Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sucedió en otoño, cuando empezaban a salir los primeros brotes verdes sobre la tierra que el verano ha secado. Esperaba que aquel día fuese distinto, muy especial, y lo fue. ¡Vaya si lo fue!
Estaba citado en la cafetería del un pueblo de la sierra con Rosa, la mujer que había conocido en un foro de Internet para entablar relaciones íntimas. Tenía previsto cenar con ella ese día y después, si todo resultase bien, pasaríamos un día y una noche juntos el fin de semana siguiente. Solo queríamos vivir una aventura de un día, uno solo, donde se cruzasen nuestros caminos; después seguiríamos nuestros rumbos diferentes. Sentía que mi tiempo se escapaba y quería vivir la última aventura amorosa. Los dos queríamos seguir con nuestros cónyuges, no queríamos romper una relación de más de 30 años; pero la monotonía nos impulsaba a esta aventura única. Todo lo bueno que se repite deja de ser bueno. Es así de simple. Nos enviamos mensajes en el foro durante más de un año. Creo que los dos fuimos sinceros, al menos yo lo fui. Quería vivir mi última aventura para acariciar su recuerdo durante los últimos años de mi vida.
Mientras esperaba, miré la foto que me había enviado Rosa por Internet. Me había dicho que vestiría un gorro de lana amarillo con una borla verde, una bufanda naranja y un abrigo marón. La combinación de colores no era muy buena, pero llamaba la atención y servía para identificarla. Pasaban ya más de 20 minutos de la hora citada, pero no me preocupé, porque toda mujer que se precie llega siempre tarde, sobre todo a la primera cita. No quiere mostrar demasiado interés,
Entonces vi desde la ventana de la cafetería, acercándose desde la otra acera, a la mujer con el gorro de lana amarillo, la borla verde y la bufanda naranja. Sentí la emoción mas intensa. Pero… cuando cruzó la puerta, enseguida descubrí que no era Rosa, era Hortensia…¡Mi esposa!
Esta escena resulta divertida en las comedias de enredo, pero no la deseo para mi peor enemigo. Pensé que mi esposa había descubierto mi clave de acceso al foro, conocía mi relación con Rosa y pretendía burlarse. El corazón empezó a latirme a tope y mi piel se volvió pálida, como la de un muerto.
Ante un peligro, nuestra naturaleza está programada par acelerar el corazón y desviar la sangre que riega la piel hacia los músculos; así se facilita la defensa o la huída. Desgraciadamente, en este caso, el programa natural de defensa no servía, no podía defenderme ni huir porque mi esposa ya me había visto.
– Hola, Alberto, soy Rosa – me dijo llamándome por el nombre falso que había empleado en el foro.
Sonreía igual que si efectivamente hubiera sido Rosa, no tenía el ceño fruncido, como cuando se sonríe irónicamente. Me sorprendió mucho su actitud amable, parecía sincera.
– Hola, Hortensia. ¿Por qué te llamas Rosa y me llamas Alberto? ¿Qué hacer aquí? – dije simulando asombro.
– He acudido a la cita, igual que tú. Los dos deseábamos lo mismo. Descubrí por casualidad que buscabas una aventura cuando te olvidaste un día de apagar el ordenador y encontré tus mensajes en el foro. Después decidí relacionarme contigo en el mismo foro para intentar seducirte de nuevo. Antes de la cita, para identificarme, te mandé una foto cualquiera que encontré en Internet. Quería continuar con esta farsa para demostrarnos lo absurda que es la incomunicación. Una infidelidad anula a la otra ¿No? Ja ja ja …
Después de reír, me dio un besó sonoro en la mejilla, igual que cuando nos conocimos, hace ya tanto tiempo…
– Sí… Sí… Claro – respondí sin salir de mi aturdimiento
Ella, en cambio, tenía el discurso bien preparado:
– He pensado que podíamos empezar de nuevo, en vez de separarnos, como suele hacerse en estos casos. Podemos empezar una nueva vida juntos. Nuestros hijos ya se han emancipado y nosotros estaremos jubilados antes de un año. Podemos trabajar en alguna organización para cambiar el mundo, como hacíamos cuando nos conocimos.
– Sí… Sí… Claro. Por favor, vámonos ahora a pasear por la alameda del río. Necesito respirar aire fresco. – respondí, después de una pausa, cuando empecé a recuperar la calma.
– Vamos. Yo también necesito respirar y pensar hondo. Estoy aturdida, pese al tiempo que he dedicado a preparar mi discurso.
Paseamos por la alameda en silencio. En el horizonte se veían las cumbres de la sierra cubiertas por la primera nevada del otoño. El viento fresco empezaba a desprender las primeras hojas amarillas. Nunca me había parecido tan bello el otoño. Entonces la besé levemente en los labios, igual que la primera vez, y pensé que el próximo fin de semana sería encantador.
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