Enfrascado en tareas engorrosas estaba aquel ser diminuto, a la luz artificial de una bujía que proyectaba sombras en su espectral cobertizo de levadura. Mezclaba líquidos prohibidos para dar con la fórmula de un potente veneno que había de administrar a su odioso padre. Ya canoso y de débil osamenta. Pero una figura fantasmal entró en el antro de su desvarío. No era su progenitor ni forma humana cualquiera. Sino un diabólico ser que le susurraba heladas palabras de mortandad. Para que las aprendiese de memoria y así las repitiese el vil parricida ante el objeto funesto de su penetrante odio. Al principio, nuestro malévolo personaje se sintió intimidado. Pero una vez le mostró el sello del sagrado asesinato en su pecho turbio de ángel de las tinieblas supo que debería recitar tal letanía. Esa misma noche, a los pies de la cama de su ancestro. Así lo hizo. Y aquel despertó para inyectarle una mirada de fatal hiel que lo redujo y transfiguró en un vil escarabajo.