Évano
Libre, sin dioses.
El sol y la rivalidad refulgían en un campo donde los niños jugaban. Unos correteando sobre las ramas, tratando de alcanzarse entre ellos; otros enfrentándose en un partido de fútbol, aprovechando a los árboles como porterías sin largueros. Se oyó un chasquido y un fuerte trastazo, atrayendo a todos los ojos y, al momento, a los cuerpos, que rodearon al niño accidentado. Lloraba y tartamudeaba. No se podía mover. No sé cómo describir lo que sintieron cuando les dijo que lo mataran, que no podría vivir toda la vida en una silla de ruedas. Al acabar la frase lo golpearon hasta la muerte con piernas, puños y piedras. Él ya sabía que en las juventudes hitlerianas no se admitían tarados ni tullidos.
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