Yo la recuerdo a eso de los veintitrés,
trepaba con donaire puntos de sol,
gata de cuerpo flácido maullaba
triste mirar secreto de maniquí.
Tal vez por la cortedad de su falda
se le hacía imposible emprender vuelo
pero sé que hacía volar al mundo
y los perros cantaban al mirarla.
Por cartas comunicaba a los astros
que allende las montañas el prodigio
de las aguas era frescura eterna,
del verdor de las hojas permanentes.
Todo me parecía color de hielo
no probaba bocado si faltaba
a una cita, palidecía en silencio.
¿He dicho que no volaba? Sí, voló.
Su plumaje blanco tornó en lucero
haciéndose lugar con las estrellas,
desde allí sus reflejos nocturnales,
su mirada secreta que no entendí.
Ahora casi siempre que anochece
hacemos el amor desde la gloria,
con sus quejidos me dicta los poemas
transcribe sin saberlo mi memoria