estos tiempos tan “interesantes” que buscaba los nombres con los que pretendía huir del horror que me supone vivir atrapado en mi mismo.
Me llamo Calle, porque en mi piel se quedan marcadas las historias y los caminos que toman quienes las cuentan.
Me llamo Lluvia, porque se empapar a la gente con mi tristeza y también limpiarlos con mi poesía.
Me llamo Noche, porque siempre estuve acompañado por Luna.
Me llamo Humo, por mi deseo imparable de desahogarme en los labios de cualquiera.
Me llamo Blues, porque silbo melodías suaves, aunque soy la persona más infeliz del mundo
Me llamo Poesía, porque sentencio lo que odio del mundo, también expongo lo que amo en este paraíso de silencio.
Tengo tantos nombres con los que podría huir, pero decido quedarme con este, solo porque en mi vanidoso egoísmo, deseo que resuene en los corazones de quienes quiera que lean mis palabras.
Y así, frente a un mundo que se desvanece en frente de mis lentes empañados, ser eterno en las letras que viven, aunque yo muera casi a diario.
Porque se que tú también has estado ahí, en las calles grises que la lluvia ennegrece, en las vertiginosas mañanas cuando no sabes que camino de tu vida tomar, en el suspiro que exhala silencio y tristeza, en el peine o en el cepillo de dientes que esperan ansiosos por una sonrisa más o en el abrigo y la corbata, que te mantienen atado… atado al modo de vida de los adultos.
Porque siempre estuve hipnotizado por las siluetas fantásticas, aún lo estoy, pero soñar quema demasiado, por eso ahora busco en los confines de mi equipaje, todos los nombres que inventé, para así ser otros tipos más deslumbrantes que yo, en otros sitios más coloridos que este.
Y así se pasó el tiempo, tantas mañanas que fueron en mi espalda cruces, tantos amores para los que fui un lastre, tantos golpes que alejaron de mi corazón todas las luces, tantos versos con los que decir que soy un desastre.
Con este, van ya, tres inviernos en los que me abandonan…
Las arenas del tiempo devoraron los escombros de mi corazón, así quedaron desiertas estas ruinas, aunque vinieron exploradores altruistas, atraídos por la tempestad y la incertidumbre, todos ellos tuvieron que irse, por miedo de formar parte de mi, o por mi miedo de formar parte de ellos.
Así me encerré, me escondí en las catacumbas del olvido, a un lado del pozo de la tentación y la muerte, porque pese a ser viajero de ligero equipaje, muchas veces tuve que detener mi andar, porque aunque vació esté mi bolsillo, el ataúd y las cruces pesan demasiado.
Que pesado castigo me encomendó el yo pasado,
que pesado castigo se ganó el yo más ilusionado.
Porque me arrastré inarmónico bajo la multitud de vidas que volaban sobre mi grisáceo cielo, encontrándome a veces con aquellos que maltrataron sus alas.
Conociendo el mundo a través de ángeles encadenados, creando llaves con pedazos de mi corazón…
Para que al final, tan bellas figuras de enigmática hermosura, emprendieran el vuelo hacia un cielo al que no merezco pertenecer.
Quizá porque soy intermitente, nunca estoy lo suficiente como para salvar a nadie, pero siempre estoy demasiado tiempo como para aburrirlos a todos.
Y ese desvanecimiento, hizo de mi un androide intangible, una máquina imperfecta a la que le faltan engranajes que echen a andar su corazón.
Pues al estar frente a aquello que tanto busqué y sin embargo, no creerme merecedor de poseerlo, me doy cuenta de cuan roto estoy en realidad.
No sirven de nada las búsquedas de un viajero que no cree merecer el paisaje que contempla, los caminos que recorre, el sol que lo recubre o la neblina que lo envuelve.
Y solo continua la cuenta atrás aquí en mi celda, aquí en la penumbra donde habita alguien, tan lejos de todo, tan cerca de nada, o quizá algo, aquello que nunca tuvo significado ni propósito, quizá aquí no haya nada, solo oscuridad que devora, que acostumbra, que duele.
Y luego despierto otra mañana nauseabunda, bajo el mismo techo, frente a la misma cortina, bajo el mismo cielo que empapa mi ciudad de lagrimas.
Doy el primer suspiro del día, el aliento muerto que es quizá la neblina de mi alma.
Peino mi cabello de mala gana, quizá porque está tan anudado y retorcido como mi consciencia.
Lavo mis dientes sin motivo, quizá porque nunca nadie ve mi sonrisa.
Y entre mis disertaciones y quizaces, suena la alarma que me devuelve al mundo real.
Me pongo el abrigo que es del color de mis lamentos y la corbata que a veces desearía que fuese una soga, salgo a la calle como si no tuviera el infierno en la garganta ni agujas en los pies y vuelvo a la rutina que me distrae de lo tan obvio a estas alturas.
Luego de días que son placebos, vuelvo de noche a las ruinas que llamo hogar, a escuchar los mismos gritos que el día anterior, a llorar las mismas lagrimas que la noche anterior, a sangrar los mismos pecados que la noche anterior, y a escribir las letras de esta noche.
Y es por estos tiempos tan “interesantes” que buscaba los nombres con los que pretendía huir del horror que me supone vivir atrapado en mi mismo.
Me llamo Calle, porque en mi piel se quedan marcadas las historias y los caminos que toman quienes las cuentan.
Me llamo Lluvia, porque se empapar a la gente con mi tristeza y también limpiarlos con mi poesía.
Me llamo Noche, porque siempre estuve acompañado por Luna.
Me llamo Humo, por mi deseo imparable de desahogarme en los labios de cualquiera.
Me llamo Blues, porque silbo melodías suaves, aunque soy la persona más infeliz del mundo
Me llamo Poesía, porque sentencio lo que odio del mundo, también expongo lo que amo en este paraíso de silencio.
Tengo tantos nombres con los que podría huir, pero decido quedarme con este, solo porque en mi vanidoso egoísmo, deseo que resuene en los corazones de quienes quiera que lean mis palabras.
Y así, frente a un mundo que se desvanece en frente de mis lentes empañados, ser eterno en las letras que viven, aunque yo muera casi a diario.
Porque se que tú también has estado ahí, en las calles grises que la lluvia ennegrece, en las vertiginosas mañanas cuando no sabes que camino de tu vida tomar, en el suspiro que exhala silencio y tristeza, en el peine o en el cepillo de dientes que esperan ansiosos por una sonrisa más o en el abrigo y la corbata, que te mantienen atado… atado al modo de vida de los adultos.