El Reflejo de la Luna

Neida C. Mina

Poeta recién llegado
La tarde caía con delicadeza
sobre la punta de todas las moradas
y el aliento de la lluvia persistía
impregnado en el pavimento,
desde la mañana.


Despegó sus ojos por segunda vez,
la luz y el color se vaciaban sobre ellos,
volvía a los adentros del vasto mundo,
un ente más a contar en la caótica urbe
hoja de árbol cayendo, en espiral sin rumbo.​


Se mueve un poco entre las sábanas,
casi escucha como roza cada gota de agua
en la ventana amplia de su reducida habitación
e igual le complacería remojar cada poro,
abrazarse a esa fresca pasión.​


Un banco de recuerdos oscila en su cabeza
como una parvada de pájaros alborotados,
una, cinco, catorce lágrimas de cristal emergen;
pero solo su figura y su alma las sienten.​


Hoy, a primeras horas del día
prometió verse con un viejo amigo;
pero un sueño insondable la venció
¡ella no tiene la culpa!, sino la lluvia por arrullarla,
las aves que por causa de ella se escondieron
y le pudieron cantar para despertarla.​


Ornamentó su cuerpo con un vestido verde
y un calzado con un ligero tacón,
maquillaje muy suave en sus cejas y labios
que como levita roja quedaron plasmados.​



Bajó las escaleras rígida, sin tambalear,
coge un ramillete de rosas encima de la mesa,
cruza la puerta sin dudar, para partir,
¡bajo la lluvia va!, sabiendo por dónde ir.​


Las nubes grises todavía perduran
son una capa larga, que se desperdiga hasta el fin,
que la parecen sepultar y relegarla en lo hondo,
le ocultan el mundo que hay sobre ellas
y que le gustaría descubrir.​


Las ráfagas endebles del viento se manifiestan
juegan con su cabello suelto y luego con lo demás,
no se despiden de ella, solo se alejan y no miran atrás.​


Llevan consigo a las nubes
y las guían para cruzar a la bóveda celestial,
entonces pronuncia: ¿Hasta cuándo
cuerpo mío me impedirás
soltarme de un mundo terrenal?​


La travesía terminó y llegó a su destino,
se distrajo un instante, al ver los autos que pasaban
por una calzada a varios metros del lugar,
se contuvo con una mirada muy helada
y se dijo: ya no importa, todo acabó en antaño,
todo el dolor, igual en el pasado quedará.​


Su rostro lucía inerte, su respiración profunda,
mientras se abría paso entre una silenciosa multitud,
sus pupilas se posaban en un árbol de roble empapado
¡estaba tan cerca ya!, para cumplir lo jurado.​


Llegó, ya estaba justo al frente de él
restregando su mano quitó la hojarasca,
se inclinó y dejó en la lápida, el nuevo ramo de rosas
teñidas de un rojo que contrastaba con el cemento,
catorce lágrimas más, la curva de sus mejillas recorrieron.​



¿Cuántos pétalos y tiempo queda?
Pensó, extrañarte es una palabra corta
el dolor de aquel adiós, nunca tiene suficiente
sigue intacto, ¡cómo nuevo!
y le resultaba muy cansado, tener que ser fuerte.​


Después de dedicar las mismas palabras,
exponer el desgarre interno que no sana
a una tumba con apenas color,
recostar su rostro en ese momento frágil
con unos ojos suavemente cerrados,
que ya no se abrirían, con tal de estar a su lado.​


Para cuando miró su reloj, eran más de las seis,
le da un beso al túmulo de su amado
al dirigirse a la salida volteó repetidas veces,
ella dejaría su corazón junto a las rosas;
pero sabía que ya estaba ahí, de alguna forma.​


El cielo nublado se limpiaba,
prometía en adelante un firmamento despejado,
la noche pasó a ser el techo de todos,
la cual trajo como compañía, un manto estrellado.​


Desde su ventana observaba la sublime Luna
como una gran esfera muy blanca,
le parecía que ella también le miraba fijamente
esperando que de sus confesiones de dolor, le contara.​


Sus ojos llorosos los cubría la penumbra,
pasaron a ver lo que sucedía en la calle
se fijó en unos charcos formados por la lluvia
y pudo mirar en cada uno, el reflejo de la Luna.​


Era como una mancha brillosa
ya sea en el cielo o en el agua estancada,
en una lucha constante con la oscuridad,
sin duda era hermosa, se repitió,
la Luna resplandece y no se cansa de ello
ha perdido estrellas; pero jamás su color cesa
en verdad su luz y su silueta​


Y se prometió, poner el reflejo de la Luna
en los segundos donde su respiración se partía,
cuando la sangre no paraba de correr
y ella vio translúcido aquel rostro,
que igual no volvería a ver.​

Su horizonte incendiado con ese destello
¡consuelo para purgar el suplicio!
¡fulgor que extermina a las sombras!
Luna compártele tu luminiscencia
haz que invada el pasado que la marcó
¡desátala de la oscuridad en la que cayó!​


Los ayeres se vuelven remotos
cada vez ellos se alejan más,
ahora se acostumbró cada noche
la mirada más de una vez alzar
o buscar hasta en los lados más recónditos,
donde el reflejo de la Luna pueda encontrar
...

Noche Zero (...)
maxresdefault.jpg


 
Última edición:
Interesantes versos.
No soy de leer poemas tan extensos, pero su poema me ha enganchado, me parece excelentemente relatado y muy claro.. me ha gustado.
Mi bienvenida.
 
Un tornado de inspiración que no se puede dejar de Leer hasta el final. Detallado relato que hace viajar la mente en esos interesantes senderos cargados de sentimiento.
Saludos cordiales
 
La tarde caía con delicadeza
sobre la punta de todas las moradas
y el aliento de la lluvia persistía
impregnado en el pavimento,
desde la mañana.


Despegó sus ojos por segunda vez,
la luz y el color se vaciaban sobre ellos,
volvía a los adentros del vasto mundo,
un ente más a contar en la caótica urbe
hoja de árbol cayendo, en espiral sin rumbo.​


Se mueve un poco entre las sábanas,
casi escucha como roza cada gota de agua
en la ventana amplia de su reducida habitación
e igual le complacería remojar cada poro,
abrazarse a esa fresca pasión.​


Un banco de recuerdos oscila en su cabeza
como una parvada de pájaros alborotados,
una, cinco, catorce lágrimas de cristal emergen;
pero solo su figura y su alma las sienten.​


Hoy, a primeras horas del día
prometió verse con un viejo amigo;
pero un sueño insondable la venció
¡ella no tiene la culpa!, sino la lluvia por arrullarla,
las aves que por causa de ella se escondieron
y le pudieron cantar para despertarla.​


Ornamentó su cuerpo con un vestido verde
y un calzado con un ligero tacón,
maquillaje muy suave en sus cejas y labios
que como levita roja quedaron plasmados.​



Bajó las escaleras rígida, sin tambalear,
coge un ramillete de rosas encima de la mesa,
cruza la puerta sin dudar, para partir,
¡bajo la lluvia va!, sabiendo por dónde ir.​


Las nubes grises todavía perduran
son una capa larga, que se desperdiga hasta el fin,
que la parecen sepultar y relegarla en lo hondo,
le ocultan el mundo que hay sobre ellas
y que le gustaría descubrir.​


Las ráfagas endebles del viento se manifiestan
juegan con su cabello suelto y luego con lo demás,
no se despiden de ella, solo se alejan y no miran atrás.​


Llevan consigo a las nubes
y las guían para cruzar a la bóveda celestial,
entonces pronuncia: ¿Hasta cuándo
cuerpo mío me impedirás
soltarme de un mundo terrenal?​


La travesía terminó y llegó a su destino,
se distrajo un instante, al ver los autos que pasaban
por una calzada a varios metros del lugar,
se contuvo con una mirada muy helada
y se dijo: ya no importa, todo acabó en antaño,
todo el dolor, igual en el pasado quedará.​


Su rostro lucía inerte, su respiración profunda,
mientras se abría paso entre una silenciosa multitud,
sus pupilas se posaban en un árbol de roble empapado
¡estaba tan cerca ya!, para cumplir lo jurado.​


Llegó, ya estaba justo al frente de él
restregando su mano quitó la hojarasca,
se inclinó y dejó en la lápida, el nuevo ramo de rosas
teñidas de un rojo que contrastaba con el cemento,
catorce lágrimas más, la curva de sus mejillas recorrieron.​



¿Cuántos pétalos y tiempo queda?
Pensó, extrañarte es una palabra corta
el dolor de aquel adiós, nunca tiene suficiente
sigue intacto, ¡cómo nuevo!
y le resultaba muy cansado, tener que ser fuerte.​


Después de dedicar las mismas palabras,
exponer el desgarre interno que no sana
a una tumba con apenas color,
recostar su rostro en ese momento frágil
con unos ojos suavemente cerrados,
que ya no se abrirían, con tal de estar a su lado.​


Para cuando miró su reloj, eran más de las seis,
le da un beso al túmulo de su amado
al dirigirse a la salida volteó repetidas veces,
ella dejaría su corazón junto a las rosas;
pero sabía que ya estaba ahí, de alguna forma.​


El cielo nublado se limpiaba,
prometía en adelante un firmamento despejado,
la noche pasó a ser el techo de todos,
la cual trajo como compañía, un manto estrellado.​


Desde su ventana observaba la sublime Luna
como una gran esfera muy blanca,
le parecía que ella también le miraba fijamente
esperando que de sus confesiones de dolor, le contara.​


Sus ojos llorosos los cubría la penumbra,
pasaron a ver lo que sucedía en la calle
se fijó en unos charcos formados por la lluvia
y pudo mirar en cada uno, el reflejo de la Luna.​


Era como una mancha brillosa
ya sea en el cielo o en el agua estancada,
en una lucha constante con la oscuridad,
sin duda era hermosa, se repitió,
la Luna resplandece y no se cansa de ello
ha perdido estrellas; pero jamás su color cesa
en verdad su luz y su silueta​


Y se prometió, poner el reflejo de la Luna
en los segundos donde su respiración se partía,
cuando la sangre no paraba de correr
y ella vio translúcido aquel rostro,
que igual no volvería a ver.​

Su horizonte incendiado con ese destello
¡consuelo para purgar el suplicio!
¡fulgor que extermina a las sombras!
Luna compártele tu luminiscencia
haz que invada el pasado que la marcó
¡desátala de la oscuridad en la que cayó!​


Los ayeres se vuelven remotos
cada vez ellos se alejan más,
ahora se acostumbró cada noche
la mirada más de una vez alzar
o buscar hasta en los lados más recónditos,
donde el reflejo de la Luna pueda encontrar
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Bastante extenso pero muy bonito y bien llevada cada expresión manifestada, muy grato leerte. Luz para ti
 

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