Tierna y olvidadiza, aquella trémula mujer de ojos de negra cascada ondeaba al viento como el tallo fino de una flor moribunda. El eco de la noche se repetía incansable ante su rostro de gris ceniza. Ella lloraba inmensas lágrimas por su Amor perdido. La luna en cuarto creciente le mesaba con sus manos fantasmagóricas el cabello de aceite olivar. Y le enjugaba las mejillas ardientes con el paño lechoso de la radiación nocturna. Entonces, ella, que estaba de hinojos rezando al dios de los milagros, se levantó de la polvareda amarillenta y fue presurosa a la iglesia destartalada del distrito. La puerta estaba abierta. La abrió con un chirrido ominoso y he aquí que se encontró con toda la pompa fúnebre dedicada a su amante caído en combate. Yacía en un ataúd de hierro rodeado por cuatro cirios de santa penitencia. Se acercó hacia él y con un beso de fogosa pasión aquel resucitó.