El poeta pensaba en su siguiente aventura. Kiara ya formaba parte del pasado, un pasado idílico. Él y la calle eran más que cómplices. Se decía: “Busco un cuerpo para amar”. Y Alicia estaba en su camino. Sentía que le había tocado el corazón. Ella se resistía a la evidencia, no quería enamorarse. El poeta le dijo: “Lucero del alba que enciendes mi ser déjame que tu calor queme mi corazón y que el viento esparza cenizas de amor”. Alicia tan frágil y conmovida, se abría al romanticismo y dejó abierto su corazón. El cielo colmado de lluvia invernal los mojaba y en un arrebato de pasión los dos se besaron. El poeta triunfó una vez más.