jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
la tenebrosa sombra que se cierne sobre mi destino
amenaza con hacerme lanzar de cabeza al
acantilado de la desesperación,
es la única frase que escribí
en la libreta que compré la mañana
del viernes pasado, cuando fui a la tienda
a comprar agua y latas de alimentos
porque estaban anunciando que al atardecer
de ese mismo día tocaría tierra
en la costa, unos cuantos kilómetros camino abajo
del pinche pueblo donde vivo
el peor huracán jamás registrado en el pacífico;
y que probablemente, una vez ocurrido el contacto
no tendríamos internet ni electricidad ni agua ni servicios básicos
durante cosa de unos cuantos días
-y eso siempre y cuando el puto huracán
no se llevara puesto de corbata el jodido pueblo
y lo fuera a tirar allá lejos quién sabe dónde-
así que compré la libreta
de tapas azules que además tenían en oferta
pensando que a falta de futbol y porno
-y siempre y cuando el puto huracán no causara
la demolición o inundación o ruina del jacalón que me sirve de casa-
me aburriría quizás un poco menos
si utilizaba el tiempo libre escribiendo en ella alguno de mis churros poéticos;
sin embargo, fuera de una lluviecita
que estuvo cayendo remolonamente durante 12 horas
el paso del puto huracán no produjo a fin de cuentas
en el pueblo y sus alrededores
ni la más mínima molestia:
ni se cayó internet ni se fue la luz ni se arrancaron los árboles
ni se inundó ni se voló el tejado de
la casa de ninguno de sus habitantes
y ya la misma noche del viernes anunciaron por la tele
que se levantaba el estado de alerta máxima y que la gente
podía volver a sus actividades de costumbre;
todo pasó tan rápido que
sólo me dio tiempo de inaugurar mi libreta escribiendo
esa frase mamona que aparece arriba de este poema:
después salí a la calle y me puse a buscar
sin encontrar un solo puto bar abierto a esas horas;
y es verdad que no se colapsó la torre de la pinche iglesia, ni se infartó la abuela
ni se llevó el viento las vacas por el aire,
pero haber acabado esa maldita noche con
tres docenas de latas de sopa de asquerosos fideos chinos metidas debajo de mi cama y
ni siquiera una puta lata de cerveza que tomarme
por momentos me llegó a parecer una tremebunda catástrofe
.
amenaza con hacerme lanzar de cabeza al
acantilado de la desesperación,
es la única frase que escribí
en la libreta que compré la mañana
del viernes pasado, cuando fui a la tienda
a comprar agua y latas de alimentos
porque estaban anunciando que al atardecer
de ese mismo día tocaría tierra
en la costa, unos cuantos kilómetros camino abajo
del pinche pueblo donde vivo
el peor huracán jamás registrado en el pacífico;
y que probablemente, una vez ocurrido el contacto
no tendríamos internet ni electricidad ni agua ni servicios básicos
durante cosa de unos cuantos días
-y eso siempre y cuando el puto huracán
no se llevara puesto de corbata el jodido pueblo
y lo fuera a tirar allá lejos quién sabe dónde-
así que compré la libreta
de tapas azules que además tenían en oferta
pensando que a falta de futbol y porno
-y siempre y cuando el puto huracán no causara
la demolición o inundación o ruina del jacalón que me sirve de casa-
me aburriría quizás un poco menos
si utilizaba el tiempo libre escribiendo en ella alguno de mis churros poéticos;
sin embargo, fuera de una lluviecita
que estuvo cayendo remolonamente durante 12 horas
el paso del puto huracán no produjo a fin de cuentas
en el pueblo y sus alrededores
ni la más mínima molestia:
ni se cayó internet ni se fue la luz ni se arrancaron los árboles
ni se inundó ni se voló el tejado de
la casa de ninguno de sus habitantes
y ya la misma noche del viernes anunciaron por la tele
que se levantaba el estado de alerta máxima y que la gente
podía volver a sus actividades de costumbre;
todo pasó tan rápido que
sólo me dio tiempo de inaugurar mi libreta escribiendo
esa frase mamona que aparece arriba de este poema:
después salí a la calle y me puse a buscar
sin encontrar un solo puto bar abierto a esas horas;
y es verdad que no se colapsó la torre de la pinche iglesia, ni se infartó la abuela
ni se llevó el viento las vacas por el aire,
pero haber acabado esa maldita noche con
tres docenas de latas de sopa de asquerosos fideos chinos metidas debajo de mi cama y
ni siquiera una puta lata de cerveza que tomarme
por momentos me llegó a parecer una tremebunda catástrofe
.