Kabuki
Poeta recién llegado
El paseo del ebrio
El pío de los capulines, el frescor de las jacarandas,
la lluvia huella de polvo, el ruido de
unas olas de un mar de cemento. El aterrizaje de un Boeing.
Mi ventana son el héroe y sus miedos de mis ojos.
Un hijo cyborg le pide amor a su papá.
Sentado en una litera, con libros como guijarros,
una ondina de Plutón se recuesta en el blanco farallón,
y se informa sobre su Madre Tierra de cochebomba,
en la concha de peines y azabache sol.
Ocultos como el Califato de Córdoba,
viviendas en los tubos del acueducto de Brasil,
Se hallan los robados de golpe militar,
los pobres de Justicia, en títeres, en bajada de calzón.
Paso por paseo Colón, la velocidad de una París
acomplejada, las casonas de mármol,
los balcones de orejas y velo.
Las limeñas de nuevo formato, de risa pirata,
las ratitas entre los dientes, su cinta lila
en la cobriza cintura, su mano corta en la neurona.
La soledad de aguja es como una bala de cañón.
Caigo por el Centro cuadrado sin murallas,
una puertecita de reja, unas gradas de barro.
La luna no entra, los licántropos no sacan carnet.
En un paso, la sangre se mancha con
el pelo. Del subterráneo un vaho de castor.
Mis dedos acarician unos pómulos de tinieblas.
Estallan charcos alrededor. No hay palabras.
La electricidad me conversa. El trueno es su Alá.
Niños mendigos en cámara lenta, con los toffees
nada inglés, buscan la piel sobre las pieles
en los centros comerciales de nombre alemán.
El tráfico. Tótem desvaluados, granos fecales,
hórreos de ovejas pardas, gentes con pasamontañas.
Un lampo de rubí. Boca perforada por un taco de romo.
El ulular metálico, la tonelada de
material de claxon. Un carajo, mil gestos
al recto de mi bisabuela. El no respeto a la policía.
Las nubes en carrozas son jazmines sin tallo
lanzados por un doncel que es atrapado con un sobrecito.
En el baño, grafitis de serpientes, de símbolos de la U,
de citas embarradas con betún y poco seso.
Arriba, la falda de michi, sus zapatillas de corto pasador,
la silla con un cojín es mi tercera pata.
Edipo yo engañe a la esfinge por lo tanto también a ti.
Soy el rey de la nada, dueño de mi imaginación,
los viceministros del Ejecutivo viajan en fragatas
a la casa del ladrón. Los congresistas pica otorongos
hurtan al cíclope. Reloj que miras lo
que te da la gana, te atrasaste 3 minutos.
En Ítaca se enteraron. En Ciudad de Guatemala se armaron.
En Lima hubo una explosión. La rambla
ya no es de granito, ni de fémures, ni de cajón.
Se abre el mar de Moisés en el jirón
que embauca desde mi estómago a mi cuchillo.
La guillotina de la resaca no mata, solo genera.
Helicópteros en las sabanas y una vagina con mal sabor.
la lluvia huella de polvo, el ruido de
unas olas de un mar de cemento. El aterrizaje de un Boeing.
Mi ventana son el héroe y sus miedos de mis ojos.
Un hijo cyborg le pide amor a su papá.
Sentado en una litera, con libros como guijarros,
una ondina de Plutón se recuesta en el blanco farallón,
y se informa sobre su Madre Tierra de cochebomba,
en la concha de peines y azabache sol.
Ocultos como el Califato de Córdoba,
viviendas en los tubos del acueducto de Brasil,
Se hallan los robados de golpe militar,
los pobres de Justicia, en títeres, en bajada de calzón.
Paso por paseo Colón, la velocidad de una París
acomplejada, las casonas de mármol,
los balcones de orejas y velo.
Las limeñas de nuevo formato, de risa pirata,
las ratitas entre los dientes, su cinta lila
en la cobriza cintura, su mano corta en la neurona.
La soledad de aguja es como una bala de cañón.
Caigo por el Centro cuadrado sin murallas,
una puertecita de reja, unas gradas de barro.
La luna no entra, los licántropos no sacan carnet.
En un paso, la sangre se mancha con
el pelo. Del subterráneo un vaho de castor.
Mis dedos acarician unos pómulos de tinieblas.
Estallan charcos alrededor. No hay palabras.
La electricidad me conversa. El trueno es su Alá.
Niños mendigos en cámara lenta, con los toffees
nada inglés, buscan la piel sobre las pieles
en los centros comerciales de nombre alemán.
El tráfico. Tótem desvaluados, granos fecales,
hórreos de ovejas pardas, gentes con pasamontañas.
Un lampo de rubí. Boca perforada por un taco de romo.
El ulular metálico, la tonelada de
material de claxon. Un carajo, mil gestos
al recto de mi bisabuela. El no respeto a la policía.
Las nubes en carrozas son jazmines sin tallo
lanzados por un doncel que es atrapado con un sobrecito.
En el baño, grafitis de serpientes, de símbolos de la U,
de citas embarradas con betún y poco seso.
Arriba, la falda de michi, sus zapatillas de corto pasador,
la silla con un cojín es mi tercera pata.
Edipo yo engañe a la esfinge por lo tanto también a ti.
Soy el rey de la nada, dueño de mi imaginación,
los viceministros del Ejecutivo viajan en fragatas
a la casa del ladrón. Los congresistas pica otorongos
hurtan al cíclope. Reloj que miras lo
que te da la gana, te atrasaste 3 minutos.
En Ítaca se enteraron. En Ciudad de Guatemala se armaron.
En Lima hubo una explosión. La rambla
ya no es de granito, ni de fémures, ni de cajón.
Se abre el mar de Moisés en el jirón
que embauca desde mi estómago a mi cuchillo.
La guillotina de la resaca no mata, solo genera.
Helicópteros en las sabanas y una vagina con mal sabor.
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