Crucificado en el madero vil de las obscenas crueldades,el asesino de niños se contorsiona con propalada violencia,mientras de sus heridas blasfemas,en pies y manos,chorrea el maná sanguíneo que colma de aberrante dulzor al Dios iracundo y parco en perdonar.La campana de hierro que cuelga del ciprés más próximo al condenado,tañe una balada lúgubre ante la hierática soberbia con la que el reo violador de madres ciega en una obscuridad teñida de efervescente tiempo fugaz;que se difumina ante el desmoronamiento grave de la órbita de la lacerante luna de descomunal brillo infrarrojo.Es entonces el momento en que la Eternidad cierra sus fogosos párpados de carmín,y aúlla como una achacosa vieja hacia las aberrantes estaciones sublunares.Donde nunca se posa la luz saludable del majestuoso cadáver galáctico.