Sabía que no debía hacerlo, pero no le importaba. Empezaba un día más en la casa de los Aliaga. La rutina de todo los días lo hastiaba. Que el mal humor del padre después del almuerzo, por ejemplo. Lo odiaba tanto que no podía concentrarse en lo que hacía: escribir. Pensaba a menudo en mudarse, pero no sabía a dónde. ¿Qué lugar albergaría su incipiente talento?. Odiaba sus iras y que le dijera: no llegarás lejos con lo que haces, mejor búscate un trabajo y no fastidies con que vas a hacer escritor. Lo tenía planeado todo, sólo esperaba el gran día. Tenía el arma en su habitación, nueva lista para ser usada. Bastaría con una sola bala en la cabeza, pensaba. Y el día llegó. Era una noche que no podía dormir, angustiado. Hasta que fue a la habitación de su padre y lo mató, fríamente calculado.