Kazor
Poeta adicto al portal
La ventana ya no pinta paisajes,
esta noche solo se observa en ella
una triste sonrisa,
una blanca oscuridad.
En la mesa, medio vaso de café
que por el paso del tiempo se ha quedado frío.
Solo me queda un beso en la mejilla
y una nota, vacía,
esperando que unas delicadas manos
escriban en su cuerpo
algunas palabras de esperanza
y así poder perder su color acartonado.
El corazón ya no late,
la habitación solo respira por respirar,
las paredes se contraen tranquilamente,
para después, tranquilamente, volver a su posición.
Las manos arrugadas sobre el papel,
intentan moverse,
pero los anclajes de la máquina
se han oxidado.
Derrotado,
parece que esta batalla ha terminado
sin vencedores,
sin charcos de sangre.
Los soldados convertidos en palabras,
han huido despavoridos,
seguro que quieren llegar a sus casas
y así volver junto a sus familias.
El dolor palpita en el pecho,
pues el campo de batalla
se ha teñido de blanco,
se ha llenado de ausencia.
Conforme pasan las horas,
mi cuerpo se deteriora,
convirtiendose en hedor
putrefacto de la tierra.
Esperando la próxima batalla,
tumbado en mi cama,
el folio prepara su armadura,
para nunca olvidarse del ataque de mi pluma.
esta noche solo se observa en ella
una triste sonrisa,
una blanca oscuridad.
En la mesa, medio vaso de café
que por el paso del tiempo se ha quedado frío.
Solo me queda un beso en la mejilla
y una nota, vacía,
esperando que unas delicadas manos
escriban en su cuerpo
algunas palabras de esperanza
y así poder perder su color acartonado.
El corazón ya no late,
la habitación solo respira por respirar,
las paredes se contraen tranquilamente,
para después, tranquilamente, volver a su posición.
Las manos arrugadas sobre el papel,
intentan moverse,
pero los anclajes de la máquina
se han oxidado.
Derrotado,
parece que esta batalla ha terminado
sin vencedores,
sin charcos de sangre.
Los soldados convertidos en palabras,
han huido despavoridos,
seguro que quieren llegar a sus casas
y así volver junto a sus familias.
El dolor palpita en el pecho,
pues el campo de batalla
se ha teñido de blanco,
se ha llenado de ausencia.
Conforme pasan las horas,
mi cuerpo se deteriora,
convirtiendose en hedor
putrefacto de la tierra.
Esperando la próxima batalla,
tumbado en mi cama,
el folio prepara su armadura,
para nunca olvidarse del ataque de mi pluma.
::