joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
Siento que alguien observa con atención. El peso de una mirada en mis hombros es agobiante. De pronto no encuentro la causa y mucho menos al demencial y cíclico sonido que mantiene tensos mis sentidos.
Acostado, totalmente desnudo, Williams en una reflexión, pensaba en las ideas que merodeaban y en el tenue hilo que lo mantenía aferrado a la vida. Sentía la fragilidad al cuidarlo con mucho celo. Meditaba sobre el mecanismo al cual nos atan cuando nacemos marcando el inexorable camino al andar.
Tic tac, tic tac, tic tac.
Al salir cada mañana y abrir la ventana del mundo todos me miran y al momento, quedo desnudo, solitario, acorralado. Intento tapar mi pudor y es imposible. La carga de muchas visiones lacera con furor todo mi cuerpo al pretender escapar indemne. Siempre el mismo ruido ensordecedor y tenaz penetrando hondo.
Regresa a la intimidad del refugio y ve retratadas en el espejo decenas de bocas que ríen, lloran y otras, con mucha profundidad, muestran reflejos de tristezas, congojas, desánimos. Inicia la búsqueda de su imagen mientras la confusión lo arropa. Todas se parecen a él. Ninguna es.
Tic tac, tic tac, tic tac.
Me he propuesto como meta, abrir la pesada puerta que hay dentro de mí, pero no sé adónde conduce. Con la curiosidad infantil, he colocado muchas veces la mano en la manija y el temor invade mis sentidos. Después de intentos fallidos, he logrado girarla y admiré un mundo fantástico desconocido; un atractivo paraíso; un edén de emociones que embriagaron y exaltaron mi ego hasta el punto del éxtasis. Con ellas llegó también la disyuntiva de acceder a dos nuevas entradas, debiendo ingresar a una sola. Una ancha; otra muy angosta. Con sensatez debía elegir la adecuada sin volver atrás. No dejaba de percibir aquel eco opresivo e imborrable.
En desorden sobre la mesa estaban su lápiz, vidas a medio escribir, gomas de borrar. Regadas abajo descansaban un sinnúmero de hojas arrugadas con historias que a veces parecían no tener sentido; en medio de las mismas, un rumor de voces que cuchicheaban marcando el entorno. Al gastar el grafito, el movimiento cesaba en la cabeza regresando la quietud por el instante donde dibujaba sueños, ilusiones, deseos. Con cada cuartilla rayada el lastre de la emoción amainaba.
Tic, tac, tic tac, tic tac.
El reflejo se hizo notorio. Empezó a ver la imagen con tierna mirada de niño; ojos escudriñadores de imberbe y entrecejo receloso de adulto. Captó que el contorno borroso pasó a una clara nitidez. Mostraron sonrisas limpias, llenas de frescura, sinceridad. Asomando ambos las manos derechas extendidas fundieron un sólido y fraternal abrazo. Había en el ambiente un murmullo transformado de turbado a musical; de angustioso a ameno y aún así, después de un fúlgido Sol, además mostrando Selene un luminoso brillo, no perdía la implacable actitud:
Tic tac, tic tac, tic tac.
Acostado, totalmente desnudo, Williams en una reflexión, pensaba en las ideas que merodeaban y en el tenue hilo que lo mantenía aferrado a la vida. Sentía la fragilidad al cuidarlo con mucho celo. Meditaba sobre el mecanismo al cual nos atan cuando nacemos marcando el inexorable camino al andar.
Tic tac, tic tac, tic tac.
Al salir cada mañana y abrir la ventana del mundo todos me miran y al momento, quedo desnudo, solitario, acorralado. Intento tapar mi pudor y es imposible. La carga de muchas visiones lacera con furor todo mi cuerpo al pretender escapar indemne. Siempre el mismo ruido ensordecedor y tenaz penetrando hondo.
Regresa a la intimidad del refugio y ve retratadas en el espejo decenas de bocas que ríen, lloran y otras, con mucha profundidad, muestran reflejos de tristezas, congojas, desánimos. Inicia la búsqueda de su imagen mientras la confusión lo arropa. Todas se parecen a él. Ninguna es.
Tic tac, tic tac, tic tac.
Me he propuesto como meta, abrir la pesada puerta que hay dentro de mí, pero no sé adónde conduce. Con la curiosidad infantil, he colocado muchas veces la mano en la manija y el temor invade mis sentidos. Después de intentos fallidos, he logrado girarla y admiré un mundo fantástico desconocido; un atractivo paraíso; un edén de emociones que embriagaron y exaltaron mi ego hasta el punto del éxtasis. Con ellas llegó también la disyuntiva de acceder a dos nuevas entradas, debiendo ingresar a una sola. Una ancha; otra muy angosta. Con sensatez debía elegir la adecuada sin volver atrás. No dejaba de percibir aquel eco opresivo e imborrable.
En desorden sobre la mesa estaban su lápiz, vidas a medio escribir, gomas de borrar. Regadas abajo descansaban un sinnúmero de hojas arrugadas con historias que a veces parecían no tener sentido; en medio de las mismas, un rumor de voces que cuchicheaban marcando el entorno. Al gastar el grafito, el movimiento cesaba en la cabeza regresando la quietud por el instante donde dibujaba sueños, ilusiones, deseos. Con cada cuartilla rayada el lastre de la emoción amainaba.
Tic, tac, tic tac, tic tac.
El reflejo se hizo notorio. Empezó a ver la imagen con tierna mirada de niño; ojos escudriñadores de imberbe y entrecejo receloso de adulto. Captó que el contorno borroso pasó a una clara nitidez. Mostraron sonrisas limpias, llenas de frescura, sinceridad. Asomando ambos las manos derechas extendidas fundieron un sólido y fraternal abrazo. Había en el ambiente un murmullo transformado de turbado a musical; de angustioso a ameno y aún así, después de un fúlgido Sol, además mostrando Selene un luminoso brillo, no perdía la implacable actitud:
Tic tac, tic tac, tic tac.