Manolo Martínez
Poeta fiel al portal
El regreso
“Volvió una noche, no la esperaba, había en su rostro tanta ansiedad…”; sí, así como lo reza el tango regresó la Negra. Yo no lo podía creer. Fue una inmensa alegría para mí. Al llegar, luego de abrazarme largamente, acomodó sus bolsos y se dio un baño. Lo primero que hizo después fue prender la cocina, calentar agua en la pava y preparar unos mates. Nos sentamos bajo la parra, en el patio que tanto le gusta, rodeado de paredes perfumadas con jazmines y canteros coloreados con hortensias y azucenas; recorrió cada uno de los rincones y aspiró todos sus aromas. En un momento determinado, mientras yo volvía de la cocina, ella ya estaba regando algunas plantas. Siempre lo digo: la Negra es como yo; le gustan las plantas, las flores, el verde y el silencio interminable del patio, el mismo silencio que al anochecer completa su magia con la llegada de la luna y las estrellas.
Luego de distendernos, me comentó que mucho me había recordado. Que si bien, su viaje por razones laborables le impidieron estar mi lado durante estos tres años, todos los días de su vida me pensaba. Que se sentía tranquila porque cuando terminamos nuestra relación, habíamos quedado en paz entre nosotros. Yo la escuchaba atentamente, pensando interiormente que era verdad lo que decía, pero en mi interior sabía que ninguno de los dos había encontrado la paz anhelada. Nos encontrábamos nuevamente juntos otra vez.
En un momento determinado se fue al fondo, entró al taller, y desde allí me interpeló: “¿por qué tienes tantos trabajos sin terminar?”, “parece que todo el tiempo del mundo estuviera detenido en cada una de estas herramientas y maderas”… yo la interrumpí, y antes de que siguiera hablando y preguntando, le dije: “te estuvimos esperando”.
El cielo tenía una noche azul recién llegada. Con la Negra nos quedamos escuchando como siempre música bajita, bien bajita, para darle a los grillos escenario. Desde la radio del taller se escuchaba a Aute cantar: “Hay algunos que dicen que todos los caminos conducen a Roma y es verdad porque el mío me lleva cada noche al hueco que te nombra…
“Volvió una noche, no la esperaba, había en su rostro tanta ansiedad…”; sí, así como lo reza el tango regresó la Negra. Yo no lo podía creer. Fue una inmensa alegría para mí. Al llegar, luego de abrazarme largamente, acomodó sus bolsos y se dio un baño. Lo primero que hizo después fue prender la cocina, calentar agua en la pava y preparar unos mates. Nos sentamos bajo la parra, en el patio que tanto le gusta, rodeado de paredes perfumadas con jazmines y canteros coloreados con hortensias y azucenas; recorrió cada uno de los rincones y aspiró todos sus aromas. En un momento determinado, mientras yo volvía de la cocina, ella ya estaba regando algunas plantas. Siempre lo digo: la Negra es como yo; le gustan las plantas, las flores, el verde y el silencio interminable del patio, el mismo silencio que al anochecer completa su magia con la llegada de la luna y las estrellas.
Luego de distendernos, me comentó que mucho me había recordado. Que si bien, su viaje por razones laborables le impidieron estar mi lado durante estos tres años, todos los días de su vida me pensaba. Que se sentía tranquila porque cuando terminamos nuestra relación, habíamos quedado en paz entre nosotros. Yo la escuchaba atentamente, pensando interiormente que era verdad lo que decía, pero en mi interior sabía que ninguno de los dos había encontrado la paz anhelada. Nos encontrábamos nuevamente juntos otra vez.
En un momento determinado se fue al fondo, entró al taller, y desde allí me interpeló: “¿por qué tienes tantos trabajos sin terminar?”, “parece que todo el tiempo del mundo estuviera detenido en cada una de estas herramientas y maderas”… yo la interrumpí, y antes de que siguiera hablando y preguntando, le dije: “te estuvimos esperando”.
El cielo tenía una noche azul recién llegada. Con la Negra nos quedamos escuchando como siempre música bajita, bien bajita, para darle a los grillos escenario. Desde la radio del taller se escuchaba a Aute cantar: “Hay algunos que dicen que todos los caminos conducen a Roma y es verdad porque el mío me lleva cada noche al hueco que te nombra…