El resplandor

penabad57

Poeta veterano en el portal
Es la primera vez que nuestros cuerpos se reconocen.

Tu mediodía roza el perfil de la llegada,
te reflejas en un cristal de nieve,
en las pirámides del color los comercios anuncian su deriva,
su azul ceniza de ojos danzantes
como un latido de felinos en la selva cotidiana.

Desde el cenit del trasluz
los transeúntes exhiben horarios eternos,
susurros sin piedad,
flores que brotan de un tranvía herido.

He buscado en mis bolsillos los címbalos del hambre,
hay rizos que pusiste en el balcón como señuelo de virtud
o falso tótem de astucia.

Es de noche en la semilla, el deseo sobrevive,
anticipa el sudor de la diadema,
el calambre del anillo,
la marca del inútil bronceado.

Detrás de la luna que carcome los visillos,
al vencer la aurora la idolatría del reloj,
tú y yo hablamos como dos siameses ante un espejo oscuro.

Ya sabíamos, entonces, que los jeroglíficos no resuelven la vida.

Recorrer los pantanos de tu piel y descubrir la memoria del oasis
en los iris que ocultas.

Ha sido noviembre un candil irreal,
llueve sobre las losas que una vez pisaste,
por un segundo miles de islas pueblan tu mirada,
dibujar los silencios tras la fiel arquitectura del humo,
descubrir bajo la pátina del frío
un resplandor que no nacerá
pero que, tampoco, ha muerto.
 
Última edición:
Es la primera vez que nuestros cuerpos se reconocen.

Tu mediodía roza el perfil de la llegada,
te reflejas en un cristal de nieve,
en las pirámides del color los comercios anuncian su deriva,
su azul ceniza de ojos danzantes
como un latido de felinos en la selva cotidiana.

Desde el cenit del trasluz
los transeúntes exhiben horarios eternos,
susurros sin piedad,
flores que brotan de un tranvía herido.

He buscado en mis bolsillos los címbalos del hambre,
hay rizos que pusiste en el balcón como señuelo de virtud
o falso tótem de astucia.

Es de noche en la semilla, el deseo sobrevive,
anticipa el sudor de la diadema,
el calambre del anillo,
la marca del inútil bronceado.

Detrás de la luna que carcome los visillos,
al vencer la aurora la idolatría del reloj,
tú y yo hablamos como dos siameses ante un espejo oscuro.

Ya sabíamos, entonces, que los jeroglíficos no resuelven la vida.

Recorrer los pantanos de tu piel y descubrir la memoria del oasis
en los iris que ocultas.

Ha sido noviembre un candil irreal,
llueve sobre las losas que una vez pisaste,
por un segundo miles de islas pueblan tu mirada,
dibujar los silencios tras la fiel arquitectura del humo,
descubrir bajo la pátina del frío
un resplandor que no nacerá
pero que, tampoco, ha muerto.


Valiosas imágenes quedan impresas en tus versos penabad, un ramillete de maravilloso poder poético.
Encantada de leer tu tema, feliz fin de semana.
 
Es la primera vez que nuestros cuerpos se reconocen.

Tu mediodía roza el perfil de la llegada,
te reflejas en un cristal de nieve,
en las pirámides del color los comercios anuncian su deriva,
su azul ceniza de ojos danzantes
como un latido de felinos en la selva cotidiana.

Desde el cenit del trasluz
los transeúntes exhiben horarios eternos,
susurros sin piedad,
flores que brotan de un tranvía herido.

He buscado en mis bolsillos los címbalos del hambre,
hay rizos que pusiste en el balcón como señuelo de virtud
o falso tótem de astucia.

Es de noche en la semilla, el deseo sobrevive,
anticipa el sudor de la diadema,
el calambre del anillo,
la marca del inútil bronceado.

Detrás de la luna que carcome los visillos,
al vencer la aurora la idolatría del reloj,
tú y yo hablamos como dos siameses ante un espejo oscuro.

Ya sabíamos, entonces, que los jeroglíficos no resuelven la vida.

Recorrer los pantanos de tu piel y descubrir la memoria del oasis
en los iris que ocultas.

Ha sido noviembre un candil irreal,
llueve sobre las losas que una vez pisaste,
por un segundo miles de islas pueblan tu mirada,
dibujar los silencios tras la fiel arquitectura del humo,
descubrir bajo la pátina del frío
un resplandor que no nacerá
pero que, tampoco, ha muerto.
Qué bonito poema...sentimientos y recuerdos...muy poético. Me gustó. Un abrazo
 
Es la primera vez que nuestros cuerpos se reconocen.

Tu mediodía roza el perfil de la llegada,
te reflejas en un cristal de nieve,
en las pirámides del color los comercios anuncian su deriva,
su azul ceniza de ojos danzantes
como un latido de felinos en la selva cotidiana.

Desde el cenit del trasluz
los transeúntes exhiben horarios eternos,
susurros sin piedad,
flores que brotan de un tranvía herido.

He buscado en mis bolsillos los címbalos del hambre,
hay rizos que pusiste en el balcón como señuelo de virtud
o falso tótem de astucia.

Es de noche en la semilla, el deseo sobrevive,
anticipa el sudor de la diadema,
el calambre del anillo,
la marca del inútil bronceado.

Detrás de la luna que carcome los visillos,
al vencer la aurora la idolatría del reloj,
tú y yo hablamos como dos siameses ante un espejo oscuro.

Ya sabíamos, entonces, que los jeroglíficos no resuelven la vida.

Recorrer los pantanos de tu piel y descubrir la memoria del oasis
en los iris que ocultas.

Ha sido noviembre un candil irreal,
llueve sobre las losas que una vez pisaste,
por un segundo miles de islas pueblan tu mirada,
dibujar los silencios tras la fiel arquitectura del humo,
descubrir bajo la pátina del frío
un resplandor que no nacerá
pero que, tampoco, ha muerto.
Un punto para volver, porque aunque vaticina que no nacerá, también está latente.
Lumínicas letras estimado penabad
Placer leerte
Un abrazo hasta tu orilla
Camelia
 

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