Sol de mañana
Poeta veterana en el Portal
Érase un apuesto rey llamado Lucio.
Dicen que alucinaba, que perdió la razón.
En sus delirios sentía el amor de su amada
que paciente lo esperaba en su nacarado balcón.
Día a día montaba su Rayo; el corcel más raudo
y noble, de todos los de su corte,
andante por pasadizos, lares y bosques
en pos de su princesa Claribel.
Un día la halló en el lago; justo frente a él,
tan afín como digna majestuosa,
proclamada y emblemática con su corona.
Atónito, pero repuesto ordenó a sus vasallos
¡Rescatadla! ¡Rescatadla!
Al interponerse éstos, como por arte de magia,
ella se desvanecíó.
Más de tres veces, lo intentaron sin éxito
-Malditos sean los hados-dijo el rey.
Entonces hizo traer a la más temible hechicera
pensando que Claribel era presa de un encanto.
Haciendo su ritual a orillas del lago;
en medio de un maquiavélico ademán,
a la par que su imagen grotesca
se dibujaba en el cristalino espejo,
musitó la vieja a oídos del soberano -Ella no es real
-Es el reflejo de lo que su señoría quiere ver-
Iracundo vociferó el rey
-Como os atrevéis a dudar de la estirpe de mi reina-
-Injuriosa hechicera-
-Vasallos, llevaosla a la hoguera por traidora.
Esa noche, el fuego tragaba los reacios restos de la vieja
Una maldición parecía apoderarse del reino entero.
Las mañanas eran densas con esa neblina espesa.
El rey estaba desolado, nadie vio cuando agonizó
inmerso en las heladas profundidades del lago.
Desde entonces cada primavera
ahí chapotea un insólito
cisne anaranjado.
Dicen que alucinaba, que perdió la razón.
En sus delirios sentía el amor de su amada
que paciente lo esperaba en su nacarado balcón.
Día a día montaba su Rayo; el corcel más raudo
y noble, de todos los de su corte,
andante por pasadizos, lares y bosques
en pos de su princesa Claribel.
Un día la halló en el lago; justo frente a él,
tan afín como digna majestuosa,
proclamada y emblemática con su corona.
Atónito, pero repuesto ordenó a sus vasallos
¡Rescatadla! ¡Rescatadla!
Al interponerse éstos, como por arte de magia,
ella se desvanecíó.
Más de tres veces, lo intentaron sin éxito
-Malditos sean los hados-dijo el rey.
Entonces hizo traer a la más temible hechicera
pensando que Claribel era presa de un encanto.
Haciendo su ritual a orillas del lago;
en medio de un maquiavélico ademán,
a la par que su imagen grotesca
se dibujaba en el cristalino espejo,
musitó la vieja a oídos del soberano -Ella no es real
-Es el reflejo de lo que su señoría quiere ver-
Iracundo vociferó el rey
-Como os atrevéis a dudar de la estirpe de mi reina-
-Injuriosa hechicera-
-Vasallos, llevaosla a la hoguera por traidora.
Esa noche, el fuego tragaba los reacios restos de la vieja
Una maldición parecía apoderarse del reino entero.
Las mañanas eran densas con esa neblina espesa.
El rey estaba desolado, nadie vio cuando agonizó
inmerso en las heladas profundidades del lago.
Desde entonces cada primavera
ahí chapotea un insólito
cisne anaranjado.
Última edición: