Francisco Iván Pazualdo
Poeta veterano en el portal
El oropel de tu rostro
Ese, el oropel de tu rostro, la prisión de los astros
donde mi memoria se hace la pared mística
y la pupila por donde se ven cientos de primaveras,
que a raudales de mi marejada de ocasos
las miradas se confunden, ruedan plenilunios,
los cuerpos son jaranas y un oído recoge
las palabras que se nos cayeron en una isla escondida
en las almas de los dos.
Este sentimiento vítrea en esa cárcel
de mis manos literarias, que hacen versos
en tus senos inocentes y perlados
que se amalgaman en mi afán legítimo
de un día hacerte el amor durante diecisiete horas.
Los labios de una almohada, desgranan el reflejo,
la sed, la pasión transfigurada, el bucle
de algún océano de amor que estalla
en la respiración de un lecho.
Las caricias que te agobian, fraguan el desasosiego.
Esas pestañas, corales de otoño
que conciben fragancias cándidas
Ese cuerpo níveo que tienes ya es hoguera
y crisol.
Dedicado a la mujer de mi vida.Te quiero Margarita.
Ese, el oropel de tu rostro, la prisión de los astros
donde mi memoria se hace la pared mística
y la pupila por donde se ven cientos de primaveras,
que a raudales de mi marejada de ocasos
las miradas se confunden, ruedan plenilunios,
los cuerpos son jaranas y un oído recoge
las palabras que se nos cayeron en una isla escondida
en las almas de los dos.
Este sentimiento vítrea en esa cárcel
de mis manos literarias, que hacen versos
en tus senos inocentes y perlados
que se amalgaman en mi afán legítimo
de un día hacerte el amor durante diecisiete horas.
Los labios de una almohada, desgranan el reflejo,
la sed, la pasión transfigurada, el bucle
de algún océano de amor que estalla
en la respiración de un lecho.
Las caricias que te agobian, fraguan el desasosiego.
Esas pestañas, corales de otoño
que conciben fragancias cándidas
Ese cuerpo níveo que tienes ya es hoguera
y crisol.
Dedicado a la mujer de mi vida.Te quiero Margarita.
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