El narciso de piedra cuelga del techo rudimentario de la alada noche. Desde allí despliega toda una variedad de perfumes cartón piedra. Bajo aquel, el manso río de sangre va sorbiendo del éter puro que purifica al sátiro con cornamenta de plata. Durmiendo entre entrelazadas hiedras de locura insondable. Cuando la noche ya va remitiendo, el narciso se vuelve frágil y suave como la tersa piel de una fotográfica doncella blanca. Haciendo reverencias malévolas hacia la sonrisa inocente del bien amado pero difunto sol. Pues éste ha sido parido antes de tiempo. Cuando aún una estrella no había escapado hacia el abismo insondable de una vorágine de violado tinte tremebundo. Entonces los tulipanes nacen alrededor del narciso vuelto manto de oro, y el crepitar de un fuego obscuro va consumiendo los bosques de franela, los cuales aúllan de dolor y pena. Entonces el narciso recupera su forma original para ocupar el lugar del moribundo Helios en el encapotado firmamento y así irradia con su perfume dulce lo que queda de rastrojos en la yerma tierra.