Albertyo Moliendo
Poeta recién llegado
Mi amigo Antonio Vicente en el arenal
tenía un hoyo,
mi otro amigo y yo igual,
escabábamos un túnel juntos.
Vino esa sed de risa animal:
"Eh, Carlos, ¿por que no le hundes la cara?"
Sin pensarlo, él lo hizo
y Antonio lloraba sangrando.
Su inocencia planeaba la altura
de no entender nada,
sus lágrimas eran de culpa,
no concebía ser traicionado.
Le llevé a un maestro anciano
para hacerme su salvador,
impulsado por el miedo.
Acusé a mi amigo esbirro,
él seguía en la excavación
sin imaginar mi encierro.
Incluso convencí a Antonio
de la maldad de Carlos.
Unos días después
el maestro me interrogó.
Negué mi mandato,
pero él estaba con Carlos.
Nos castigaron en los recreos,
no hablaba con Carlos, le odiaba.
Cuando le dijeron a mi madre
ambas versiones y los hechos,
le dije que yo no era culpable:
"Bueno, hijo, si eso es verdad
deberías de alejarte del chico".
Tendría siete u ocho años de inocencia
cuando me traicioné aquella vez primera.
Ahora Carlos está sólo y su mente enferma.
Le veo de vez en cuando por el pueblo,
jamás volvió a tener amigos y traicionaba
a inválidos sociales y predicadores de consuelo.
En secundaria me reía de él con el resto,
él no dejó de apreciarme en ningún momento.
El chico era inteligente y yo me lo cargué.
Sé que acabará en la cárcel
o suicidándose, lo sé.
Gracias a él no odio a los imbéciles,
pues son engendrados por cobardes
como mi arropado demonio de entonces,
y me hacen sentir esa sensación divina
y húmeda sobre el fuego de la vida.
tenía un hoyo,
mi otro amigo y yo igual,
escabábamos un túnel juntos.
Vino esa sed de risa animal:
"Eh, Carlos, ¿por que no le hundes la cara?"
Sin pensarlo, él lo hizo
y Antonio lloraba sangrando.
Su inocencia planeaba la altura
de no entender nada,
sus lágrimas eran de culpa,
no concebía ser traicionado.
Le llevé a un maestro anciano
para hacerme su salvador,
impulsado por el miedo.
Acusé a mi amigo esbirro,
él seguía en la excavación
sin imaginar mi encierro.
Incluso convencí a Antonio
de la maldad de Carlos.
Unos días después
el maestro me interrogó.
Negué mi mandato,
pero él estaba con Carlos.
Nos castigaron en los recreos,
no hablaba con Carlos, le odiaba.
Cuando le dijeron a mi madre
ambas versiones y los hechos,
le dije que yo no era culpable:
"Bueno, hijo, si eso es verdad
deberías de alejarte del chico".
Tendría siete u ocho años de inocencia
cuando me traicioné aquella vez primera.
Ahora Carlos está sólo y su mente enferma.
Le veo de vez en cuando por el pueblo,
jamás volvió a tener amigos y traicionaba
a inválidos sociales y predicadores de consuelo.
En secundaria me reía de él con el resto,
él no dejó de apreciarme en ningún momento.
El chico era inteligente y yo me lo cargué.
Sé que acabará en la cárcel
o suicidándose, lo sé.
Gracias a él no odio a los imbéciles,
pues son engendrados por cobardes
como mi arropado demonio de entonces,
y me hacen sentir esa sensación divina
y húmeda sobre el fuego de la vida.
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