esthergranados
Poeta adicto al portal
No se defendió. El niño le daba puntapiés mientras la insultaba enfurecido y ella sólo alcanzó a volverse de espaldas, a pegar la frente contra el cristal de la ventana que daba al patio del colegio, a cerrar los ojos y a llorar. En ese momento, lo que más le importaba, mucho más que el dolor, era su falda levantándose al ritmo de las patadas y los niños burlándose de ella ante el espectáculo de sus piernas al aire y sus braguitas al descubierto. Lloraba en silencio de rabia e impotencia. Y de humillación; sobre todo de humillación. No se defendió. No pudo, o no supo. Sólo se tapó la cara con las manos y lloró.