Walter René
Poeta recién llegado
Para las vacaciones de Semana Santa fui a comerme unos camarones en jugo de limón, cebolla picada, sal y ají. Esos crustáceos son como las mujeres: a pesar de su rareza, son agradables al paladar. No soy alérgico a ellos (ni a ellas) pero al día siguiente amanecí con un dolor de estómago, diarrea abundante y un par de libras menos (dicen que una persona guarda en su estómago 5 libras de heces fecales, ¿cómo nos cabrá tanta mierda?). Mi esposa sugirió un purgante por eso de la indigestión para que usted, señorón, limpie su estómago. El purgante sabía a mierda y para engañar al gusto, mi mujer lo mezcló con ruibarbo. Así son las cosas: te dan un remedio y para que te lo puedas tomar, le cambias el sabor; sucede lo mismo en otras áreas: una chica lista rechaza a los hombres cursis pero si un tipo se empeña en jugar con su inteligencia y le escribe una carta con palabras rebuscadas, aunque el trasfondo sea igual de cursi, todo mil. Y para coger hay por dónde: un grupo de metal te lanza un vídeo musical con prostitutas, alcohol, drogas, jeans apretados y semblante de energúmenos y luego la canción trata sobre bellas historias de amor o desamor; o quizá el desamor te pone a la defensiva y por eso aparentas vestirte y comportarte como empleado doméstico del Diablo. En este país sucede algo parecido: de antemano sabemos que los políticos son más mentirosos que un hombre enamorado y sin embargo, aceptamos a quien mejor nos endulce el oído y con gusto nos dirigimos a las urnas. Como diría la abuela, se necesita del engaño, de la falsa adulación. Así somos las gentes: queremos una cosa pero damos a entender otra, como este cuento, por poner. Mi amante me dice: A mí me gustan tus cartas de amor, pero cuando les pones ruibarbo. Sólo espero que no le dé indigestión si no encuentra hipérbatos, asíndeton u otros símiles dignos de un buen embustero. En el fondo es lo mismo: nos tomamos el purgante aunque siempre le estemos cambiando el sabor. Por cierto, me llamo René, mucho gusto.