En el otero del dulzor inmaculado de la noche se pasea un joven pastor sin blancas ovejas. Gime de dolor, mientras la luna le susurra al oído que han sido devoradas por la infinita penumbra de los aciagos ojos del negro lobo. Entonces, comienza a imprecar con iracundia biliosa, mientras de él se ríe el risueño dios del destino. Sin miramientos se arma de valor y, cogiendo un arpón embadurnado en grasa de clamor ominoso, lo lanza hacia las abismales alturas. Donde el ojo del buitre que todo lo ve suelta un rayo despampanante que convierte el cuerpo del pastor en un polvo fino, ululando de dolor la densa tiniebla.