Yak Mercado
Poeta recién llegado
Dejada ya mi rabieta matutina diaria.
Pienso en Venezia, esa, la de la “z”,
esa a la que el error ortográfico
doto de magia.
Esa, la que no necesita
mayores vestiduras que su sonrisa
y sus hermosos
y tan comunes
y especiales ojos.
La de palabras irreverentes
y marcado acento,
la que enamora
a golpe de torpes maneras.
Esa que embiste
como toro de lidia
cuando siente lo suyo
(a los suyos)
atacado(s).
Ella,
que todo lo puede
a quien nada ni nadie
parece poder parar
y que se desquebraja
y se descubre humana
para con quien ama.
-Odia la debilidad
de saberse humana-
Venezia, esa, la alejada de la “c”
ella a quien parecieron marcar
y diferenciar al nombrarla,
esa que brilla a luz propia
y levanta miradas, arruga entre cejos,
esa que sonríe después de cada beso.
Ella,
que no alcanza a ser mía
ni de nada, ni de nadie;
la que reniega del amor
y ama y extraña y cela.
A veces pienso que no le alcanza ni para ser suya.
Pienso en Venezia, esa, la de la “z”,
esa a la que el error ortográfico
doto de magia.
Esa, la que no necesita
mayores vestiduras que su sonrisa
y sus hermosos
y tan comunes
y especiales ojos.
La de palabras irreverentes
y marcado acento,
la que enamora
a golpe de torpes maneras.
Esa que embiste
como toro de lidia
cuando siente lo suyo
(a los suyos)
atacado(s).
Ella,
que todo lo puede
a quien nada ni nadie
parece poder parar
y que se desquebraja
y se descubre humana
para con quien ama.
-Odia la debilidad
de saberse humana-
Venezia, esa, la alejada de la “c”
ella a quien parecieron marcar
y diferenciar al nombrarla,
esa que brilla a luz propia
y levanta miradas, arruga entre cejos,
esa que sonríe después de cada beso.
Ella,
que no alcanza a ser mía
ni de nada, ni de nadie;
la que reniega del amor
y ama y extraña y cela.
A veces pienso que no le alcanza ni para ser suya.
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