El niño que pintaba estrellas en su cuaderno

Rosa Reeder

Poeta que considera el portal su segunda casa
Había una vez un niño que veía el mundo de manera distinta.

Cuando los demás niños dibujaban casas con ventanas cuadradas, árboles verdes con manzanas rojas, o perros que parecían nubes con patas, él abría su cuaderno y pintaba estrellas.


No lo hacía con crayones comunes, ni con lápices brillantes.

Decía que cada estrella estaba hecha de algo que él había guardado en el corazón durante el día:

la risa que escuchó en la plaza,

el abrazo tibio de su abuela,

el vuelo ligero de una mariposa que parecía polvo dorado en el aire.


Con cada recuerdo luminoso, trazaba un punto en el papel, y aquel punto, aunque pequeño, parecía tener un destello propio.


A veces sus compañeros le preguntaban:

—¿Por qué no pintas soles o flores como nosotros?

El niño respondía sonriendo:

—Porque las estrellas son luces que nadie se atreve a pintar, y yo quiero que brillen también en mi cuaderno.


Una noche de verano, mientras la luna se colaba por la ventana, sucedió algo extraordinario.

Una de las estrellas que había dibujado comenzó a temblar en la hoja.

Luego, como una chispa curiosa, saltó del papel y se quedó flotando en el aire de su cuarto.

El niño, asombrado pero sin miedo, extendió la mano y la estrella se posó en su palma, suave como una pluma.


Desde entonces, cada vez que pintaba, nuevas estrellas escapaban del cuaderno y subían despacio hasta el cielo.

Los vecinos, al mirar la noche, se preguntaban de dónde venían aquellas luces nuevas que antes no estaban allí.

El niño lo sabía en secreto: eran sus sueños transformados en constelaciones.


Con el tiempo, aprendió que no solo se trataba de pintar, sino de mirar la vida con ojos de estrella.

Descubrió que incluso en los días grises podía encontrar una chispa escondida: en el canto de la lluvia contra los techos, en la mirada fiel de un amigo, en el aroma de una flor sencilla al borde del camino.

Todo eso, guardado en silencio, se convertía en luz cuando tocaba su cuaderno.


Y así, mientras muchos pensaban que las estrellas vivían únicamente en el cielo, aquel niño sabía la verdad:

las estrellas nacen en la tierra, en los gestos pequeños, en la bondad, en los sueños…

y solo después vuelan hacia arriba para recordarnos que la noche también puede brillar.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
 
Había una vez un niño que veía el mundo de manera distinta.

Cuando los demás niños dibujaban casas con ventanas cuadradas, árboles verdes con manzanas rojas, o perros que parecían nubes con patas, él abría su cuaderno y pintaba estrellas.


No lo hacía con crayones comunes, ni con lápices brillantes.

Decía que cada estrella estaba hecha de algo que él había guardado en el corazón durante el día:

la risa que escuchó en la plaza,

el abrazo tibio de su abuela,

el vuelo ligero de una mariposa que parecía polvo dorado en el aire.


Con cada recuerdo luminoso, trazaba un punto en el papel, y aquel punto, aunque pequeño, parecía tener un destello propio.


A veces sus compañeros le preguntaban:

—¿Por qué no pintas soles o flores como nosotros?

El niño respondía sonriendo:

—Porque las estrellas son luces que nadie se atreve a pintar, y yo quiero que brillen también en mi cuaderno.


Una noche de verano, mientras la luna se colaba por la ventana, sucedió algo extraordinario.

Una de las estrellas que había dibujado comenzó a temblar en la hoja.

Luego, como una chispa curiosa, saltó del papel y se quedó flotando en el aire de su cuarto.

El niño, asombrado pero sin miedo, extendió la mano y la estrella se posó en su palma, suave como una pluma.


Desde entonces, cada vez que pintaba, nuevas estrellas escapaban del cuaderno y subían despacio hasta el cielo.

Los vecinos, al mirar la noche, se preguntaban de dónde venían aquellas luces nuevas que antes no estaban allí.

El niño lo sabía en secreto: eran sus sueños transformados en constelaciones.


Con el tiempo, aprendió que no solo se trataba de pintar, sino de mirar la vida con ojos de estrella.

Descubrió que incluso en los días grises podía encontrar una chispa escondida: en el canto de la lluvia contra los techos, en la mirada fiel de un amigo, en el aroma de una flor sencilla al borde del camino.

Todo eso, guardado en silencio, se convertía en luz cuando tocaba su cuaderno.


Y así, mientras muchos pensaban que las estrellas vivían únicamente en el cielo, aquel niño sabía la verdad:

las estrellas nacen en la tierra, en los gestos pequeños, en la bondad, en los sueños…

y solo después vuelan hacia arriba para recordarnos que la noche también puede brillar.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Bonita prosa infantil.

Saludos
 
Había una vez un niño que veía el mundo de manera distinta.

Cuando los demás niños dibujaban casas con ventanas cuadradas, árboles verdes con manzanas rojas, o perros que parecían nubes con patas, él abría su cuaderno y pintaba estrellas.


No lo hacía con crayones comunes, ni con lápices brillantes.

Decía que cada estrella estaba hecha de algo que él había guardado en el corazón durante el día:

la risa que escuchó en la plaza,

el abrazo tibio de su abuela,

el vuelo ligero de una mariposa que parecía polvo dorado en el aire.


Con cada recuerdo luminoso, trazaba un punto en el papel, y aquel punto, aunque pequeño, parecía tener un destello propio.


A veces sus compañeros le preguntaban:

—¿Por qué no pintas soles o flores como nosotros?

El niño respondía sonriendo:

—Porque las estrellas son luces que nadie se atreve a pintar, y yo quiero que brillen también en mi cuaderno.


Una noche de verano, mientras la luna se colaba por la ventana, sucedió algo extraordinario.

Una de las estrellas que había dibujado comenzó a temblar en la hoja.

Luego, como una chispa curiosa, saltó del papel y se quedó flotando en el aire de su cuarto.

El niño, asombrado pero sin miedo, extendió la mano y la estrella se posó en su palma, suave como una pluma.


Desde entonces, cada vez que pintaba, nuevas estrellas escapaban del cuaderno y subían despacio hasta el cielo.

Los vecinos, al mirar la noche, se preguntaban de dónde venían aquellas luces nuevas que antes no estaban allí.

El niño lo sabía en secreto: eran sus sueños transformados en constelaciones.


Con el tiempo, aprendió que no solo se trataba de pintar, sino de mirar la vida con ojos de estrella.

Descubrió que incluso en los días grises podía encontrar una chispa escondida: en el canto de la lluvia contra los techos, en la mirada fiel de un amigo, en el aroma de una flor sencilla al borde del camino.

Todo eso, guardado en silencio, se convertía en luz cuando tocaba su cuaderno.


Y así, mientras muchos pensaban que las estrellas vivían únicamente en el cielo, aquel niño sabía la verdad:

las estrellas nacen en la tierra, en los gestos pequeños, en la bondad, en los sueños…

y solo después vuelan hacia arriba para recordarnos que la noche también puede brillar.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Un bello paseo por la fábrica de estrellas. Quienes conocemos el mundo de la noche por pasar horas contemplando como el cielo se tachona de estrellas, sabemos que nuestras amigas surgen del sueño y la ilusión de los niños. Y te diré un secreto, cuando observas titilar alguna estrella, desde el cielo te está deseando unas buenas noches.
Un cordial saludo.
 
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