Por un camino de grava,su excelencia el Papa caminaba pomposo al encuentro del Señor.Pero era una tarde de caluroso sol de estío.Sudaba bajo ese manto eclesiástico como un becerro de oro.Le parecía el paseo interminable;hasta que cayó el crepúsculo y pudo otear la ermita donde le esperaría el vil crucificado.Entró por la abertura angosta de tal monumento glorioso y,estupefacto,se encontró con una panda de borrachos que habían hecho de la casa de Dios una taberna de crapulosos y lujuriosos.A cada copa estallaban de risa estridente. Enfebrecido por el odio descomunal de ferviente fe católica les sacudió con el báculo en las costillas,pero los pendencieros borrachos le arrojaron a los ojos de azul mate vino blanco que lo dejó ciego por unos minutos.A continuación lo apalearon y lo dejaron casi muerto,a las afueras de la ya sacrílega construcción religiosa.Cayó la noche y el Papa,entre lamentos,se difuminó en la tiniebla espectral de una congoja sobresaliente.